Sentimientos

Sentimientos

1

Un silencio unánime se extendió a la llegada de Malthus a la fábrica. Los escasos operarios humanos ladearon la cabeza y giraron sus ojos hacia él, atentos a la mínima orden que su jefe pudiera emitir. El “gran hombre” los saludó con un gesto. Era muy alto y de anchas espaldas, fuerte como un toro. Había llegado a sus oídos que algunos de sus empleados lo llamaban “El Gigante”, y el apodo no le molestaba en absoluto.

Vértigo, emoción, control sobre los demás y sobre todo poder, mucho poder. En aquel instante, Malthus se sentía como Dios al principio de la Creación. Sus “creaturas” surgirían de la nada, ejecutarían obedientes sus órdenes, sus designios. Cada una de las nuevas máquinas serían autosuficiente, pero seguiría el plan que él había trazado.

Malthus sonrió y se demoró un instante, disfrutando de aquel momento. Como un director de orquesta, se alzó sobre los talones y levantó las manos. Luego las bajó con un gesto de aprobación grandilocuente. Los operarios humanos accionaron los interruptores y se retiraron con rapidez, para no interferir el paso frenético de los robots.

La primera máquina von Neumann estuvo ensamblada en apenas veinte minutos. Apenas tenía el tamaño de un balón de fútbol, pero era una auténtica revolución. Su ADN digital contenía toda la información necesaria para fabricar una réplica suya cada cinco minutos. La siguiente generación, mientras no le faltase la materia prima y el suministro de energía, crearía una nueva y perfecta máquina clónica cada pocos segundos. 

Y eso era solo el principio.

Con aparatos como ese, se podía completar la Esfera en tan sólo una décima parte del tiempo previsto. Más aún, podrían viajar a otras estrellas, terraformar planetas o crear otras esferas Dyson, que esperarían pacientemente la llegada de los colonos humanos. En el espacio tenían todo lo que necesitaban para seguir desarrollándose indefinidamente, conquistando una estrella tras otra y creando hogares para la humanidad. La Galaxia entera estaba ya a su alcance.

No había límite a lo que aquel gesto de su mano había iniciado.

Abandonó la sala de mandos con la misma seguridad con la que había entrado, la misma que le impidió percatarse del gesto de disgusto de Slawik, uno de los ingenieros a los que se había impuesto, obviando sus objeciones sobre la seguridad del programa.

“Sin riesgo no hay gloria”, le había dicho, zanjando la cuestión.

2

Malthus le ordenó a su chófer humano que le llevase a casa por la ruta más cómoda y directa. Contempló el árido paisaje marciano a través de las ventanillas de su vehículo. Los invernaderos se extendían hasta el horizonte, con sus cubiertas de plástico empañadas por el omnipresente polvo rojo. “Esta tierra era cualquier cosa menos fértil”, pensó mientras alzaba sus ojos hacia el cielo. La Esfera en construcción ya era visible a plena luz del día, un anillo luminoso que se iba engrosando de año en año. Algún día cubriría el cielo por completo e impediría ver las estrellas. Una consecuencia inevitable pero desagradable, porque Malthus amaba las estrellas. En ellas estaba el futuro de la humanidad. Y también su futuro, porque tenía intención de sobrevivirle al mismísimo Sol.

El vehículo alcanzó la velocidad supersónica y, en apenas quince minutos, tuvieron a Santa Marina a la vista. Su palacete se erigía en uno de los suaves montículos que rodeaban la ciudad, más allá de los restos de los pilares (convertidos ahora en curiosidad turística) de la cúpula que una vez los había protegido de las extremas condiciones de Marte, antes de la terraformación que su padre había impulsado. La verja se abrió, dejando ver en enorme espacio ajardinado, una recreación de los que se podía admirar en los viejos libros de Historia del planeta Tierra.

El empresario franqueó el umbral de su mansión y uno de sus asistentes personales le ayudó a quitarse la chaqueta, mientras le comunicaba que el masajista le aguardaba en el gimnasio. Subió la escalera de mármol que llevaba al primer piso, donde se ubicaban las habitaciones privadas. Los corredores laterales, igual que el vestíbulo y el resto de la casa, mostraban lámparas, cuadros y valiosos objetos artísticos, algunos tan antiguos que provenían de la Vieja Tierra. Malthus había financiado varias misiones de rescate, como la que trajo el Pollock que dominaba una de las paredes de su dormitorio.

En el vestidor, cambió su traje por un cómodo chándal de algodón gris.

―Buenas tardes, Nigel, hoy necesito que te esmeres― dijo al abrir la puerta del gimnasio.

―Buenas tardes señor. ¿Un día duro?

―Un día que será recordado —comentó mientras se tumbaba en la camilla.

―Me alegro mucho, señor —dijo el monitor, mientras empezaba a masajearle las cervicales.

―¡Mmmmmm!… Eso es genial… Señala esta fecha en tu calendario, Nigel, porque algún día te sentirás muy orgulloso de haberme dado hoy este masaje.

―Lo haré, señor.

3

Thomas era alto, muy delgado, pelirrojo, la barba larga y desaliñada. Contaba treinta y cinco años, pero su rostro surcado por finas arrugas y su figura encorvada le hacían aparentar más del doble. Deambulaba por los callejones situados detrás de los restaurantes, buscando en los contenedores algo que echarse a la boca. Durante las horas que lograba mantenerse lúcido, era consciente de que debía alimentar aquel cuerpo cada vez más maltrecho, pero también sabía que “el mono” no tardaría en presentarse. Cada vez más rápido, más acuciante, simplificando todos sus deseos a la obsesiva necesidad de procurarse una nueva dosis. Sólo así podía soportar la vida sin ella.

Cuando ella vivía, la única droga para él era su amor ella. Su amor…

Encontró en el fondo del contenedor unos pastelitos de crema, salpicados con salsa boloñesa y algún espagueti suelto, y los devoró sin que le importase el dudoso sabor de aquella combinación. Se había acostumbrado, hacía ya dos años que dedicaba hasta el último céntimo del dinero que conseguía en comprar hidromorfona, siempre en dosis de 64 miligramos y de la mejor calidad (para eso sí que era un gourmet). Hidromorfona: C17H19NO3, se había tomado la molestia de aprenderla porque para él era la fórmula del paraíso. El lugar al que siempre quería regresar: el olvido.

Era lo que los médicos le habían recetado a su esposa para aliviar su dolor cuando la leucemia empezó a destruir su cuerpo. Y la primera vez que él la probó fue casi al final de su enfermedad, cuando se sintió incapaz de presenciar la agonía de la mujer que tanto amaba. Ahora él no soportaba su ausencia, no quería vivir sin ella. Solo buscaba olvidar su dolor y sumergirse en una suave inconsciencia, difuminar con esa laxitud plácida que le proporcionaba el bendito C17H19NO3, lo que había perdido y que nunca recuperaría.

Pero necesitaba dinero. Las dosis del opiáceo no eran precisamente baratas y él era incapaz de robar. Bueno, quizá no, sólo necesitaba sentirse un poco más desesperado por el “mono”, ¿cómo adivinar lo que sería capaz de hacer entonces?

Sacudió la cabeza, no quería pensar en eso. Y entonces vio algo que brillaba y parpadeaba en el fondo del contenedor. Con la esperanza de que se tratase de algo valioso que alguien hubiese arrojado por descuido, lo levantó y limpió con cuidado las salsas y mondaduras vegetales que lo cubrían. Pero era sólo una pantalla de televisión de doce pulgadas, de esas flexibles de usar y tirar que se usan en publicidad, y que es imposible apagar. Se quedó mirándola fijo, atraído por las luces y los colores brillantes.

Su pequeño altavoz emitió:

―No lo dude, si tiene algún sentimiento intenso, conecte con nosotros. Puede beneficiar a otras personas y, además, ganar algo de dinero en efectivo.

“Dinero en efectivo”, eso era sin duda interesante. ¿Y qué le pedían a cambio? Porque nadie daba nada por nada… Había creído entender que “sentimientos”. ¿Sentimientos? Parecía absurdo, pero el anuncio volvió a repetirse al cabo de unos segundos y esta vez se fijó en que aparecía un texto en la parte inferior.

Decía: “Si está interesado, pulse aquí”.

4

Malthus nadó un rato en la piscina y luego tuvo sexo con Lizbeth, que había llegado a Santa Marina por negocios y estaba pasando unos días en su mansión. Cuando terminaron, él se tumbó boca arriba y acarició el suave pelo dorado de su amiga.

―Parece oro ―murmuró.

―Es oro, querido ―aseguró Lizbeth―. En un 30% o mi peluquero me ha timado.

―Se ve bonito.

Ella se acurrucó sobre su pecho y ronroneó como una gatita:

―Me alegro de que te guste. Dime una cosa: ¿me amas?

―Te adoro, Lizbeth.

―Entonces, ¿por qué no me has contado nada sobre tu nuevo proyecto?

Malthus encendió la luz de la cabecera con un gesto y la miró fijamente. Los ojos de Lizbeth eran lo único que delataba su verdadera edad, no porque no fueran tan perfectos y hermosos como el resto de su cuerpo, sino porque su expresión contenía una certeza que era imposible tener a los veinticinco años, la edad que aparentaba. En realidad, Lizbeth era cinco años mayor que él y ya había celebrado los sesenta.

―¿Cómo es que estás informada de eso? ―le preguntó.

―Tengo mis fuentes, ya lo sabes.

―¿Un espía entre mis ingenieros?

Ella hizo un mohín con los labios, imitando el gesto triste de una niña.

―John, querido, me decepcionas. ¿De verdad crees que te daría esa información a cambio de nada?

―No hace falta. Puedo imaginar ya quién es el traidor.

―Imaginar y saber son cosas muy distintas, querido.

―¿Y qué es lo que quieres?

―Una modesta participación en el negocio, sólo eso. Sabes que no soy una mujer ambiciosa.

―¡Ja!

 ―Máquinas autorreplicantes… ―ella cerró los ojos y emitió un gemido de placer―. Sólo la palabra me pone cachonda. Llevamos años investigando un programa que funcione en todos los escenarios posibles y nada. Pero tú lo has conseguido.

Malthus sonrió satisfecho.

―Sí, lo he hecho.

Ella clavó sus uñas en el pecho del empresario y lo besó con pasión.

Malthus se apartó.

―¿Quién es el traidor?

―Te lo diré, cariño, cuando firmemos los contratos. Pero ahora…

Lizbeth se volvió a lanzar sobre él.

5

Thomas se quedó mirando el holograma que flotaba en el centro del hall del Banco de Sentimientos. No sabía cómo identificarlo. Si hubiese tenido más conocimientos sobre la Vieja Tierra, le hubiera parecido un cruce entre un caballito de mar y un velociraptor. Para él era sólo algo parecido a algunas cosas que vio el día que probó LSD. Tuvo un mal viaje y nunca quiso repetir la experiencia. Pero aquella criatura era realmente fascinante, su cuerpo está cubierto por una armadura de placas óseas y su cola se enrollaba en espiral detrás de sus musculosas patas.

―¿Qué diablos es eso? ―le preguntó al técnico que vino a buscarle.

―Un antiguo marciano. Una de las razas que dominaron este planeta, doscientos millones de años antes de que apareciesen los homínidos en la Tierra.

―¿Entonces es verdad que existieron los marcianos? ¿En serio? Siempre pensé que eran un mito.

―¿Y quién cree que construyó las pirámides de Elysium? Venga, acompáñeme, el doctor le está esperando.

“El doctor”, esa palabra le trajo una oleada de recuerdos dolorosos. Pero caminó obedientemente detrás del técnico, ya no le quedaba ni un céntimo para comprar olvido.

Lo condujo hasta una habitación del banco acondicionada como si fuera la sala de un hospital. Esto inquietó aún más a Thomas y se detuvo en el umbral.

―Buenos días, mi nombre es Hans ―le saludó el médico, un hombre de bata blanca y pelo aún más blanco. Llevaba una carpeta digital―. Supongo que su presencia aquí confirma su decisión de seguir adelante. Sí es así, antes debe firmar este contrato.

―Perdone señor ―dijo Thomas, dirigiéndose al doctor y sin terminar de decidirse a dar un paso más―, antes de empezar, necesito saber de qué va todo esto…

El técnico le dio un suave empujón para que entrase de una vez en la sala.

―Pero, hombre ―dijo con malhumor―, ¿ahora nos sale con estas? En el hall le di una copia para que la leyese. No nos haga perder el tiempo.

―No importa Louis ―dijo el médico con amabilidad―, yo se lo explicaré, no es complicado. Puedes retirarte.

El técnico se dio media vuelta y se alejó por el pasillo. El médico le hizo un gesto a Thomas para que se acercase. Mientras lo hacía, abrió un armarito blanco y sacó un estuche de cápsulas. Luego, de un pequeño grifo, llenó un vaso con agua y se lo tendió.

―¿Qué son esas cápsulas? ―preguntó Thomas.

―Es metadona. Puedo ver que está en pleno síndrome de abstinencia: pupilas dilatadas, piloerección, temblor del labio superior y paranoia. Tómese una y seguimos.

―Es que no me gustan los hospitales ―se justificó Thomas mientras tragaba una de las cápsulas.

―Esto no es un hospital, es un banco.

―Sí, un “banco de sentimientos”, eso he leído. Pero no lo entiendo. ¿Cómo puede alguien almacenar los sentimientos que están en nuestro corazón? ―se tocó el pecho.

El doctor Hans sonrió y se dio unos golpecitos en la frente.

―En realidad están aquí dentro. Siéntese y se lo explicaré mientras le hace efecto la metadona. En su estado no obtendríamos buenas lecturas.

El médico le indicó una butaca de estructura de acero cromado y piel blanca. Thomas se repantigó en ella. Empezaba a sentirse mejor, al menos el corazón ya no parecía querer saltar de su pecho y salir huyendo por el pasillo.

Hans tomó un objeto de su escritorio y se lo tendió a Thomas. Parecía el lujoso pisapapeles de la consulta de un médico caro. Era un prisma de cristal facetado, bastante pesado, tuvo que sujetarlo con ambas manos. En su interior había una especie de polvillo brillante que se movía cuando agitaba el prisma. Era imposible distinguir lo que era.

―Muy bonito ―dijo Thomas―. ¿Qué es?

―Es un contenedor de ADN de los antiguos marcianos ―explicó el médico.

―Los constructores de las pirámides de “Elisia”. Estoy enterado de eso.

―Los marcianos nos legaron toda su cultura y conocimientos, codificados como cadenas de ADN. Hay cientos de millones de estas cosas en el interior de las pirámides. Tardaremos aún muchos años en descifrarlas por completo, pero ya hemos aprendido algo. Los marcianos podían grabar sentimientos. Sentimientos extraños, alienígenas, muchas veces desconcertantes, pero siempre fascinantes. Y nos legaron esa tecnología.

―¿Cómo lo hacen?

El médico sonrió.

―¿Sabe usted cómo funciona un televisor?

―No.

―Entonces tendrá que confiar en mí, porque sí sé utilizar esta tecnología. Le aseguro que no es peligroso de ningún modo. Pero si usted tiene algo que a otras personas les puede interesar, podremos hacer negocios. ¿De qué se trata?

―¿Cómo dice?

―¿Qué ha venido a vendernos, señor…  ―consultó su carpeta digital durante un instante―, Thomas Graunt?

―Dolor… pérdida… desesperanza…

El médico torció el gesto, decepcionado.

―No hay mucho mercado para ese tipo de sentimientos. En general la gente es capaz de conseguirlos por sí misma. La vida es dura.

―Amor.

―¿Amor? ―Hans alzó las cejas blancas interesado.

―Amor total y correspondido. Eso es algo que he sentido.

―Bueno, pues con eso sí que podemos trabajar.

―¿Y cuánto me van a pagar?

―Déjeme hacerle un escáner previo y así sabré el valor de sus emociones. A más intensidad, mejor precio.

―Mis sentimientos son muy fuertes ―aseguró.

―Eso lo vamos a comprobar ahora. Por favor, tiéndase aquí.

El médico le señaló una camilla situada junto a una gran rueda cuya parte interior estaba tapizada de biosensores de diseño marciano.

Thomas se tumbó en ella, pero preguntó:

―¿Me dolerá?

―En absoluto ―dijo el médico mientras empujaba la rueda hasta colocarla alrededor de la cabeza de Thomas―. Por favor, intente recordar su primer beso.

6

Malthus salió hecho una furia del dormitorio y llamó a uno de sus asistentes personales. Le entregó un papelito doblado con un solo nombre escrito en él: Slawik.

―Ocúpate de que a esta persona se le impida mañana la entrada a la fábrica, y de que jamás vuelva a trabajar en ninguna empresa relacionada conmigo.

El asistente tomó el papel sin hacer preguntas y se dirigió a su despacho.

Leal, su pastor alemán de pelo negro brillante dormitaba cerca de la chimenea del salón. El animal se levantó de un salto y fue a recibirlo saltando de alegría.

―Sí hombre, sí, yo también me alegro de verte―dijo acariciándole la cabeza y las orejas―. Ven, hoy, necesito algo de lealtad.

Lo que no sabía esa zorra de Lizbeth es que él siempre había pretendido trabajar con la empresa de ella. Tenía buenos técnicos y le interesaba. Pero también sabía que ella había logrado introducir a un espía en sus filas y tenía que descubrirlo. Todo había salido tal y como había planeado, pero eso no le impedía sentirse furioso.

Se acercó al mueble bar y se sirvió una copa de brandy. Luego, se sentó en el sofá con la forma de los labios de Mae West, que sus hombres habían rescatado de la Tierra. A su lado se acomodó de inmediato el perro y Malthus lo acarició distraídamente, mientras pensaba que quizá aquel era el único ser vivo en el que podía confiar. La habitación, que como el resto de la casa estaba impoluta y en perfecto orden, le dio la sensación de ser demasiado irreal, de que allí jamás hubiera habido vida.

―¿Hay vida en Marte? ―dijo en voz alta y su perro lo miró expectante.

―Perdón señor… ―era la voz de otro de sus asistentes, hablándole desde el umbral del salón. Tenía un pequeño ejército de ellos y casi nunca recordaba sus nombres.

―¿Sí?

―Lamento molestarle ahora, señor. Pero me dijo que le avisase en el momento en el que llegase el señor McFadden.

―¿Está aquí? ―preguntó Malthus levantándose de un salto. Eso sólo podía significar una cosa.

―Sí, señor.

―Pues hazlo pasar de inmediato.

McFadden era bajo, rechoncho, con las piernas algo torcidas, y calvo; pero sus ojos eran vivaces y su dentadura perfecta relucía con una sonrisa.

―Lo tenemos ―dijo―. Tenemos al donante perfecto.

Era el director del Banco de Sentimientos y un cliente como Malthus justificaba plenamente que se hubiera desplazado hasta allí. Pero el millonario no cambió el gesto.

―¿Puede darme más detalles? ―preguntó.

―Es justo lo que buscábamos. Un hombre muy enamorado de su esposa… que también lo amaba, una historia perfecta… Pero ella, desgraciadamente, murió. Un final triste… Pero, por supuesto, eliminaremos los sentimientos negativos de la grabación y dejaremos sólo las sensaciones agradables, que son muy fuertes.

―¿Me puede garantizar eso?

―Al cien por cien, señor Malthus. Tenemos una larga experiencia y…

―Quiero conocer al donante.

El director ladeó la cabeza y la sonrisa se heló un poco en sus labios.

―Temo que eso no va a ser posible.

Malthus alzó las cejas y lo miró fijamente.

―¿Cómo ha dicho?

―Entienda, señor, que nosotros debemos salvaguardar el anonimato del donante.

El empresario le dedicó su mejor sonrisa de tiburón. Ninguno de sus competidores había dormido tranquilo después de haber visto esa sonrisa.

―Verá ―empezó con calma―, cuando alguien me dice: “no se puede”, yo le respondo: “¿cuánto me va a costar?”. Y siempre llegamos a un acuerdo.

―Esta vez no podrá ser, señor Malthus, lo siento. Son nuestras normas.

Otra vez la sonrisa de tiburón, pero muy breve, como un relámpago en su rostro.

―Soy accionista de su Banco, señor McFadden, así que podemos hacerlo de dos formas. En una, yo saco mi talonario y le extiendo un cheque por la cantidad que usted me diga ahora. En la otra, utilizo mi dinero para hacerme con más acciones y el control absoluto del Banco, y luego ponerle a usted a fregar los retretes de la planta baja. Pero, en ambos casos yo conseguiré lo que pretendo, que es conocer a ese hombre.

Los dos hombres se miraron durante un momento interminable. Al final, McFadden apartó la vista y la dirigió hacia el bar del salón. Sentía la boca seca.

―¿Puedo ofrecerle algo para beber? ―preguntó Malthus.

―Sí, me tomaría un vodka ahora mismo.

7

Thomas traspasó la verja de la mansión en el vehículo que habían enviado por él. A sus ojos se abrió un inmenso jardín que dibujaba un puzzle de laberínticos macizos de césped. Las formas geométricas perfectamente delineadas se recortaban en delicadas filigranas vegetales. Fuentes y surtidores de agua cristalina. Dioses y figuras de la mitología adornaban los pedestales rodeados de parterres de flores.

Antes de que el chófer pudiese llamar, un sirviente detectó su presencia y salió a su encuentro acompañándolo hasta el interior de la casa. Thomas estaba resplandeciente con su traje nuevo y su reciente corte de pelo. Los asistentes de Malthus se habían ocupado de adecentar su imagen. El doctor Hans le había dado más metadona.

Al entrar, el joven no pudo sino admirar la inmensa escalinata construida de un material blanco duro y pulido de contacto frío, pero de apariencia majestuosa. A ambos lados, las barandillas se retorcían en columnas como serpientes. En las paredes se incrustaban estucos decorados con escenas de la mitología y personajes del pasado de la Tierra y Marte. Lámparas de cristal pendían de los techos lanzando luces irisadas. Varías holografías de paisajes y obras de arte rescatadas de la Tierra decoraban otras paredes.

—Mi amiga Lizbeth opina que tengo un gusto pésimo —dijo una voz a su espalda—. Pero a mí me da igual su criterio. Me gusta rodearme de cosas valiosas tanto como a ella le gusta rellenarse el cuerpo de silicona.

Thomas se giró y se vio enfrentado a un hombre imponente, aún más alto que él, pero erguido y voluminoso, una presencia que parecía llenar la estancia y necesitar con cada inspiración más aire del que podría contenerse entre aquellas lujosas paredes.

Extendió la mano y Thomas vio desaparecer la suya en ella.

—Encantado de conocerle. Me llamo John Malthus.

—Thomas Graunt. Usted es el que ha comprado mis sentimientos.

—Así es. Y he pagado aún más por conocerle. Así que nos se guarde nada. Dígame cómo era su esposa, cómo pensaba, cómo amaba. Necesito saberlo.

Thomas lo miró extrañado.

—¿Por qué? Me han asegurado que, cuando le hagan el implante, usted no podrá ver imágenes ni cosas concretas, sólo sensaciones, estados de ánimo, emociones…

—Cierto. Por eso quiero que usted me lo cuente.

—¿Y de qué le serviría? Esos sentimientos no los ha experimentado usted en la realidad, son los de otra persona. Un extraño que no significa nada para usted.

—Acompáñeme —Malthus lo condujo sujetándolo suavemente del brazo hasta uno de los hologramas que decoraban la sala.

Era como una ventana abierta a un paisaje maravilloso y extraño. Un amplio valle cubierto de joyas que brillaban a la luz de las estrellas. Podría ser un océano en calma que reflejase los astros del cielo como un espejo perfecto. Pero, en realidad, cuando Thomas se acercó lo suficiente vio que eran cristales. Millones de fragmentos de cristal esparcidos por el suelo de roca hasta donde alcanzaba la vista.

—Aquí se asentaba una de las mayores ciudades de la Vieja Tierra —le explicó Malthus—. Su nombre era New York, y esto es todo lo que queda de ella. El cemento, el asfalto y el hormigón hace mucho que desaparecieron convertidos en polvo, pero el cristal permanece. Amo las cosas que permanecen, señor Thomas, son algo que nos conecta con la Eternidad. ¿Puede imaginar algo más hermoso que ese océano de cristal? Pero los humanos que vivieron es ese lugar, antes de la destrucción de la Tierra, ya no son más que polvo que se mezcla con el de los edificios que habitaron. Tantos sentimientos, tanta inteligencia, tantos momentos de los que no queda ni el recuerdo. ¡Qué enorme derroche es el universo! Cada vida, hasta la más insignificante, es irreemplazable. También hay belleza en el despilfarro, en eso estaría de acuerdo hasta mi amiga Lizbeth, pero a mí me emociona lo que permanece. Sus sentimientos, señor Thomas, sobrevivirán conmigo.

—Hasta su muerte, porque usted desaparecerá como todos.

La sonrisa de tiburón.

—En eso se equivoca, señor Thomas. Yo sobreviviré.

—¿Cómo? Quizá se cree un dios, pero es un hombre como yo.

—Aún no lo sé —reconoció Malthus—, pero le aseguro que lo lograré. Muchos de los objetos y muebles que puede ver en esta sala, provienen de la Vieja Tierra. Afortunadamente, hubo gente capaz de preservarlos del paso del tiempo en cámaras acorazadas, y yo los he rescatado para tenerlos conmigo. Igual que su amor por su esposa, y el que ella sintió por usted, existirán para siempre conmigo.

—¿Es que no tiene sus propias experiencias para guardarlas para toda la eternidad? —dijo Thomas con una voz que sonó más burlona de lo que pretendía.

—Tengo muchas experiencias, más de las que usted pueda soñar en cien vidas, pero de algo estoy seguro y es de que jamás he sido amado por nadie de una forma incondicional, como me aseguraron que sucedió entre su esposa y usted. Soy un hombre poderoso, ya nací siéndolo, y sé que todo el mundo se ha acercado a mí deslumbrado por mi poder. Jamás he tenido un amigo en el que pueda confiar al cien por cien. Jamás he amado a ninguna mujer. Amar es estar dispuesto a darlo todo por esa otra persona, incluso la vida. Y yo no podría llegar a tanto con nadie.

—¿Y está seguro de que nadie le ha amado nunca?

—No lo sé. Al menos yo no lo he percibido. Bueno, algunas personas confunden el interés por tu dinero y poder con el amor, pero yo no me creo que sea la misma cosa. Me han dicho que usted estaba dispuesto a destruir su vida porque le falta esa persona y se cree incapaz de continuar sin ella. Y que ella le amaba de la misma forma. Y la verdad es que usted siempre ha sido muy poca cosa… No se ofenda.

—No me ofendo. Es cierto. Pero alguien me amó… y la perdí.

—¿Qué se siente al estar enamorado de otra persona y que ella te corresponda? Cuénteme, por favor.

―No se puede imaginar lo que es ver el rostro de la persona amada, anhelante, buscando el tuyo, la mirada llena de ilusión, la boca abierta de deseo pidiendo cubrirla de besos, los brazos dispuestos al estrecho abrazo amoroso, los ojos recorriendo cada rincón del cuerpo deseado, las manos sintiendo cada centímetro de su piel, los cinco sentidos en alerta pidiendo ser de inmediato colmados. Y sobre todo saberte uno solo con la otra persona, compartir con ella los objetivos, las ilusiones, los proyectos, los bienes materiales y la vida, la vida entera sin que quede un resquicio en que el otro sea ajeno, ser dos en uno solo, saber que no es feliz si tú no lo eres. Si no ha estado enamorado y nadie se ha enamorado de usted, puede ser muy rico, pero es un pobre diablo que no conoce la verdadera riqueza. Hay cosas que no se pueden comprar con dinero.

Malthus sonrió con algo parecido a la compasión y dijo:

―Ya no. Por eso estamos aquí.

―Es cierto ―dijo Thomas bajando los ojos con amargura.

―Hay algo que no entiendo. Si su sentimiento era tan puro, tan hermoso, ¿por qué está ahora traficando con él? Está usted vendiendo el recuerdo de su esposa.

Thomas alzó la vista y lo miró con ira, como si contemplase al propio demonio en persona, plantado frente a él en medio de su poder y su crueldad.

―¿Se está burlando de mí?

―Le aseguro que no. Sólo quiero saber.

―Ya sabe que me enganché a la droga porque es lo único que me hace olvidar que ella ya no existe, lo único que me eleva a un estado de ensoñación donde revivo aquellas sensaciones que ella me despertaba. Sin embargo, es también lo que me está matando, lo que hace que mi mente se embote cada vez más y más, y los recuerdos se vuelvan más difusos. Quizá algún día me despierte y ya no sea capaz de sentir nada. Quizá algún día me despierte y me haya convertido en alguien como usted.

—Gracias —dijo Malthus sonriendo—. Es cuanto quería saber.

Se despidieron fríamente. Cuando Thomas salió del palacete, mucho más rico pero mucho más triste que cuando había entrado, Malthus se dirigió a la habitación acondicionada como sala de hospital y le dijo al médico de la bata blanca y el pelo blanco:

—Adelante doctor, puede empezar con el implante.

Hay algo que Malthus jamás contaría a nadie, ni a sus ingenieros de mayor confianza. Era su proyecto más personal y secreto: la próxima generación de máquinas von Neumann llevarían en su programación una copia de su propia mente.

Era posible. Con la misma tecnología que ahora estaban usando para implantarle los sentimientos de aquel desdichado, Malthus clonaría su mente una y un millón de veces, y dejaría que se extendiese por todo el Universo. Le había sido sincero a aquel muchacho, sus sentimientos perdurarían hasta que las estrellas se apagasen.

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