EL INVASOR por Ana Lozano

EL INVASOR por Ana Lozano

Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas. Un día, de súbito, llamó a mi puerta, se instaló en mi vida y desde entonces se ha querido hacer íntimo, me acompaña cada día. Es una relación unívoca, yo no lo acepto, aunque sé que estoy condenada a vivir con él. Me tiene acobardada, atemorizada, invade mi espacio e invalida mi autonomía.
Sé que llama a otras muchas puertas y que se instala a la fuerza. Es un invasor que arrasa con todo y al que no le importa a quién avasalle, ni el género, ni la edad, ni la condición de su víctima. Todas le son apetecibles por igual, aunque en unas se ceba más que en otras. Se dice que su avaricia ha llegado a tal extremo que incluso no duda en matar con tal de conseguir su objetivo y adueñarse por completo del cuerpo deseado.
En ocasiones logro aplacarlo. Durante el día es más tímido y se oculta más, aun-que yo noto su velada presencia. Me hace disimular ante la gente. Su compañía resulta tan horrible que todos lo evitan.
Cuando se muestra en demasía, consigue que los demás te hagan un círculo, te aparten y te dejen a solas con él. Ellos de cerca te ofrecen su conmiseración, pero de lejos se permiten comentar tu desdicha y en su foro interno ruegan que nunca les visite.
Por la noche me obliga a acostarme con él, me amarra fuertemente y un agitado sueño nos mantiene íntimamente abrazados.
Sólo logro aplacarlo si sistemáticamente le doy una dosis, hasta ahora medida, de sus drogas habituales. Entonces cae en un ligero sopor, por un tiempo se adormece y por unas horas puedo hacer mi vida. Es un viejo caprichoso y renqueante del que siempre hay que estar pendiente para que no empeore y recaiga.

Es tal la dependencia que no me deja subir ni bajar las escaleras, ni dar mis largos paseos, ni bailar. Casi siempre me atenaza y me impide moverme con soltura.
Lo malo es que no logro echarlo, se encuentra tan a gusto que no creo que nunca me abandone.
He recurrido a hechiceros y magos de la medicina para que hagan sus exorcismos. Sé que, a veces, en casos difíciles, obtienen resultados extraordinarios y el enfermo asombrado ve como en pocos días o meses el dolor los abandona e inmediatamente mejoran.
En otros, como el mío, el esfuerzo ha sido nulo. Su causa es de origen descono-cido. Se ha hecho crónico, recurrente. Me ha tomado querencia, se ha instalado en mi casa como un huésped molesto, en mi cuerpo como un parásito feliz a mi costa. Cada día me levanto con la esperanza de que se haya ido. En cuanto pongo los pies en el suelo, acude sin llamarlo y me dice bajito, para que solo pueda oírlo yo, que no me haga ilusio-nes, que piensa acompañarme de por vida.

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