La Asistenta

La Asistenta

“lo que está adentro está afuera”

Será la diosa fortuna quien ha dispuesto que en estos momentos de mi vida yo no sufra un problema de los gordos. Me refiero a uno de esos que te arrastra hasta un pozo negro de alquitrán muy hondo, plegada ante la enfermedad incurable, la pérdida de un hijo u obligada a pedir limosna a un extraño.

            Alguno de esos problemas que, junto con la ineptitud del sistema para estar cuando verdaderamente es necesario, lo hace insalvable. Quien lo sobrelleva, sabe de lo que hablo.

            Sin embargo, cruzo los dedos. En estos momentos la ruleta rusa no está cargada para mí.            

Mis problemas, como la de la mayoría de los humanos suertudos, son más bien comunes y se encuadrarían en los típicos quebraderos de cabeza provocados por una hija adolescente precoz, un desamor —para variar—, esta grasa abdominal empecinada en convertir mi cintura en una criatura alienígena, un jefe al que es necesario pelotear tres veces a la semana para que te deje tranquila, y una familia del estilo cada día más actual: cada uno a lo suyo.

Es el día a día de una madre soltera rozando los cincuenta con un trabajo bastante, bastante estable. Problemillas comparados con los arriba mencionados y que, sin embargo, un día tras otro tienen un gran poder.

            Un problema pequeñito, pulsante, diario, cabezota, te puede empujar poco a poco a ese mismo pozo hondo de alquitrán al que saltas cuando tienes uno de los gordos. Y ese pozo es tan inhóspito, gélido y terrible, saltes desde arriba o entres desde una gruta con vistas al mar. Desde luego, si el infortunio decide ser tu novio es más complicado, pero si el problema que te perturba es de esos más pequeños, puedes poner remedio antes de que cruces el umbral donde si miras atrás todo se convierte en sal o en algo mucho peor.

            La protagonista de “La Asistenta” de Netflix, madre soltera de una niña de dos años, acosada por abusos desde que nació y pobre de solemnidad, me lo ha recordado.

            No hace tanto, mi hija también tenía dos años, yo me había separado y estaba tan flaca que mi cuerpo y cabeza parecían un chupachup. Y de verdad, mi rostro tenía la amargura de una vieja mal vivida de ochenta años. Pero este escrito no habla de mí. Todo eso ha quedado atrás y, curiosamente, el truco de la Asistenta también es el mismo que utilicé yo para salir adelante. Entonces supe que “lo que está afuera está adentro”, y lo supe desde el instinto de supervivencia más intestinal.

            Aunque no de una manera tan digna, creo que apliqué la misma confianza en “lo limpio” que esta joven nos relata en la serie más tierna que he visto en mucho tiempo.

            Lejía con detergente, Volvone, limpialotodo Las Tres Brujas, estropajo, el rollo grande de Mercadona… los ingredientes de la misma receta mágica que Alex (Alexandra) nos propone para quitar la mugre de lo feo y que reluzca afuera, igual que deseas que reluzca adentro. Que al acariciar el mármol de la pila del baño sea como un estómago, redondo y pulido, donde no anida dolor alguno.

            Las casas se ensucian porque en nuestro universo impera la entropía, la tendencia al desastre. Los humanos, creyentes de sí mismos, deseamos unos hijos que no den la lata, una pareja amorosa y un trabajo que nos apasione. Mucho deseo para tanta realidad.

            Una realidad como la de ella: única responsable de una bebé con una bronquitis crónica, un compañero de viaje torturado que lanza, tópico tras tópico, todas las argucias para que acabe en ese pozo negro, de visual infranqueable, sola e incapaz. Su único apoyo es un madre que necesita de otra madre a su vez. Una abuela-hija. Una mujer entrada en canas con un trastorno bipolar sin tratamiento.

            Embargo y amor de desguace. Porque Alex, sin dinero, tampoco cree merecerse un afecto bonito. Para ella, hasta ahora, todo cariño conlleva una contraprestación sexual. Y esa es su primera buena decisión: a partir del capítulo tres, no se cuelga de ningún hombre. Ser independiente es su elección y el trabajo de limpiar casas el blanqueo de su mala fortuna.

            Rascar la mugre, encalar las juntas de los azulejos, apretar contra el cristal con tal fuerza hasta que se respira a través del vidrio.  Cada uno de sus pasos deja un halo reluciente, ordenado a lo visible, aromatizado a lo intangible. No importa si se trata de una casa de revista con playa particular o un adosado de malolientes alfombras, de asquerosas cortinas. Es fácil imaginar los fluidos corporales de todo tipo, restos de comida y cervezas que se han vertido una y otra vez en esos suelos y esas paredes. Ella repasa con la misma tenacidad la barandilla de una escalera mohosa que la encimera de cristal de una cocina de lujo.

            Es su concentración, su mirada en un punto imperturbable como una meditación guiada por el propio Buda la que te sugiere que, gracias a limpiar y limpiar, su frente se despeja, su corazón se entibia. Y una vez dispone de estos dos órganos niquelados, toma las decisiones que, traspiés tras acierto, arrastran las telarañas pegadas a su vida, y sale adelante. Hay tanto de honesto y noble en cada uno de sus trazos.

            Sugiere, en cambio, que quien tiene una capa de ácaros en sus objetos más preciados también guarece su corazón entre capas de sedimentos, por más puro que este sea.

            Además, no es lo mismo limpiar tu casa a que pagues para que lo haga otro. Como exorcizar tus demonios, superar tus traumas, crecer como persona, no es algo que puedas subarrendar. Y aunque los efectos de la limpieza mejoran la vida de sus empleadoras, Alex aspira a ese lavado profundo capaz de darle la vuelta a su vida como un calcetín bien plegado. De hecho, la protagonista hace que la acción de limpiar sea noble. Si bien lo miras, todos guardamos secretos bajo llave o alguna telaraña en el bolsillo.

            Llámame loca, pero este TOC adquirido me ha salvado muchas veces de un día perdido en el sofá debajo de cuatro mantas… Me refiero a una de esas mañanas que te levantas descargada porque los problemillas han estado consumiendo batería por la noche. Yo tengo mi técnica: arrastrarme fuera de la cama, tomar un buen café largo, y enumerar en una libreta todas las cosas que puedo limpiar en un día, sea ordenar el armario de invierno, clasificar los juguetes para dar, regalar o tirar, o planchar las camisas.

            Termina la jornada, miro a mi alrededor y yo misma compruebo que las tareas están hechas con diligencia, como si fuera mi propia empleadora y asiento satisfecha.  La satisfacción externa ha aquietado mis pequeños demonios, me alumbra en las sombras. Y contenta compruebo que lo que está afuera está adentro y lo que es arriba es abajo.

Esa noche, duermo con sueño.

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