RETAZOS EN LA PENUMBRA por Elena Denia

RETAZOS EN LA PENUMBRA por Elena Denia

Cuando sus párpados se abrieron vio una luz reflejada en el suelo. Se encontraba acurrucado, en posición fetal, sobre una superficie dura y bien pulida. El destello solo era un reflejo; a su lado había una vela. Pasó la mano por la llama, como en un juego de niños. Después se frotó los ojos y miró a su alrededor. Todo estaba oscuro.

No percibió brisa alguna en la llama. Tampoco la sintió en la piel de su cara.

Miró sus manos, el vello oscuro de sus brazos y la manga corta que dejaba entrever su musculatura. Se palpó el torso y estiró un poco de la camiseta para leer las letras impresas en su pecho: «destello eléctrico». Recordaba aquella frase. Aquella broma.

Carraspeó y volvió a mirar a su alrededor. Había oscuridad.

 

—¿Hay alguien?

El golpe de su voz fue sordo, absorbido por aquella atmósfera negra, sin rastro de un eco o alguna otra pista para saber hacia dónde dirigirse. En cualquier caso, al formular la pregunta intuyó que no habría respuesta.

Se puso en pie y trató de desentumecer su cuerpo. Cogió la vela, miró en todas direcciones y escogió una cualquiera para emprender su marcha.

El suelo reflejaba la luz a su paso, que titilaba como una luciérnaga atrapada al otro lado, empeñada en escoltarlo. Caminó.

Al cabo de un rato se descubrió a sí mismo concentrado en pisar la sombra de su propio zapato. Si levantaba la vista al frente, había oscuridad. Si apuntaba hacia los cielos, había oscuridad. Prefirió mirar su calzado, con una mancha oscura en la punta que lo acompañaba en su travesía por aquella tiniebla sórdida. Recordaba esa mancha; de cuando el vino se derramó sobre sus pies.

Se detuvo. No sentía ni frío ni calor.

Escogió otra dirección aleatoria y siguió caminando. Procuró mantener la vista al frente, pero pronto se mareó. De nuevo la vista se clavó en sus pies. Primero uno, después el otro; y así sucesivamente. Un movimiento automático. En cualquier momento la piernas le fallarían, rebelándose contra las órdenes de su cerebro. Para romper con la sensación, acarició las letras de su camiseta: «Destello eléctrico». Sintió una punzada de congoja.

Cuando se hizo insoportable paró en seco.

—Esto no tiene sentido —dijo en voz alta.

Liberó un suspiro, pero no logró deshacerse de una sensación incómoda en la garganta. Tragó y tragó. Desistió.

Se sentó en el suelo, colocó la vela a un lado y miró a su alrededor. ¿Estaba en el mismo punto que al principio? Ni rastro de brisa en la llama. Tampoco sobre su piel. No sentía frío ni calor. No había eco. Y sobre él: la oscuridad.

Con las piernas estiradas observó sus pies y se preguntó cuánto tiempo llevaría esa mancha oscura en su zapato. Conservaba un tono rojizo. ¿Cuánto habría pasado desde que se derramó el vino en aquella fiesta?

 

De pronto asomó una sospecha. Se incorporó con el ceño fruncido y examinó la vela. Tal y como suponía, no se había consumido en lo más mínimo. Lo invadió la furia y, encarándose a la nada, gritó:

—¡Esto es una mierda!

Silencio. Silencio. Angustia. Un miedo insondable.

Pasó la mano por sus mejillas para secar las lágrimas. Brotaron más. Se secó con el extremo de la camisa. Siguieron brotando. Dejó que trazaran aquel dibujo húmedo con libertad. Se tumbó en el suelo con los brazos extendidos y se dejó abrazar por la penumbra.

Con el transcurso del tiempo los ojos se le secaron. Apenas parpadeaba. La sensación en el pecho se había atenuado, yacía como mimetizado con aquel escenario.

Hasta que se oyó un gemido. Se estremeció. Aguantó el aliento. ¿Lo habría soñado? No, el recuerdo de su eco era demasiado vívido

Hizo un amago de formular algo con la boca pero no emitió sonido alguno. «Está cerca», pensó. Permaneció muy quieto, como el amante que finge estar dormido para evitar una conversación incómoda. «¿Será peligroso?». Al cabo de un rato, la idea sombría de que podría haber sido fruto de su imaginación, sumada a aquel abrazo oscuro, se tornó asfixiante. Lo invadía una intensa inquietud. ¿Sería esa su única oportunidad para romper con aquel silencio crudo?

 

—¿Hola? —se atrevió a preguntar.

Al poco se oyó otro gemido, casi formando una palabra. Parecía de mujer.

Cogió la vela y se puso en pie, entre aliviado y alarmado. Dudó; ¿hacia dónde dirigirse?

—¿Hay alguien? —insistió.

—Luuuz… —dijo la voz muy lentamente, como un susurro que ha perdido la dimensión musical del habla.

Parecía muy débil. Una sospecha sombría se formó en sus pensamientos: tendría que ir él en su busca. «Debo hacerlo antes de que la tiniebla me consuma», se conjuró. Se puso en marcha, con esa aflicción pesada de un padre que está en camino para identificar el cadáver del que le han dicho que es su hijo.

Apuntó con la vela en la presunta dirección del sonido y avanzó unos metros.

De pronto, el cerco de luz dejó al descubierto unos pies descalzos de piel pálida, con las uñas pintadas de rojo. Y a su lado, unos zapatos de tacón apoyados uno contra el otro. Le produjeron una sensación de abandono.

Se acercó para iluminar con cuidado el resto de la figura femenina, delgada,  envuelta en un vestido de noche. Al ver su rostro, lo asaltó el recuerdo de una risa, la risa previa a la caída de aquella copa cuyo contenido había manchado su zapato. Procuró serenarse.

La mujer yacía inerte, con los ojos y las manos entreabiertas, como si se hubiera congelado mientras esperaba que alguien fuera a colocarse en su abrazo. ¿Respiraba?

El hombre la tomó por la nuca con cuidado e iluminó el resquicio abierto de sus ojos. De pronto cobró vida entre sus brazos con otro gemido sutil, mientras abría un poco más los párpados. Su visión estaba nublada. Pasó la vela de un lado a otro, pero sus pupilas no reaccionaron.

—¿Eres tú? —preguntó ella.

Él la miró unos instantes.

—Sí, soy yo —contestó.

La mujer trató recuperar el dominio sobre sus movimientos, como despertando de un largo sueño. Se incorporó y lo miró sin verlo. Él soltó lentamente su nuca e intentó escrutar el interior de sus retinas. Después descubrió que a su lado había una vela apagada. Se estremeció. Hasta que un suspiro suave, formando una sonrisa en aquel semblante pálido, recuperó su atención. De nuevo recordó la copa al caer, seguida de una imagen de aquella mujer tapándose la boca, avergonzada al descubrir quién era el hombre sobre el que había derramado el vino con torpeza. Pero en ese recuerdo sus facciones revelaban el color del rubor, y se oía una música de fondo.

—Tengo que preguntártelo —dijo el hombre.

Encendió la otra vela valiéndose de la suya y se acomodó en el suelo. Ella permanecía expectante.

—¿Hemos muerto?

Su interlocutora mantuvo la expresión apacible.

—No, claro que no.

Él se sonrojó.

—Entonces, ¿por qué se siente tan raro cuando te toco?

Pasó el dedo por uno de sus hombros, descubierto por el vestido.

—No lo sé —contestó ella. Extendió su mano para devolverle un gesto cariñoso y tocó su torso con delicadeza—. Recuerdo esta camiseta. Te la regalé yo. Llevabas días delante de la pantalla, tecleando con el ceño fruncido. «Destello eléctrico».

Se le escapó una risilla suave, y con ella un vestigio de humanidad. Entonces él se relajó un poco. Se sorprendió a sí mismo sonriendo bajo el capricho de las neuronas espejo, al reconocer la curva de su sonrisa. Había echado de menos ese dibujo singular. ¿Pero por cuánto tiempo? Miró hacia la negrura espesa que los rodeaba.

—¿Cómo estás tan segura de que no estamos muertos?

—Por la promesa que me hiciste aquella noche, en la fiesta. La promesa que nos hiciste a todos.

El hombre se miró los zapatos.

—Pensé que estabas un poco loco —continuó—, pero todos parecían impresionados con tu discurso. Tus palabras los eclipsaron. Me sedujiste durante aquella cena de gala.

Su sonrisa varió y adoptó unos ángulos diablescos. Él agachó la cabeza en un ademán de vergüenza, pero reparó en que ella no tenía forma de percibir el gesto. La miró unos instantes y pasó las yemas de los dedos sobre sus párpados, obligándola a cerrarlos con una caricia.

—Dime, ¿qué te ha pasado en los ojos?

La expresión de la mujer cambió.

—Debo de llevar aquí mucho tiempo, esperándote.

Se quedaron en silencio. Un largo silencio. No había prisa.

 

Los dos estaban recostados sobre el suelo. Él miraba los pies descalzos de la mujer, con el esmalte perfecto. Se estaba acostumbrando a la tonalidad gris de su piel.

En algún momento indefinido, dentro de aquel escenario irracional, se escucharon unos gritos. Fue muy a lo lejos, pero ambos se sobresaltaron. El hombre se incorporó muy tenso. Aguzó el oído.

—¡Vamos!

La ayudó a levantarse. Tomaron los zapatos de tacón y emprendieron la marcha con una vela; la otra se quedó en tierra. Ella iba descalza y lenta, entorpeciendo el avance de ambos. Al cabo de un rato, él se dio cuenta de que la mujer estaba ejerciendo presión en la dirección opuesta.

—¿Qué pasa? ¿No te das cuenta de que es una oportunidad de averiguar algo más sobre este lugar?

—No seas condescendiente conmigo —dijo con cierto enfado—. Tu excepcional intelecto no nos resta capacidad crítica a los demás. —Mantuvo la expresión unos segundos y después la relajó—. No es la primera vez que los oigo.

—¿Y por qué no quieres ir?

—Ya lo hice y… no creo que sean nada más que destellos eléctricos.

Entonces el hombre recordó el impacto de la camiseta que ella había lanzado sobre su cabeza, cuando estaba ultimando los detalles del código frente al ordenador. «Destello eléctrico», le había dicho, mirando las letras. «Muy graciosa». Tras ello había vuelto a ensimismarse en sus algoritmos, observándola por el rabillo del ojo hasta que, con un aspaviento cómico, ella se marchó.

 

Pero en aquella penumbra ya no quedaba un ápice de humor.

—¿Por qué dices eso?

—Durante la conferencia dijiste que solo somos destellos eléctricos —continuó ella—. Pero estar aquí… Todo este tiempo… Me ha hecho pensar que tal vez tuvieras razón.

El hombre acarició su pelo lacio y oscuro.

—Hablaba de las neuronas; las células que guardas aquí —le dio unos golpecitos suaves en el cuero cabelludo y continuó hundiendo los dedos en su melena—. Cada pico de actividad es un destello eléctrico de distinta intensidad. —Después extendió la mano y abarcó buena parte de su cráneo—. Podríamos hacer un mapa de todas tus conexiones.

—Ya lo hiciste.

—Sí, eso creo. Pero no logro… ¿Por qué no puedo recordar más?

Ella adoptó una expresión triste.

—Yo no puedo saberlo, mi amor. —Lo miró con sus ojos nublados, como si aún capturasen algún ápice de luz—. No fui yo quien diseñó todo esto.

El hombre se colocó una mano sobre la frente y cerró los ojos, intentando concentrarse:

—¿Cómo terminó aquella historia?

Entonces hubo un cambio en la expresión sosegada de la mujer. No fue tristeza, ni tampoco miedo; solo una seriedad sórdida.

—A retazos.

 

No hacía frío ni calor. Ella estaba pálida y no había rastro de brisa sobre su cabello. De vez en cuando volvían a oírse los gritos. Él decidió retomar la búsqueda. La tomó de las manos a modo de súplica y buscó en sus ojos nublados. La mujer cedió, con reticencia, y fueron en pos de aquel alarido desesperado.

Avanzaron y avanzaron, hasta que el hombre alcanzó a percibir una variación en la intensidad luminosa, y tiempo después, una luz. Apenas una luciérnaga, como la suya. Se apresuró, tirando de la mano de su amada.

Dos figuras se materializaron a lo lejos. El hombre se detuvo y la protegió con su brazo. Después continuó avanzando hacia la imagen muy lentamente. Se fijó cuidadosamente en la luz. Arriba, abajo; derecha, izquierda. No era más que un reflejo de su vela; y aquellas sombras, el reflejo de ellos mismos. Había una pared lisa y pulida como el suelo.

Pero los gritos seguían oyéndose, ahora a pleno volumen. Un hombre se hallaba del otro lado.

—¡Eeeh! —gritó él también.

Entonces cesaron. Dio unos golpes contra el muro. Era muy sólido. Se los devolvieron desde el otro lado. Después habló la voz masculina tras la superficie reflectante:

—¿Está realmente tan disociado el sustrato físico de la mente simulada? —Parecía haberse calmado y su tono semejaba el de un publicista.

Él recordó el salón lleno de invitados con ropa elegante, alguien le había hecho esa misma pregunta al finalizar su exposición. La ignoró.

—¿Por qué gritabas?

—No sé hacer mucho más.

—¿Qué quieres decir?

—Es muy sencillo, en especial para ti: simular algunos aspectos del funcionamiento del cerebro no es sinónimo de imitar un cerebro o una mente real.

Otra frase del turno de preguntas tras su conferencia. El hombre se vio a sí mismo frente a la pantalla del ordenador. Algo se revolvió en su interior, y fruto de un orgullo técnico tuvo que replicar a aquella voz.

—Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Una vez ejecutas la simulación, es tan real como tú y como yo.

La voz estalló en un estruendo de risas. Al hombre lo invadió una vasta conmoción y se quedó callado.

La voz no tardó en volver a buscarlo, provocativa.

—Tiene gracia que digas eso. Desde luego que es tan real como tú y como yo. A estas alturas ya deberías saber que es imposible reducir la complejidad del cerebro a un proceso algorítmico.

—Estás repitiendo las mismas jodidas frases de la conferencia. —Tragó saliva—. Aunque fuéramos una simulación, ¿por qué no íbamos a ser reales?

—Debe de haber límites. Límites biológicos. El entramado de esa red neuronal ha fallado en su expresión computacional. Solo quedan fragmentos.

 

La mujer puso la mano en el hombro de su amado:

—Te lo advertí. Solo es un destello. No me cae bien. Vámonos.

El hombre contenía la respiración. Ella le apretó suavemente el hombro. La voz los interrumpió.

—Cariño, ¿eres tú?

Los dos se quedaron muy quietos.

—Te he reconocido —insistió la voz masculina.

El hombre gesticuló en demanda de silencio le tapó la boca. Después se descalzó y tiró de su mano. Ella lo seguía indecisa, con los ojos muy abiertos, como si pudiera escuchar a través de ellos.

La voz siguió inquiriendo y empezó a dar golpes en la pared, buscando la reacción de sus interlocutores. Para cuando se dio cuenta de la huida, la pareja ya estaba lejos. Volvió a entregarse a los gritos, reclamando la atención de la mujer. Con un ademán, el hombre insistió en apresurar la marcha.

Más tarde, cuando volvieron a encontrar el silencio, ella le preguntó:

—¿Y si nosotros tampoco somos más que destellos eléctricos aislados?

El hombre permanecía en silencio. Ella se abrazó a él e insistió:

—¿Y si somos personajes de un libro? Planos, que no pueden escapar a su destino, con una sensación de progreso falsa, mejor o peor simulada según la calidad del escritor.

—No sigas, por favor.

—Y tú, mi amor, eres ese escritor. Mi informático. Componiendo nuestro destino en tu lenguaje particular.

Se le heló la sangre. No pudo contener más sus pensamientos y masculló en voz alta:

—¿Qué será de nosotros?

—Trataremos de recordar —contestó ella, con media sonrisa pálida—. Siempre confié en tu talento como escritor, aunque pocos sean capaces de leer tu obra. Tan refinada, tan críptica. —Pasó la mano por el cabello del hombre—. Eso haremos: trataremos de recordar.

El hombre la tomó por la barbilla. El tacto continuaba siendo extraño. La miró y se estrelló contra la superficie de sus ojos nublados. «No, no podremos», pensó. «Solo somos este pedazo de código». Sin embargo, dijo:

—Claro que sí, mi amor. Trataremos de recordar.

Ella suspiró con alivio. A continuación, él la cogió de la mano.

—Vamos, pongámonos en marcha.

Emprendieron el camino juntos. Él apagó su vela de un soplido y la lanzó como alimento a la oscuridad.

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