Vientos en Venus

Vientos en Venus

Por María Tordera. Relato ganador del segundo premio del Certamen Pascual Enguídanos 2016

«Quien emprende un viaje ve ángeles y demonios, pero en realidad solo se encuentra consigo mismo». Alexander Shulgin.

Lo prometimos

Lo juramos.

Por nuestros padres. Por nuestros hijos. Los que ya teníamos, los que nacerían en el futuro.

Nunca lo diríamos.

Nunca contaríamos lo que pasó entre el 3 y el 6 de junio de 2047 en la atmósfera alta de Venus, durante la tormenta solar que más tarde recibió el sobrenombre «del siglo».

Pero han pasado más de treinta años desde entonces y todos han muerto. ¿Quién puede impedirme hablar?

Es más, pronto moriré yo también. En la cama de hospital en la que me consumo, los recuerdos acuden en tromba y he decidido que no serán enterrados conmigo.

Cuando era niña, mi padre y yo nos divertíamos con el juego de los universos paralelos. Comenzaba con un:

«Imagina qué hubiera pasado si…»

Y seguía con:

«…Si la revolución francesa nunca se hubiera producido».

«…Si los chinos hubieran iniciado una colonia en América».

«…Si los francos hubieran perdido la batalla de Poitiers».

«…Si los hunos hubieran logrado invadir China».

«…Si la civilización egipcia —o la sumeria…— hubiera sobrevivido hasta nuestros días».

Después, recreábamos el mundo surgido de esas líneas temporales: lenguas, culturas, dioses… A medida que nos alejábamos en la antigüedad, la civilización que imaginábamos se diferenciaba más y más de aquella en la que vivimos.

Mi padre y yo esbozamos numerosas historias posibles similares, pero su preferida, que a la postre lo fue también mía, era la siguiente: «En el año 9 a. C., el general Varo ganó la batalla contra los germanos en lugar de perderla. Cuarenta años después, Germánico sucedió a Tiberio y conquistó Germania; sus descendientes llevaron las fronteras del imperio hasta el río Volga. Roma asimiló a los pueblos germanos y nórdicos igual que hizo con los hispanos y los galos. El Imperio romano nunca cayó. Luchó contra China por la posesión de América cuando la descubrió para los romanos un hombre llamado Colonus. Desde entonces, cinco siglos atrás, ambas potencias están en guerra. En el siglo XXI, compiten en una carrera espacial que deja en mantillas la que enfrentó a rusos y americanos».

De esta guisa, mi padre y yo desarrollamos las reglas de un auténtico juego de rol, construyendo incluso un lenguaje, una latín evolucionado. Al crecer, sospeché que aquel era el truco de un padre muy listo para enseñarme un montón de historia y lingüística —Enrique Marco era experto en lenguas clásicas—, inculcándome de paso el aprecio por culturas distantes y la pasión por las estrellas. La magia funcionó: estudié en la universidad de Shanghai, mi tesis versó sobre crecimiento vegetal en ingravidez y, al terminarla, solicité un puesto en el Consorcio, que me incluyó en su plantilla de científicos y programó mi primer viaje a Venus para finales de 2046.

 El Consorcio era un conglomerado de compañías del mundo entero. A veces nos referíamos a él como el Consorcio de Jinxing —planeta Venus en chino—, en alusión a la empresa que poseía casi el cinco por ciento de las acciones. Pero la china era la compañía mayoritaria por muy poco y había docenas de ellas: unas especializadas en la explotación minera de asteroides, otras en la construcción de estaciones y astilleros espaciales, en el estudio climático, en sistemas avanzados de propulsión… Todas se había unido por un interés común: la colonización y terraformación de Venus.

Por ese orden.

Porque el proyecto consistía en colonizar primero la atmósfera alta del planeta aprovechando su densa atmósfera y luego terraformar. La idea tenía al menos cincuenta años y aún no había pasado de la primera fase. Lo único que el Consorcio había logrado hasta entonces era una estación espacial permanente en la órbita de Venus.

Viajábamos hacia allí en una nave tipo rueda llamada «El Dragón Rojo», que generaba una gravedad baja pero suficiente para mantenernos en forma siempre que hiciéramos ejercicio. Nuestra llegada estaba prevista para el día 3 de junio de 2047, tras unos seis meses de trayecto. Cinco días antes, el capitán Yuan Yida nos reunió a los tres pasajeros científicos para tranquilizarnos, ya que desde la Tierra estábamos recibiendo noticias alarmantes sobre la gran tormenta solar que se avecinaba. Para más inri, se habían producido varios cortes en las comunicaciones durante las últimas horas.

Yuan nos prometió que llegaríamos a la estación internacional Jinxing antes de que nos alcanzaran los vientos solares cargados de partículas de alta energía que todo el mundo había esperado para finales del año 47 y no para mediados, o el viaje se hubiera suspendido. Además, añadió, la tripulación del Dragón Rojo estaba desviando gran parte de la energía de la nave al refuerzo de los escudos protectores por lo que no teníamos de qué preocuparnos.

El 2 de agosto, la víspera del día previsto para nuestro atraque, la tormenta aún no se había producido. Todos suspiramos aliviados, pensando que llegaríamos a tiempo para que la estructura reforzada de la estación internacional venusina nos protegiera de la radiación. Se me ocurrió que necesitábamos un poco de entretenimiento después de la tensión de los últimos días. Además, pensé que debíamos despedirnos adecuadamente de nuestros amables tripulantes.

En la nave, yo me había encargado de cuidar de unas dos mil quinientas especies vegetales que viajaban conmigo y procedían de todos los lugares del mundo. Había estado estudiando su crecimiento en condiciones de baja gravedad, pero también simulando, en algunas zonas aisladas del jardín, una atmósfera similar a la de las capas altas de Venus. Yo lo llamaba: «Mi jardín de Jinxing». Las plantas que tenía en esos invernaderos resistían el ácido sulfúrico en la atmósfera, incluso algunas eran capaces de metabolizarlo. Por ejemplo, un hongo que me habían traído de la región de Manchuria, con el cual se preparaba una especie de té. El hongo, microscópico, había mutado y se había adaptado de forma increíble a la atmósfera venusina. Yo había preparado la misma infusión con él que con la planta sin modificar que crecía en el jardín con atmósfera terrestre. Lo había testado en animales y parecía seguro. Por último, lo había probado junto con Carla y a las dos nos había gustado.

Carla Manzoni era la médica del Dragón Rojo y única tripulante que no era de origen chino. Estaba casada con el capitán y, entre otras muchas cualidades, compartía conmigo una afición desmedida por conocer de primera mano los efectos de las plantas sobre nuestro cuerpo.

Aquella noche —según el ciclo de día y noche que reinaba a bordo— Carla me ayudó a preparar una cena opípara. Tomates, pimientos, calabacines y un sinfín de frutas y verduras de mi huerto particular llenaban la mesa. La mayoría habían sido cultivadas en atmósfera terrestre, pero el té manchú que servimos al final, no.

Los otros dos pasajeros, Tristen MacCormick y Lang Colsberg estaban relajados. Lang, el meteorólogo, un rubio holandés alto y despistado, deseaba llegar a Venus para estudiar en persona la atmósfera del planeta y escuchaba con la misma admiración que todos nosotros a Tristen hablando con entusiasmo sobre su pequeño proyecto.

Habría que aclarar que Tristen, un ingeniero americano alto y desgarbado de ojos azules y pelo como una panocha de maíz, no tenía un proyecto exactamente pequeño. Nos enseñó sus planos del gancho celeste para la atmósfera venusina. Su idea era construirlo con nanotubos sintetizados a partir del dióxido de carbono del aire. Lang y él habían desarrollado una amistad tan profunda como la que nos unía a Carla y a mí, y Tristen había llevado al papel —le encantaba dibujar y se le daba muy bien— los hábitats que Lang había imaginado para vivir en la atmósfera venusina. Nos enseñó varios diseños coloreados y vimos una ciudad flotante sobre nubes blancas, con dirigibles y casas que parecían barcos navegando por un mar de algodón. Desde tiempo atrás, se sabía que la mezcla de oxígeno y nitrógeno, a la presión y concentración de la atmósfera terrestre, era aerostática a unos cincuenta kilómetros sobre la superficie de Venus, por lo que un objeto hueco relleno con ese aire flotaría siempre que la proporción masa/volumen fuera la adecuada. Además, a esa altura la presión y la temperatura eran tolerables —muy lejos del infierno de la superficie— y existían vientos regulares que daban la vuelta al planeta en unos cuatro días terrestres, por lo que se podía tener un ciclo día noche de unas cien horas.

Tristen había sido capaz de plasmar sobre el papel un sueño que parecía más adecuado para un cómic o una película que para el mundo real. Me entregó uno de sus dibujos. En él, a través de las ventanas de un habitáculo venusino, se vislumbraba un jardín exuberante y, entre las plantas, una mujer. Lo había titulado: «El jardín de Lucía». Me dijo que era un regalo para que me acordara de él.

Carla me guiñó el ojo y yo le di un codazo. Sabía por dónde iba mi amiga y no tenía intención de despedirme de Tristen de esa manera, por mucho interés que pareciera tener él. En Venus estaba Pierre, mi gran amor imposible desde la universidad. El doctor Louvier era hijo de dos famosos genetistas que trabajaban en el Consorcio desde sus inicios. El sueño de sus padres, que él había hecho propio, era lo que ellos llamaban «esculpir la evolución». Y de paso, esculpir la naturaleza. La vida futura animal y vegetal de Venus. Para ello, no tenían reparos en mezclar genes de diferentes especies. En incluir en el genoma de una rana, por ejemplo, un gen que permitía a una bacteria metabolizar sulfato. De momento, aún no habían logrado resultados viables pero todo se andaría. Pierre llamaba a sus criaturas, quimeras, en alusión a los animales, mitad serpiente, mitad león, de la mitología griega.

Necesitaba olvidarme del doctor Louvier y allí estaba Tristen. Y Carla insistiendo. Y el té manchú al que, al parecer, la atmósfera venusina había otorgado una extravagante propiedad liberadora. No sé cómo, o sí lo sé, pero lo cierto es que Tristen acabó aquella noche en mi habitación. Horas después, hacia la una de la madrugada del día 3, ambos nos dormimos. Serían las cuatro de la mañana cuando las alarmas del Dragón Rojo comenzaron a sonar. En principio nos temimos que nos hubiera alcanzado la tormenta, pero era mucho más.

En el puente de mando del Dragón Rojo, el capitán Yuan Yida no podía estar más nervioso. Habíamos perdido toda comunicación con la estación espacial Jinxing. Nos hallábamos a menos de diez mil kilómetros de ella, por lo que debería ser visible como una estrella brillante sobre la curvatura amarillenta de Venus, y en lugar de eso… nada.

Y de pronto, fue mucho peor. Surgieron decenas de puntos en torno nuestro, muy cerca a juzgar por el radar. La radio seguía en silencio. Tristen le dijo a Yida unas palabras en chino y creo que comenzaron a cambiar las frecuencias de recepción. De pronto, se escuchó un ruido de estática y acto seguido una voz.

—¿Qué diablos está diciendo? —preguntó Yuan. Nos miró a Carla y a mí—. ¿Qué idioma es ese? ¿Español? ¿Algún dialecto del italiano o del francés?

Las dos negamos con la cabeza y nos miramos. Yo sí sabía lo que era y Carla, a la que le había explicado el juego de mi padre, comenzaba a sospecharlo.

—Yida. —Tragué saliva y me dirigí a él más como marido de mi amiga que como capitán de la nave—. Te están pidiendo que rindas el Dragón Rojo… En latín. Si no lo haces, nos dispararán con esos cañones láser que nos están apuntando. —Señalé la imagen de uno de los gigantes acorazados que nos escoltaban en el vídeo grabado en directo por las cámaras telescópicas del Dragón Rojo. Se veían perfectamente los cañones y, junto a ellos, esculpida a proa y a popa, una enorme águila imperial con las siglas SPQR debajo.

—No voy a rendir el Dragón. ¿Qué diablos son esas insignias?

Senatus Populusque Romanus. El Senado y pueblo de Roma. —Tragué saliva de nuevo—. Imperium versus Draconis —susurré, recordando el nombre que le habíamos dado mi padre y yo a nuestro juego—. Rinde la nave, Yida, o nos matarán a todos.

 Pensé que estaba en medio de una pesadilla inducida por el té manchú, el cual había sacado a la luz desde mi subconsciente lo que había imaginado de niña. Aunque todo parecía demasiado real para ser un sueño.

Nos escoltaron hasta una estación espacial gigantesca. Tristen, como un niño con un juguete nuevo, miraba entusiasmado el gancho celeste romano y yo contemplaba, sin poder creerlo, a los guardias vestidos con un uniforme que recordaba al del final del imperio. Un uniforme como el que había dibujado mi padre basándose en los soldados con pantalones «a lo godo» que estaban esculpidos en el arco de Constantino.

A Yida y a los otros dos chinos que formaban parte de la tripulación los habían detenido, acusándolos de piratería. Carla había estado a punto de seguirles, pero al final había logrado contener su amplio repertorio de insultos en italiano, y me había hecho caso. La historia que me acababa de inventar decía que los piratas chinos nos habían secuestrado, a mis amigos y a mí. Era una historia creíble porque la gente siempre cree lo que quiere creer y entre aquellos soldados había hombres y mujeres; rubios, morenos y pelirrojos; altos y bajos. El Imperium de mis juegos era tan internacional y tolerante como el Occidente del que procedíamos, salvo por una cosa: no había orientales. Se les perseguía como a apestados. Eran los enemigos. Así que no me fue difícil hacer creer a los soldados que Tristen, Lang y Carla eran de los nuestros. En lo único que tuve que insistir hasta la saciedad fue en que estuvieran en silencio para que no les delatara el lenguaje.

Por otro lado, nuestra coartada parecía funcionar por una razón más. Me llamaban Livia… y no era un nombre que les hubiera dicho yo. Al parecer, mi rostro era famoso. Lo cual, en cierto modo, me preocupaba, porque ¿quién era la tal Livia Agripina Sulacea? Como no lo averiguara pronto, me iba a encontrar en un buen lío. Quizás lo sabría en muy poco tiempo porque nos llevaban ante el cónsul de Venus, máximo dignatario del planeta.

Descendimos en el gancho celeste y Tristen sacó su libreta para tomar notas. Nunca he visto a nadie tan absolutamente centrado en su ciencia como para olvidarse por completo de su seguridad. Tuve que inventarme una justificación para su actitud delante del centurión romano que lo miraba con desconfianza.

—Filósofo.

El romano rio. Me pregunté por qué encontraba tan gracioso el tema. ¿Quién era Livia y qué se esperaba de ella y de sus acompañantes? Necesitaba saberlo lo antes posible.

La ciudad flotante apareció ante nosotros asombrándonos. Tristen, con la boca abierta, continuó dibujando. Íbamos a bordo de un dirigible con un mascarón de proa formado por un gigantesco Neptuno sentado en su carro y acompañado de tritones, sirenas y nereidas. El dios del mar, recordé, era también el de la todopoderosa Armada Romana. Otros dirigibles llevaban a Eolo, dios de los vientos; a Venus naciendo de la espuma del mar… Muchos desplegaban al viento banderolas y estandartes anunciando la próxima celebración de los juegos seculares, que conmemoraban los veintiocho siglos de la fundación de Roma.

Navegamos entre edificios que parecían descansar sobre las nubes. Uno me recordó al coliseo, otro a las termas de Caracalla; un tercero, gigantesco, parecía un circo romano, y pronto nos asombramos ante el Palatino. Era tal como mi padre lo había dibujado una vez para mí.

—Es muy rápido —dijo Tristen, refiriéndose al dirigible—. Los edificios parecen hechos en su mayor parte de metal, pero también hay fibra de carbono y nanotubos, como en el gancho celeste. Estoy por apostar…

Le pedí que callara porque se estaba dirigiendo a mí en inglés y el tribuno de la décima legión, que había rendido nuestra nave y nos acompañaba amablemente, nos miraba con desconfianza. Tristen se encogió de hombros y siguió dibujando entusiasmado. A mi izquierda, Carla frunció el ceño. La abracé.

—Tranquila —susurré en su oído—. Sacaremos a Yuan y a los demás de prisión.

No tenía ni idea de cómo narices iba a hacerlo. Pero, ¿qué otra cosa podía decir delante de Carla? Esperaba que la tal Livia tuviera cierta influencia delante del cónsul para convencerle de que los piratas chinos del Dragón Rojo no eran tales. Sin embargo, por la forma en que todos felicitaban al tribuno, parecía que habían confundido nuestra nave con otra llamada igual dedicada a la piratería, una presa que llevaban tiempo persiguiendo y que les había infringido graves pérdidas.

Le pregunté al tribuno cómo habían identificado al Dragón Rojo.

—Sencillo, todos sabemos que lleva el grabado de un dragón de ese color.

«Dios, ya son casualidades», pensé, porque en efecto, la puerta de embarque, situada en el eje de la rueda, tenía un gran relieve con esas características.

Por fin, llegamos al edificio flotante del Palatino. Minutos después, el tribuno nos hizo pasar a una sala ricamente decorada con mosaicos y pinturas de Venus, Neptuno y Eolo. Caminé entre hombres y mujeres ricamente vestidos. Los había que portaban túnicas ribeteadas de púrpura; otros vestían pantalones.

Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el cónsul poseía el rostro de Pierre Louvier. Era un sueño, tenía que ser un sueño. Maldije el té manchú.

 Habían pasado ya muchas horas desde que las alarmas del Dragón rojo nos habían despertado (si es que en verdad lo habían hecho), y el largo día venusino estaba terminando. Vamos, que atardecía, aunque sería un atardecer bastante largo.

Por supuesto, el doctor rompecorazones no se llamaba Pierre Louvier, sino Gayo Tito Régulo. Y por supuesto, me conocía, o más bien, conocía a Livia, la conductora de cuádrigas de tragacantos.

Naturalmente, lo primero que hice fue preguntarme qué diablos era un tragacanto aunque no formulé la pregunta en voz alta, como es lógico. Imaginé que se trataba de algún animal que no me interesaba conocer. Una vez hablé con el cónsul, comprendí que Livia y sus amigos…, es decir, nosotros, para el caso, habíamos sido contratados para correr en los juegos seculares que comenzaban aquella misma tarde.

Por suerte, no competiríamos hasta el día siguiente. Lo que quizás nos permitiría ver a los tragacantos un día antes de dirigir una cuádriga de ellos por primera vez. Esperé, contra toda esperanza, que se parecieran a los caballos y que se movieran al trote y no al galope.

El cónsul nos invitó a que lo acompañáramos. Seguimos el cortejo del Gayo Tito Régulo hasta el foro, lleno de templos, donde, después de sacrificar un toro a Neptuno, protector de la Armada, y ofrecer libaciones de vino y miel a la diosa del amor, el gran cónsul de Venus inauguró oficialmente los juegos.

 Luego, Gayo, que parecía muy interesado en quedar bien con nosotros, nos ofreció un sitio junto a él para contemplar el espectáculo de la tarde. Carla, Tristen, Lang y yo nos sentamos tras el cristal de la cúpula que protegía la tribuna y las gradas del Circo Máximo. Frente a nosotros, se extendía una gigantesca arena rectangular con un foso en medio abierto a las profundidades de la atmósfera de Venus. Con una gran ovación, el gentío romano recibió a las cuádrigas participantes. Un total de ocho carros salieron. Iban tirados por… Es difícil describirlos. Lo mejor que se podía decir de ellos era que se trataba de… quimeras como las que Pierre, el alter ego del cónsul, trataba de diseñar. Se parecían a los caballos, desde luego, aunque eran más altos y tenían unos dientes un poco más largos. Me pregunté cómo respiraban, porque a diferencia de los hombres y mujeres que empuñaban las riendas, los animales no llevaban botella de oxígeno ni respirador alguno. Tampoco traje protector, aunque esto último era más lógico, porque al fin y al cabo, el cuerpo de los tragacantos parecía recubierto de unas escamas relucientes que debían de ser resistentes al ácido. «Pierre disfrutaría aquí», pensé. «Al menos tanto como está disfrutando Tristen». El americano puede que fuera a morir como todos nosotros, pero antes se empaparía de la ciencia de la Venus de Imperium, faltaría más.

Y hablando de Venus, tal vez ella fuera la solución. Gayo se había desentendido de todos los que nos rodeaban y me hablaba y sonreía constantemente. En realidad, para ser exactos sonreía a Livia, pero mientras me creyera ella… Decidí seguirle la corriente. Me invitó a cenar y elaboré para mí misma un plan que incluía el té manchú. Lo llevaba en mi equipaje por si acaso.

Cuando salíamos del circo, el cónsul sosteniéndome de la mano, nos encontramos con un sacerdote y su cortejo de augures. Eran los mismos que habían realizado el sacrificio inaugural. Los adivinos dijeron haber analizado las entrañas del toro y profetizaron una terrible catástrofe. Al cónsul le cambió la cara. Bien. Si era supersticioso, podía utilizar eso a mi favor durante la cena.

Una hora más tarde, nos tumbamos en los cómodos divanes del cónsul. La mesa era una interesantísima combinación de platos que no conocía. Después de una cena regada en abundancia con vino especiado, Gayo comenzó a besarme. Me dejé llevar un instante, absorbida por la intensidad del beso. No era Pierre, pero se le parecía muchísimo y sus labios sabían igual de bien. Mis dudas, sin embargo, duraron apenas unos segundos. Pensé en Carla, en Tristen y en Lang; en Yida y sus dos compañeros en prisión. Tenía que salvarlos. Pero, ¿cómo? Si drogaba a Gayo, ¿lo convencería para que los liberara? Ya sabía que el té producía un debilitamiento de la voluntad propia y una extraña sensación de felicidad, como si volaras. Saqué de mis bolsillos la botellita con el micronizado de mi hongo. ¿Unos miligramos del producto puro lograrían que Gayo me obedeciera? Si le decía que solo evitaría las terribles predicciones de los augures dejando marchar al Dragón Rojo con todos nosotros a bordo, ¿me creería?

Nunca llegué a averiguarlo, porque Livia, no yo, sino la verdadera, hizo acto de presencia en el coqueto triclinium en la que cenábamos.

—¡Quimera, quimera, quimera! —exclamó, gritando con la mirada extraviada. El cónsul dejó de besarme. Nos miró a una y a otra y se apartó de mí como si yo fuera un monstruo.

—¡A mí la guardia! —Se alejó aún más.

Un pelotón de al menos veinte pretorianos entraron por la puerta y miraron con sorpresa y luego con horror a la verdadera Livia y a mí.

—No os acerquéis a ella —ordenó Gaius. Me señaló dirigiéndose al centurión—. Regístrala. Mira si lo tiene.

El pretoriano se aproximó a mí con una cara de miedo espantosa. Le entregué la botellita donde guardaba el hongo. Él la cogió como si quemara y se la mostró al cónsul, que asintió.

—Alejaos de ella. —Me miró con terror—. ¿Lo has tomado? No, no me lo digas, seguro que sí.

Yo aún no había sido capaz de formular palabra. Todo ocurría demasiado rápido y no entendía qué estaba pasando.

La verdadera Livia volvió a hablar.

—La tormenta solar viene hacia aquí, no hay tiempo que perder.

—No, claro que no —dijo Gayo, que seguía con el rostro demudado—. Los augures tenían razón. —Me señaló y ordenó a sus soldados—: Llevadla con el resto de sus compañeros. Subidlos a la nave en la que han venido y daos prisa. Tienen que estar lejos de aquí antes de que llegue la tormenta solar o… ya sabéis lo que puede pasar.

Estuve a punto de preguntar: «¿Qué es lo que puede pasar?» Pero me dije que no convenía. Después de todo, aquella era la solución que me interesaba, ¿no?

Los soldados de la guardia no me tocaron. Me apuntaron con sus armas láser y me indicaron que avanzara por delante de ellos. Recogimos a mis compañeros. Horas después estábamos todos a bordo de nuestra nave. Nos dieron una bebida y nos amenazaron para que la tomáramos. No recuerdo nada más.

Desperté en mi habitación del Dragón Rojo. Sola, sin Tristen. Pensé que lo había soñado todo, incluyendo mi aventura de una noche con el americano. Salí al puente de mando. Allí un capitán Yuan Yida muy serio miraba hacia el planeta Venus, del cual nos estábamos alejando a gran velocidad. Poco a poco, fueron acudiendo todos. Miramos a la pantalla de la cámara que enfocaba la puerta de embarque. La silueta roja del dragón estaba casi borrada y sobre ella, las siglas SPQR permanecían grabadas como un mudo testigo de que todo había sido verdad. El reloj de abordo marcaba las tres de la madrugada del día 6 de junio de 2047. O habíamos dormido tres días seguidos por efecto del té manchú y unos grafiteros extraterrestres habían hecho de las suyas en nuestra nave mientras tanto, o todo había sucedido igual que en mi sueño que, casualmente, cuando se desataron nuestras lenguas y comenzamos a hablar, era sospechosamente coincidente con el sueño de los demás. Buscamos las grabaciones de las cámaras del Dragón Rojo, esperando encontrar acorazados romanos en ellas, pero la tormenta solar había dejado tres días de ruido y se había llevado, con ella, las primeras pruebas de la existencia de universos paralelos.

Tristen y yo nos miramos un instante y supe que lo que había ocurrido en mi habitación también era verdad. Era el único recuerdo de aquellos tres días del que podríamos hablar en el futuro, porque el resto, de común acuerdo entre todos, decidimos enterrarlos para siempre.

Pasaron cuatro años antes de que regresara a la Tierra de visita. Cuando volví, mi padre estaba ingresado en una residencia aquejado de una demencia presenil. Según los médicos, se creía embajador del Imperio romano ante China. Fui a visitarlo pensando que quizás pudiera aclararme lo que había ocurrido en Venus.

Pero estaba loco de verdad. Enrique Marco, profesor universitario de Historia Romana, tan discreto, tan formal, había perdido la razón. Sin embargo, le conté mi relato. Me escuchó en silencio hasta que llegué a los gritos de Livia. Al escuchar la palabra quimera me cogió la mano:

—Quimera, mi quimera. Por eso tuvimos que marcharnos, dejar a tu madre y a tu hermana, no te acuerdas, ¿verdad? Eras muy pequeña, mi querida quimera…

Han pasado treinta años desde aquella visita. Mis hijos llegan hoy desde Venus para verme en el hospital. En mis manos está el relato de lo ocurrido aquellos días. También, la carta que me entregó el abogado de mi padre cuando murió. En ella Enrique Marco me contaba quienes éramos, de dónde procedíamos, cómo Imperium creó las primeras quimeras humanas un siglo atrás: personas capaces de viajar entre universos y arrastrar con ellas flotas enteras. Fueron diseñadas para atacar a Draconis, el Imperio chino que se había adueñado de Marte y gran parte del sistema solar, pero las quimeras acabaron volviéndose contra Imperium y entonces fueron perseguidas y desterradas a otros universos de donde les resultaba difícil escapar. Sin embargo, la combinación de una tormenta solar y cierto hongo que crecía en Venus podía devolverlas, aunque solo fuera por unas horas, al universo del que procedían; y les permitía llevarse con ellas, al inframundo, todo lo que existía en un radio de varios miles de kilómetros a su alrededor.

Mis hijos ya han llegado. Sonrío al verlos. Uno tiene el pelo rojo de Tristen, el otro el negro de Pierre. Al contrario de lo que pueda parecer, no soy tan liberal en el amor como el mundo en el que he pasado una gran parte de mi vida. Tristen me sedujo al fin con su sonrisa sempiterna y su entusiasmo por todo lo que emprendía. Murió, como era de esperar, en un accidente, aunque antes vio logrado su gran sueño: el gancho celeste de Venus. Pierre, además de ser el más famoso genetista del planeta, tenía y aún tiene una gran capacidad para consolar viudas. De nuestra breve pero intensa aventura nació mi segundo hijo. Mientras su hermano y él caminan hacia mí, los dos imágenes vivientes de sus padres, espero —sueño— que ninguno arrastre consigo el don y la maldición de ser una quimera…

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