Sumergirse en el planeta océano de la ciencia ficción

Sumergirse en el planeta océano de la ciencia ficción

Una tarde hace varios años comenzaron a pasar cosas de gran relevancia que tendrían eco hasta hoy, como esa piedra plana que lanzas al lago y va creando ondas que provocan perturbaciones en la superficie del agua. De aquellas vibraciones, de aquellas buenas ondas surgiría mi primera obra larga publicada: Huella 12, y el comienzo de un cambio extraordinario en mi vida.

El reclamo para apuntarme al taller que ofertaba Bibliocafé fue su título: Taller de fantasía y ciencia ficción. Remarco la palabra fantasía porque mi interés se centró en la primera premisa. Era una chica de letras puras con un título en arqueología, no deseaba supeditarme a los confines de la ciencia, especular con los futuros posibles. Aspiraba a tratar los grandes temas de la literatura envueltos en el celofán multicolor de lo maravilloso. Taller significaba guía en el camino que había emprendido lanzándome a la escritura de lo fantástico desde la más absoluta soledad. Significaba cambio, apoyo. Me interesaba evitar clichés, conocer los resortes de esta literatura en concreto, recomendaciones a la hora de construir mundos, las reglas de lo mágico y su coherencia interna. Quería saber si lo había hecho bien, porque hasta entonces formaba parte del nutrido grupo de autodidactas que escriben su primera novela de fantasía en un acto de soberbia osadía. Fruto de aquel ímpetu mi manuscrito aguardaba y aguardará en un pesado archivo quién sabe qué futuro. No me atrevía a considerarme escritora, nada había publicado, sí había asistido a un par de talleres de escritura creativa en los que comenzaría a entender la complejidad del oficio, y aquello sería lo más cerca que estaría en esos años de pertenecer a cualquier ambiente literario.

Siempre escribí, no lo negaré, tampoco presumiré de hacerlo desde la más tierna infancia, requisito cuasi indispensable para canjearte el título de escribiente golden, pero redactar, narrar, inventar componía lo más parecido a ostentar algún tipo de poder desde mi niñez y adolescencia. Las palabras surgían de mí, y aquello que construían lo había fabricado yo. Era mío. Me producía orgullo, orgullo de creadora. Creadora confinada en su propio mundo durante décadas.

Desconocía al escritor que impartía un curso cuya publicidad lo presentaba como maestro indiscutible del género en nuestro país. Yo leía bastante, sin discriminar estanterías ni góndolas de saldos, elegía mis lecturas por la atracción que sus portadas y sinopsis provocaban en mí. Pero, desde niña, lo extraordinario ejercía un magnetismo clave sobre las monedas de mis bolsillos, por algo me inicié en la lectura con Ende, Tolkien, Matute, Louise Cooper, Mcaffrey, Shelley, Stoker, Barker y tantos otros.

Me encontraba en una de esas encrucijadas de la vida. Había perdido varios trabajos a lo largo de los años. Me buscaba y, tras un tiempo dando vueltas sobre mí misma, salí a encontrarme. Y lo hice, en la pequeña aula de un entresuelo a treinta y cinco minutos de mi casa en coche.

Del taller de las maravillas aprendí mucho. De un profesor apasionado, la pasión, de varias mujeres emprendedoras la sororidad, de la ciencia ficción el sentido de la maravilla. De fantasía, de magia, en realidad hablamos poco, Juan Miguel Aguilera tomó el rumbo hacia el espacio, la ciencia y la aventura. Nos embarcó como tripulantes en una nave de fusión entre los millones de estrellas de un cúmulo globular en el exterior de la Vía láctea, su universo. Un viaje apasionante que me abriría los ojos al cielo nocturno. De ese modo, alistada en una misión espacial, el destino, la vida, el albur de las determinaciones me lanzó a sumergirme en el planeta océano de la ciencia ficción. Supuso un gran estímulo descubrir que podía hacerlo, podía escribir ciencia ficción. Quizá el miedo a fracasar en un medio en el cual me sentía insegura me había alejado de este género. Ahora comprendía lo irrelevante que había sido suponer incompatible el ser historiadora, arqueóloga frustrada, etnóloga por varios años, profesora del pasado, con el reto de la ciencia ficción. Si quería escribir sobre el futuro, sobre la ciencia y la tecnología, antropología o cualquier rama temática vertebradora de historias enmarcadas en el género, podía. Podía. Esa fue la primera lección aprendida en aquel taller: escribe con libertad, pero escribe de lo que sabes.  Si no eres científica o experta no escribas hard. La ciencia ficción es todo lo amplia que consigas hacerla. Si aún así deseas escribir ciencia ficción dura, documéntate como un aspirante a la NASA. Todavía no había leído lo suficiente del género para haber llegado sola a esta conclusión. Después siguieron otras muchas lecciones, tocantes a la estructura, al estilo, personajes redondos, tramas y la hibridación como futuro de los géneros. Dar nuestro propio punto de vista y envolverlo de la forma que más se adaptase a nuestra mirada. Compartir ideas. Las ideas son importantes en la ci-fi, pero lo verdaderamente relevante es la manera de exponerlas, de presentarlas. Con una misma idea obtienes historias dispares, tan alejadas entre sí como Júpiter y Saturno. De esta manera, de aquellos brainstormings en el aula, surgió el Velo, la capa de nanobios vivos que cubre la piel. Cruz Gabaldón había leído sobre el hallazgo de estructuras encontradas en el fragmento de meteorito ALH84001. Nanobacterias. El concepto explosionó en nuestras mentes y cada una de nosotras le otorgó un uso. El mío fue soportar las huellas de temperamento de los sospechosos de delitos en el escenario que ya mi imaginación desarrollaba en un hueco esquinado del universo Akasha Puspa. Había decidido escribir ciencia ficción, y thriller, y fantasía, y drama, y aventura, y romance, y steampunk, y …todo junto, mezclado y agitado si era preciso. Ensayar, experimentar, urdir, enfocar, limitarme lo menos posible. Que me perdonen los puristas, o no. Me resulta indiferente.

Fruto de aquella sinergia colectiva nació el germen de aquellas cosas relevantes de las que hoy os hablo: Mis primeros relatos publicados fueron historias de ciencia ficción, formaron parte de la antología Antes de Akasha Puspa, coordinada por el autor de la célebre saga escrita a cuatro manos con Javier Redal. Nació Proyecto Artemisa, el grupo de siete autoras, la conjunción de un magma femenino heterogéneo de talento y amor por lo extraordinario que ha revertido en acciones en pro de la mujer en el género y de la visibilización de ambos. El Club de lectura de lo extraordinario, la antología de relatos Siete máscaras, la web y el blog, los eventos, congresos y conferencias, pero sobre todo el apoyo mutuo a nuestras individualidades y el refuerzo positivo en torno a una palabra clave: escritoras. También de aquel sustrato germinaría Artemusas 20.20, el podcast en el que Cruz Gabaldón y yo disfrutamos charlando de series, libros y palabras. Ahora también en YouTube, porque llevar a cabo aquello con lo que te diviertes rejuvenece y conecta con el mundo. Con el “profe” fundamos La tertulia del Copón, que ya cumple cuatro años, reunión de los viernes en la Birra de Brian en torno a temas cinéfilos y que tantos amigos y buenos momentos nos ha proporcionado. Me parecía que en Valencia implosionaba una semilla cultural en la que me incluía, un tufillo sabroso de ambiente literario. Y no lo constriño a lo extraordinario: Valencia Negra, Bibliocafé, Valencia Escribe, el Golem y varias ramificaciones literarias más que irían germinando y que se implantarán aún con más fuerza, estoy segura, tras la pandemia.

Mientras escribo me enorgullezco del camino recorrido gracias a aquel taller. Pero, no quisiera desviarme de lo más relevante que venía a contar: mi sumersión en la ciencia ficción y la gestación de la novela fix up que se publica este mes de mano de la editorial Apache Libros.

Tras terminar los cinco intensos meses del curso continué discutiendo mucho con Juan Miguel alrededor de lo que se gestaba en mi cabeza: un planeta-océano gigantesco rodeado de lunas donde la gente vive en islas sargazos a distancias inmensas las unas de las otras, donde viajar a las lunas orbitantes a través de los ascensores espaciales está al alcance de una minoría, donde en cada luna y sargazo el régimen político difiere, pero los problemas afloran en todos ellos. Un equipo policial peculiar, capitaneado por una mujer con múltiples aristas, cuyo modus operandi consiste en insertarse las huellas de sospechosos a través del velo potenciador de sensaciones en el tálamo cerebral, para sentir lo que ellos sienten. La herramienta con que atraparlos. Un fix up de relatos encadenados sin orden cronológico, como un puzle, con intercapítulos a modo de ensamblaje o conclusión, como una de esas series procedimentales de las cadenas televisivas. Me costó aceptar objeciones y críticas más o menos severas a lo largo de su desarrollo, aupada como estaba en el entusiasmo de mi creatividad. Discutí, acepté y con el tiempo pulí, y pulí, y volví a pulir hasta dar forma a Huella 12.

El camino fue largo e intermitente a causa de la naturaleza de la obra. Juan Miguel todavía ríe cuando le reprocho que me aconsejase escribir doce historias, una por cada luna. ¿Por qué doce y no ocho lunas, cinco? le pregunto, y asegura no recordar aquel dictamen mientras esconde la socarronería tras de su sonrisa. Es un número que queda bien en un título, apuntilla.

Doce historias diferentes, doce construcciones de mundos, montajes de tramas. Finalizaba una y dejaba el proyecto reposar durante un tiempo, hasta que el paisaje de otra luna se modelaba en mi retina.

No es una obra sencilla, tampoco complicada. Un pedazo de Akasha Puspa totalmente customizado en mis entrañas. Me perdonarán los fieles seguidores de la saga, o no. Respeto máximo nunca ha faltado por mi parte. Tiene su origen en el universo de mi maestro, ciertas reminiscencias, pero Sargazia es mi planeta, sus lunas lugares que orbitaron mi cerebro, y Luna Bárladay, Cha-Mert, Sólomon, Logario y Virda los personajes que dieron vida a misiones arriesgadas a lo largo y ancho del Límite del Cúmulo.

Sumergirse en el planeta océano de la ciencia ficción es una elección que nada tiene que ver con ser friki, pata negra del fandom, escritor o lector exclusivo del género, venerador del monolito. Reivindico la libertad creativa sin etiquetas, el irse o regresar de sus filas, la mirada propia. Sumergirme trajo consigo el hallazgo de una profundidad exuberante y luminosa, como bucear en el océano de Sargazia: «Quiero decir que mis convicciones sobre el mundo se hundieron a miles de metros bajo el océano. Lo que estaba arriba pasó a sumergirse, lo de abajo emergió a la superficie. Todo constituía un descubrimiento, todo sobrepasaba la maravilla, era caer, como quien dice, en otra dimensión.»

Lo que vino tras la palabra fin y la corrección de la novela siempre resume la parte más vulnerable a la que se enfrenta un autor novel: encontrar editorial para su criatura. Todo un periplo durante el cual me dediqué a experimentar en otros géneros, con otros formatos que encontraron su lugar en antologías, otros proyectos, novelas terminadas que tal vez hallen su futuro, o no. No está en mi mano. El mundo es incierto. El ahora es tremendamente inseguro y precario. Huella 12 verá la luz y ello me produce alegría y expectación. Lo demás, como os digo, ya no estará en mi mano sino en las vuestras, las de los lectores.

Leed. Leed y escribid si lo deseáis. Los libros constituyen un maravilloso solaz. Sumergíos en el planeta océano conmigo. La ciencia ficción colmada de sentido de la maravilla es un refugio extraordinario dentro del gigantesco universo de la Literatura.

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