LA PARADOJA DEL NIÑO BIOMECÁNICO.

LA PARADOJA DEL NIÑO BIOMECÁNICO.

Eva G. Guerrero

Manuela era anciana pero parecía más joven cuando sonreía. Había olvidado quién era el niño que la visitaba cada día en el hospital y aun con todo su corazón se henchía de emoción al ver al pequeño traspasar la puerta. El niño nada sabía de la anciana, excepto su nombre escrito en la placa de la puerta, y tampoco había escuchado nunca su voz. Simplemente una tarde, hacía tiempo, había acudido a visitarla junto al doctor ingeniero Yácer y desde entonces sentía la necesidad insalvable de regresar a diario. Una mañana de invierno en la que la nieve le cubría las rodillas el niño logró subir a la planta cuarta sin cruzarse con nadie ni dar explicaciones sobre adónde iba un muchacho a solas por los pasillos de oncología. Esa vez, al cruzar el dintel, le sorprendió instalado en los ojos de Manuela un atisbo de realidad, un halo turbio y fatalista que vino acompañado de las últimas palabras de la anciana: «Pablete, hijo mío, los niños no deberíais lidiar con la muerte»

Pablete siempre fue un niño proclive a los accidentes. Estiraba el torso sobre el pretil del balcón para alcanzar el dron enganchado entre los hilos de tender cuando se precipitó al vacío. No murió, pero parte de su pasado se hundió en un cráter muy profundo de su cerebro a causa de la amnesia postraumática. ¿Significa esto que en cierta medida sí que murió? En ningún momento dejó de respirar. Su corazón es posible que se saltase algunos latidos consecutivos. No cerró los ojos durante el trepidante descenso, ni siquiera cuando rebotó contra el aluminio del techo de un auto volador, y los abrió al poco de estrellarse sobre el seto que rodeaba los columpios en el parque. Se había estampado de espaldas y eso le ofrecía la oportunidad de mirar hacia arriba para medir la distancia, contar pisos, y pensar: «¡Guau Pablete!» Tenía nueve años, con esta edad todo resulta asombroso, incluso el trompazo superlativo de uno mismo después de lanzarse en picado a la velocidad del rayo. Todo indicaba que no había muerto, aunque le desconcertó recordar que en las películas las personas morían con los ojos abiertos fijos en un punto. Ojos sin una mente detrás, como la mirada de zombi en los personajes de las viejas pelis de animación digital. ¿Vendría algún alma caritativa a cerrarle los párpados? Comenzó a dudar en aquel mismo instante si verdaderamente vivía, y esa duda se instaló en su piel como un chinche o una garrapata.

Se aferró al dolor como una pista fiable de continuar con vida. Después del asombro cruzó la meta el dolor un segundo por detrás. Una sensación imposible de sobrevivir en la memoria, porque si se lograra retener en ella, cualquiera moriría del susto al revivirla, esta vez de verdad. Al no perder el conocimiento se figuró que todo ocurrió en el terreno del limbo. En el limbo se siente como si estuvieses sumergido en el agua y oyeses desde el fondo los sonidos deformados y guturales en la superficie de las voces de los que vienen a salvarte.  El tipo del servicio de emergencias no le cerró los párpados. El niño lo consideró un alivio. «Dios, estás aquí!» afirmó el sanitario convencido. Aunque hizo lo posible por ampliar el campo visual moviendo las pupilas hacia los extremos, Pablete no logró ver a Dios por ninguna parte. Su incomparecencia en el escenario de la muerte supuso una ligera pista a favor de la vida. No obstante, enseguida le vino a la cabeza su madre. Ella era físico teórico y atea, por ese orden. Creía en las partículas primigenias pero no en Dios. Consideraba muy lista su madre. ¿Por qué iba a dar más crédito a las visiones de un auxiliar sanitario? Arrodillado junto a él, el enfermero comentaba cada uno de sus movimientos, por infundirle confianza: «¡Voy a inmovilizar tu cuerpo y tu cabeza, después con mucho cuidado te trasladaremos a la camilla y de ahí al furgón flotante».  No entendía lo necesario de inmovilizar cualquier parte de su cuerpo. Ni con toda la fuerza de Súper Megatrón hubiese podido mover un solo músculo.

Afirmar que no murió podría ser mentira. A veces la realidad es un tema peliagudo de comprender para una criatura que se debate entre dos mundos.

Acaso, dentro de mil años a los niños les injerten alas de palomo transgénicas tamaño XL para prevenir accidentes tontos como el suyo. Ningún niño debería morir por rescatar un ridículo dron fabricado en China enredado entre los camisones y las bragas de su tía. Todo el mundo sabe que la seguridad y calidad de los juguetes orientales nunca están garantizadas. Como también sabe todo el mundo que las tías y las abuelas siguen tendiendo la ropa al aire por ahorrar unos euros en el recibo de la luz, y que compran los regalos de cumpleaños en los bazares chinos porque los niños no son su responsabilidad. Esa palabreja recae en los hombros y las carteras de sus papás. Tampoco los niños que sobreviven a los tontos accidentes tendrían que dejar de ser ellos mismos y convertirse en otras personas porque a su mamá le acogoten dos palabrejas de adultos: responsabilidad y culpa.

Fue responsabilidad de su madre permitir que un ingeniero biomédico reputado en el mundo entero creyese que podría hacer arte con mi cuerpo. Es lo que ocurre con las madres: siempre quieren lo mejor para sus hijos. A los niños no se les permite decidir, los sacan de la ecuación como a cualquier x molesta. Su médico pasó a ser ingeniero y su cuerpo pasó a convertirse en material susceptible de experimentar con él y moldearse.

A las operaciones de supervivencia, véase: extirparle el bazo, amputarle las dos piernas y el brazo izquierdo, coser los múltiples cortes para evitar el desangrado, aliviar el enema del cerebro y reconstruirlo en parte, eliminar líquido y esquirlas de hueso de la médula espinal, le siguió la compostura de su maltrecho cuerpo. Los más puristas podrían interpretar este momento como el comienzo del fin del antiguo yo de Pablete. Como diría el doctor ingeniero Yácer: «No nos dediquemos a valorar hipótesis y centrémonos en levantarte»

Seis prótesis biónicas después, un cuarto de cerebro simbiótico restaurado con neuronas artificiales, regeneración parcial del hígado y de la retina del ojo derecho, injertos de piel cultivada, implante de pelo y la reparación de unas decenas de nervios destruidos, al fin el chico logró levantarse de la cama. Había cumplido diez años.

Un niño biomecánico. Un preadolescente irreconocible que en nada se le parecía, que ya no era él. Decidió que Pablete había muerto por estúpido. Por extenderse como un viejo acordeón de museo a decenas de metros del suelo, por creerse un funambulista del circo espacial, un súper héroe volador e inmortal.

¡Eh! Inmortal sí, pero no volador.

Debía cambiarme el nombre, puesto que Pablete falleció en el seto del parque de los bebés. Se lo tenía merecido por pequeñajo y descerebrado. Percibió la muerte entonces como un nacimiento. Su nuevo yo se llamaría Pip, como sugirió el doctor Yácer.

La cuestión residía en lo siguiente: Un sesenta y siete por ciento, a modo de ver de Pablete, era suficiente para admitir que más de la mitad de él era otro. Obligó entonces a su madre a cambiarle el nombre en el Registro Civil, sin embargo antes de transigir, ella se empecinó durante meses en continuar llamándole Pablete, para más tarde ascenderle a Pablo, como si estrellarse contra el suelo le convirtiese en alguien más maduro, un adulto encerrado en el extraño e infantil cuerpo de un ciborg. La verdad es que la larga temporada de parálisis sirvió para conducirle al palacio de la sabiduría, o al menos, le ayudó a subir los escalones del porche porticado. Le poseyó un ansia desesperada por averiguar quién era, quién fue y quién sería si ajustes de última hora incrementaban todavía más el porcentaje de Pip a expensas de Pablete, como de hecho ocurriría en el futuro. Era consciente de que el ingeniero doctor Yácer le había alejado millones de años luz de sí mismo y se hacía imprescindible entender el significado de todo aquello. Se adentró en lecturas filosóficas comenzando por los antiguos griegos: Aristóteles y Heráclito. Puso mucho interés en John Locke y sus calcetines agujereados a los que se les añadían cada vez más parches. Se sentía como el viejo calcetín de  Locke y al mismo tiempo me sentía un calcetín tecnológicamente mejorado, de fibra elástica con suturas invisibles. Gracias a sus nuevas y sofisticadas neuronas exploró las posibilidades de ser una entidad cuántica. Todo ello buscando respuestas a si continuaba siendo él mismo, el de ahora, o aquel otro que hubo en su lugar antes del accidente.

Al levantarse del lecho un año después descubrió que la filosofía no nutría al cuerpo sino a  la mente y que ahora disponía de un andamiaje facturado a medida mucho más allá de las posibilidades físicas de Pablete. Pip era metahumano. Las prótesis de piernas y brazo se revestían de piel electrónica extra sensible. Nadie distinguía a simple vista su originalidad. Esta circunstancia le permitió integrarse de nuevo en la vida diaria con aparente normalidad, pero también nadar tan rápido como el pez vela y convertirse en el campeón del equipo, o sacar dieces a capazos. Con doce años continuaba midiendo 130 centímetros, pero Pip, recordad su nuevo nombre, era más rápido, más inteligente, más fuerte con la mano izquierda, y más resistente. Todo eran ventajas… casi todo. Los chicos comenzaron a insultarle, por mucho que hubiese mejorado no dejaba de ser un bicho raro. A Dani, el empollón resentido de la clase se le ocurrió un mal día llamarme ajolote, y este pasó a ser su mote, un monstruo acuático pequeñajo que puede regenerar sus patas, la cola, partes de su cerebro e incluso su corazón. Lo triste es que el corazón era el único de sus órganos sin modificaciones y se resentía como una vieja válvula sometida a demasiada presión. Se hallaba en el centro de un círculo cerrado, él solo, rodeado de alambradas electrificadas. Daba igual lo rápido que nadase, cuantos sobresalientes sacara, que supiese de memoria la plantilla de todos los equipos de futbol de las ligas europeas y americanas, además de datos tan extraordinarios como las distancias en millones de años luz entre planetas o veinticuatro algoritmos computacionales. Nadie se atrevía a traspasar el círculo electrificado. Se convirtió en Pip el ajolote.

Su madre tomó la decisión de continuar con su educación en casa. Por entonces se debatía entre dedicarse a la física o a la ingeniería así que no hubo problema al contar con ella como tutora. Pip no se lo reprochaba. Las palabrejas adultas pesaban demasiado, se acumulaban y amontonaban asfixiándolos a ambos en una tristeza parecida a la  amargura. Hay quien lo atribuiría a una respuesta psicosomática, lo cierto es que de la noche a la mañana otra porción importante del cerebro de Pip falló. Llamadlo derrame, aneurisma o cortocircuito. El niño hubo de regresar a los quirófanos y a los talleres del doctor ingeniero Yácer, que con gran maestría aumentó el sesenta y tres por ciento de Pip hasta un setenta y ocho por ciento. Tiempos difíciles, en los cuales, la única presencia constante en su hogar fue la del ingeniero, aumentadas sus funciones a las de maestro de ciencias y pareja de hecho de su madre.

A pesar de los muchos cambios sufridos, a Pip continuaba torturándole la chinche garrapata. Le mordía detrás de las orejas con la posibilidad de haber errado con sus cálculos y estimaciones. Haberse deshecho de su antiguo nombre demasiado pronto. Quizá el escaso veintidós por ciento, menos de un cuarto de uno mismo seguiría poseyendo relevancia científica en el yo.

A todos aquellos a quienes formulaba la pregunta sobre porcentajes de Pablete y Pip les daba por ponerse metafóricos: «Tú eres el equipo de fútbol de mi corazón aunque hayan sustituido veinte veces a sus jugadores y el entrenador no dure más de dos temporadas en el banquillo, o eres cómo ese juego de preguntas, el Trivial, aunque incorporen una batería nueva de preguntas, el juego continúa siendo el mismo.»

Lo cierto es que Pablete y también Pip siempre fueron niños proclives a los accidentes. Un día mientras Pip caminaba todavía renqueante por la acera, un auto volador dejó de serlo, y precipitándose desde el cielo a su encuentro le partió en dos la cabeza. Regresó su maltratado cuerpo de nuevo al laboratorio del doctor ingeniero Yácer, quién no tuvo más remedio que sustituirle el noventa por ciento del cerebro por uno biónico de última generación. Cuando el niño despertó de la anestesia no recordaba su nombre, y el pasado parecía haberse hundido en una laguna negra.

—Hola pequeño, soy el doctor ingeniero Yácer —le dijo un señor gordito cuyos vivos ojos parecían rayas saltarinas.

—¿Y quién soy yo? —le preguntó él.

—Ahora eres POP: Prototipo dOs Personalizado.

—¿Dos?

—Sí, antes fuiste PIP: Prototipo I Personalizado.

Manuela era anciana pero parecía más joven cuando sonreía. Había olvidado quién era el niño que la visitaba cada día en el hospital, aun con todo su corazón se henchía de emoción al ver al pequeño traspasar la puerta. Pop nada sabía de la anciana, excepto su nombre escrito en la placa de la puerta, y tampoco había escuchado nunca su voz. Simplemente una tarde, hacía tiempo, había acudido junto al doctor ingeniero Yácer a visitarla y desde entonces sentía la necesidad insalvable de regresar allí a diario. Una mañana de invierno en el que la nieve le cubría las rodillas el niño logró subir a la planta cuarta sin cruzarse con nadie ni dar explicaciones sobre adónde iba solo un muchacho por los pasillos de oncología. Esa vez, al cruzar el dintel, le sorprendió instalado en los ojos de Manuela un atisbo de realidad, un halo turbio y fatalista que vino acompañado de las últimas palabras de la anciana: «Pablete, hijo mío, los niños no deberíais lidiar con la muerte»

La memoria son partículas primordiales delirantes que transitan por el tiempo a la velocidad del parpadeo, pensó aquel niño eterno, y un dolor extremo y liberador lo dinamitó por dentro. Manuela, su madre, le había regalado una simple y maravillosa revelación: uno siempre es aquel a quien alguien ama.

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