EL GATO QUE PARPADEABA COMO UN BÚHO. por Eva G. Guerrero

EL GATO QUE PARPADEABA COMO UN BÚHO. por Eva G. Guerrero

EL GATO QUE PARPADEABA COMO UN BÚHO
Eva G. Guerrero

A pesar de lo que implicó la revolución bolchevique las clases no se abolieron, al menos en el tren. No existen compartimentos que separen las literas ni tampoco privacidad. Cuando despiertas, las caras desconocidas del día anterior ya no lo son tanto. En el transiberiano, un micro mundo de etnias se desplaza lento serpenteando un país inmenso hacia su destino oriental. Una española de veinticuatro años pasa por ser un rostro más entre tantos.
Temblando, y no se lo reprochaba al frío siberiano, anduve de puntillas por el pasillo del vagón de platzkart, la tercera clase. Adrik dormía junto al ucraniano de dientes de oro y a unos metros la ruda provodnistsa roncaba apoltronada en el incómodo asiento junto al samovar. Agachada junto a mi litera me dispuse a abrir la cremallera de la bolsa de viaje y al hacerlo el sonido agrietó el techo metálico. Me detuve un segundo con el corazón y los ojos en guardia. En el interior del petate, Búho parpadeó como los búhos al verme. Quieto minino, susurré, solo necesito probar a tu compañera de cuarto. Tomé por el cuello la botella de vodka que descansaba a su lado y bebí a morro tres, cuatro tragos. Con una comprensión perturbadora, la cabeza atigrada asintió en la penumbra.
Mi propósito era apearme en la siguiente estación sin que Adrik lo advirtiera, pero cometí el error de fiarme de un gato que nunca maullaba y además parpadeaba como un búho. Como una flecha negra, salió disparado de su escondrijo. Para ser un gato mudo consiguió generar bastante ruido. Tazas y enseres volaron por los aires a su paso. Con estupor vi a Adrik incorporar su sólida corpulencia soviética al son de un silbato imaginario y sus ojos rasgados me examinaron confusos. Debía calibrar rápido una nueva estrategia y opté por la de la distracción. Sumé mi voz al barullo propiciado por Búho tarareando a pulmón la melodía de la canción rusa que algunos cantaran la noche anterior. Cuarenta y ocho pasajeros en el vagón despertaron al instante malhumorados. Las primeras nieves rayaban de tiza las ventanillas mientras el tren aminoraba la marcha con objeto de hacer entrada en la estación de Tayshet, parada anterior a mi destino: Irkutsk, la ciudad más cercana al lago Baikal.
Había llegado el momento de separarnos.
La provodnista se desplegó por el pasillo como un ejército al ataque. Voló hacia mi posición convertida en un Sputnik atronador. El tren chirrió, carraspeante, al aproximarse a la estación. A Búho y a mí nos desalojó aquella siberiana de acero, ¡P’yanyy! ¡p’yanyy! bramaba, en tanto ponía en práctica su amplio repertorio de tortas y puntapiés.
No soy ninguna borracha, pero lamenté perder la botella de vodka.
Busqué a Adrik desde el andén al tiempo que sentía mi cuerpo cristalizar de frío, lo busqué tras los cristales empañados, en los escalones de acceso a cada vagón. No se había movido de su litera. No me había perseguido. Cuando mis ojos y sus ojos de agente de la inteligencia rusa se encontraron, me aturdió un hallazgo inesperado: tristeza.
La nieve emborronó el fin del mundo.

 

Es un dolor extraño. Morir de nostalgia por algo que no vivirás jamás.
Había subrayado estas dos frases casi al final de la novela, además de tres palabras repetidas veces a lo largo del texto: lago, Bajkal, tren. De esa novela cuyo autor asegura que no es tal sino una historia, no una historia de amor… algo más que eso. «Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento.»
No me lo regaló. Yo adoraba el libro de Baricco y al perderlo hallé una ofuscación, un apasionamiento que se esparciría más allá del horizonte hasta las estrellas.
—Elena Duarte ¿Es ese tu nombre verdad?
—Sí. ¿Dónde lo encontraste? Significa mucho para mí.
—Seda es una novela conmovedora. A veces, aunque regreses, los viajes son de ida y no de vuelta. La olvidaste en un banco de la glorieta.
—Pareces un forastero trotamundos ¿Puedo invitarte a un café para agradecerte la recuperación de mi libro favorito?

 

Gabriel Birne tenía 31 años.
Exportaba flores.
Flores y libros.
—La mayoría de los pétalos de las flores tienen una simetría perfecta, similar a otras en la naturaleza, como el caparazón de un caracol o una galaxia. Observa esta, la peonia es la reina de las flores, considerada símbolo de suerte y felicidad. Puede vivir hasta doscientos años.
—¿Y por qué los libros? Acumulas cajas repletas de libros en tu apartamento listas para enviar ¿A dónde?
—Los libros no durarán tanto como esta peonia. La tecnología terminará por suplantarlos. Voy a construir una biblioteca en mi pueblo.
—¿Tan pequeño es tu pueblo que no hay biblioteca?
Cuando le preguntaba de dónde venía se esforzaba en sonreír como un día pugnaba por resplandecer falto del brillo del sol. Callaba sobre sus orígenes y su familia. Callaba sobre su infancia y sus amigos. Viajaba mucho en busca de udumbaras, corazones sangrantes o esas flores azules de Colorado. Hablábamos lo justo cuando regresaba. Nunca disponíamos de demasiado tiempo. El tiempo solo discurre cuando se ama, el resto se pierde en la nada negra inexistente entre los planetas, decía. Hacíamos el amor y dejábamos fluir el tiempo. A veces imitábamos el arte shunga japonés y nos poníamos eróticos, otras ardientes como culebrones mexicanos, en ocasiones parecíamos una pareja de inuit abrazándose muy fuerte para sobrevivir al frío del exterior. Pero él siempre terminaba marchándose. «Hay demanda de hortensias púrpura, de azucenas y camelias»
Tardaba meses en volver. Yo pensaba que moriría si no regresaba, como en el libro. Pero nadie muere de amor ¿verdad?

 

Descubrí que mi compañero de vagón era un espía gracias a Búho. Nada hubiese ocurrido aquel día entre Tomsk y Tayshet de no ser por el gato de Gabriel.
Adrik ocupó la litera de enfrente desde la primera noche. Era caucásico menos en los ojos tártaros. Me alegré cuando me dirigió amablemente la palabra con su acento eslavo: «Soy Adrik, oscuridad en ruso».
Un nombre muy apropiado.

 

Gabriel no me llamaba desde Holanda ni desde Antigua, donde trasplantaba orquídeas salvajes, tampoco desde los picos nevados de Suiza en temporada de estrellas de plata, edelweiss recolectados con mimo a hurtadillas de las autoridades. Ni Skype, ni correos electrónicos, ni WhatsApp. «Elena, no debes temer nada. Allá donde voy el tiempo fluctúa en una cadencia en la que tú no vives y no deja a su paso nada que contar». La aséptica realidad yo la atribuía a que mi amante intermitente era un neoludita pacífico: alguien contrario al desarrollo tecnológico. Por esa razón después de cenar me leía en voz alta Grandes Esperanzas, Crimen y Castigo, El Gran Gatsby…
Su apartamento se componía de madera y papel; muebles y libros. Nunca me invitó al cine. Sus únicas posesiones: un gato de pelaje atigrado con ojos que se abrían y cerraban despacio como los de un búho, y una especie de armónica reluciente que sonaba como una orquesta de trinos y gorjeos.
Ofuscación. Esa es mi excusa.
Decidí vivir la vida atemporal al margen de él como si no nos hubiésemos conocido. En esos impases ejercía el derecho como becaria de un bufete. Ayudaba a defender causas contra las cláusulas suelo, las preferentes, los desahucios. Casos que aligerasen mi espíritu. Su ausencia me pesaba demasiado. Salía con amigos cuando me echaban de menos. De tanto en tanto me permitía ver una película como un pecado inconfeso, pero sobre todo leía. Me aficioné a leer y a llenar jarrones de flores frescas cada mañana.
El día marcado en el calendario no regresó y se amontonaron todas las ausencias sobre la palabra abandono. Durante un par de semanas investigué acerca de su paradero sin resultados. Gabriel Birne ignoraba internet y la red hacía caso omiso de su nombre. En pleno siglo XXI causaba desesperación no localizarle. Se había convertido en el Herbé Joncour de nuestra historia, como si estuviese en el mismo fin del mundo invisible y no encontrase contrabandistas holandeses que lo trajesen de vuelta.
En la calle de las Comparsas nº 13, donde se ubicaba su apartamento, nadie lo había visto en meses, casi nadie lo había visto nunca en realidad.
—Debéis desalojar el piso. Necesito alquilarlo si el forastero no ha de ocuparlo más. Es un Diógenes ese joven. Venga cajas y trastos. Un aspenger diría yo, como el de la serie.
—Si me da la llave retiraré sus cosas. Ya le he dicho que somos pareja.
—Entonces sabrás que pagó un año por adelantado. Venció hace tres semanas.
No me llamaba cuando viajaba. Callaba sus memorias. Jamás me invitó al cine ni tampoco me ofreció las llaves de su apartamento.
Ofuscación.
Quedaban los muebles. Las cajas repletas de las grandes novelas de todos los tiempos, las que leía en los trenes, las que compraba en librerías de viejo, todas ellas habían desaparecido. Las semillas que atesoraba: del árbol del amor, de guachipilín, del cerezo japonés. Su ropa, la armónica, el gato, las velas…Todo ello había desaparecido.
—¿Buscas al tipo que se ha esfumado?
Me asustó, pero no era más que una chica de unos dieciocho años con gafas de empollona.
—¿Esfumado?
—Vinieron en su busca. Dos tipos cuadrados de aspecto eslavo. Pretendían pasar por operarios de mudanzas, pero entraron con sigilo en el piso y cargaron una furgoneta negra con las cajas de Gabi. Llevaban guantes ¿Mozos de mudanzas con guantes? ¿Furgoneta negra en vez de un camión?
—¿Gabi? —de todo aquel discurso cuajado de amenazas me hirió una sola palabra: «Gabi»
—Gabriel. ¿No le has dicho al casero que eres su novia? La noche antes llamó a mi puerta. Vivo aquí al lado. A Gabi le gusta aparentar que es un cofre cerrado aunque conmigo tenía confianza.
—¿Confianza? —Otra palabra que convertía el bien en mal si salía de la boca de aquella muchacha.
—Olvidó su gato y me pidió que cuando vinieses te devolviese este libro. Sospecho que es un agente secreto. Ha tenido que desaparecer. Ya sabes.
—No estamos en la Guerra Fría.
Alargué la mano. Seda. De todo el texto, solo había subrayado aquellas dos frases y tres palabras. Cuando llegué al lugar en el que había aparcado el coche, el gato custodiaba la puerta del conductor. Me miraba con esos ojos grandes y extraños que parpadeaban cada dos segundos. Abrí la puerta y se coló en el asiento trasero.

 

Adrik me preparaba noodles con el agua caliente del samovar. Bebía mucho té. Su compañía y una taza caliente entre las manos obraron el milagro de tranquilizarme. ¡Vagaba sola sobre la columna vertebral de Siberia! El verde se aclaraba conforme nos alejábamos de los Urales.
—¿Qué haces viajando sola por la madre Rusia? —Las erres me hacían cosquillas y él añadía vodka a mi té.
—Persigo a alguien que huyó al fin del mundo donde todo es invisible.
—¿Te refieres al final de trayecto, a Ulán-Udé? Yo viajo allí, podría ayudarte a encontrarlo.
—Me basto sola, tártaro.
Se divisaban, diseminados, de mucho en mucho, pequeños poblados con casas viejas de madera delimitadas por vallas y algún coche antiguo hundido en el fango de un lugar inaccesible. En la estación de Perm decidimos permanecer calientes en nuestras literas. Animaban los andenes improvisados mercadillos ambulantes donde las babushkas intentaban ganar unos pocos rublos vendiendo sus productos caseros.
—En cada estación he visto a un hombre de aspecto profesional, con rasgos anodinos, plantado como un mástil observando el tren. ¿No te parece extraño?
—Lo que has visto son muchas películas sobre la guerra fría.
Los ojos orientales de Adrik se achinaron aún más hasta convertirse en ranuras negras.

 

Hay palabras que activan resortes en nuestra alma, encienden todas las luces mientras los mecanismos arrancan, como las viejas locomotoras, despacio, envueltas en una fanfarria de sonidos chirriantes y humo negro.
Desaparecido es una de ellas.
Me quedaba de él un libro subrayado, un gato con ojos de búho, una foto en el móvil que le tomé a escondidas, más una enorme y desbordante ofuscación.
Las semanas siguientes se agolpan turbias y desvaídas en mi memoria. Colapsé. No morí, pero sentí de verdad que el tiempo desaceleraba, se frenaba el reloj, la luz menguaba, el aire dejaba de soplar y las horas ya no significaban nada. Al principio, los que me quieren se preocuparon por mí, pero las llamadas se fueron espaciando hasta que todo se detuvo. Viví del pasado, de vivencias que tardan en digerirse mientras ocurren, que al tiempo, el filtro de nuestra memoria las torna pasionales y delirantes, como un paisaje de Turner.
Me alimentaba de sensaciones y alguien así solo puede moverse por impulsos. El veinticincoavo día de abandono, que no de ausencia, preparé la mochila, saqué los ahorros del banco, el visado y renové mi pasaporte. Búho me seguía a todas partes, permitía que lo acariciase en contadas ocasiones y jamás maullaba. Compré un trasportín para el gato y planifiqué un vuelo hasta Moscú que conectara con el transiberiano.

 

¿Qué estaba sucediendo? Creí que ya no quedaba nada de aquella Rusia de espías encubiertos. La imagen de Gabriel en el móvil de Adrik.
Búho era un gato desconcertante. Todos lo son, salvo que aquel gato actuaba con un propósito humano. Lo ocultaba en el tren en una bolsa de viaje con rejilla en los costados y de vez en cuando le procuraba un pequeño trozo de carne o un vasito de agua. En la distancia parece absurdo, sin embargo, a esas alturas yo ya intuía que Búho no era un gato común. Con anterioridad se escapó dos veces. La primera vez lo descubrí deslizándose perezosamente entre las literas superiores, justo por encima de la cabeza de la provodnitsa. Mordía algo bajo los bigotes: la cartera de Adrik. En su interior hallé la credencial de la FSB. La segunda no sufrí tanto, apareció sin más con un móvil entre las fauces. El de Adrik. En la pantalla la foto de Gabriel que le tomé a escondidas. Fotos mías. Nuestras. Cirílico.
La explanada frente a la estación de Tayshet tan temprano no olía a nada. Si hubiese cerrado los ojos la falta de sentidos me hubiese advertido de estar en el fin del mundo, al fin de todo. Extrañé la mezcla de los aromas del alcohol con grasa frita. En el termómetro público, quince grados bajo cero convertían mi espina dorsal en una estalactita de hielo. Cinco aventureros se apearon del tren a fumar un cigarrillo. Ninguna babuskha ofrecía pescado frito. Un hombre ataviado con abrigo negro bajo el reloj de la estación, cabeza y orejas cubiertas con la típica ushanka, firme como un mástil, de aspecto profesional. Nos observaba sin disimulo a Búho y a mí.

 

—¿Sabes? muchas de las especies que poblaban la Tierra ya no existen en el presente. Con las flores pasa lo mismo. Y con los libros —dijo Gabriel—. Un día cambié de rumbo. Viré. No regresé a casa. Deseaba recuperar todo lo que nunca tuvimos.
—¿La Biblioteca? Háblame de tu familia.
—También quise recuperar eso.

 

Mi estrategia pasaba por comprar un billete nuevo a Irkutsk para el siguiente tren. Si Adrik continuaba en el vagón regalándome su expresión triste desde la litera y no me seguía, con suerte habría tirado tan solo unos rublos. Entré en el edificio, una nave alargada con altos ventanales rectangulares pintados de verde. Tiritaba. Afuera caía aguanieve plateada. El interior me devolvió la vida: tibieza, café recién hecho, música ambiental. En la ventanilla, el hombre enjuto me formuló una pregunta en ruso. Entre sus dedos se agitaba nervioso un billete ya expedido. Leí Irkutsk junto a signos cirílicos. Levantó el tono y sus ojos escaparon aterrados detrás de mí. ¿Por qué aquel empleado me entregaba sin yo pedírselo un billete a Irkutsk? Seguí el rastro de su mirada esperando encontrar a mis espaldas al hombre profesional bajo el reloj. Una babushka robusta, plantada en medio del hall como el tronco de un cedro solemne en mitad de la taiga no me quitaba ojo. Tampoco el joven mochilero sentado en un banco. Ni el guarda que paseaba con el kalashnikov colgado al hombro. Bajé la cabeza, gruesos mechones me taparon la visión. Cuatro días sin lavarme el pelo.
Ofuscación.
Salí a paso rápido con la voz meliflua del vendedor arañándome el pescuezo. El aire excavaba surcos en los pulmones. El panorama desolador. Calles amplias y grises, edificios prefabricados víctimas de la decadencia postsoviética. Tenía veinticuatro años. Un mono bloque más entre todos ellos.
Búho apareció para frotarse contra mi pierna. El ruido de motor y la luz blanca de improviso descongelaron la ciudad. Un jeep verde camuflaje rugía congestionado aparcado en frente. El conductor se frotaba las manos de tanto en tanto mientras cargaba sacos en la trasera. Búho a la carrera se coló en la cabina mostrándome su cabecita de mochuelo por la estrecha ventanilla esperando que lo siguiera.
—¿Speaking english? —pregunté al ruso de piel curtida y ojos achispados. En Siberia te guías únicamente por los ojos de la gente cuando el resto del cuerpo permanece abrigado.
—Net.
Suspiré y el vaho difuminó tras de mí las siluetas del hombre profesional, de la babushka cedro, del mochilero y del guarda, todos ellos erguidos como un bosque lúgubre a la entrada porticada de la estación.
—Español. Hablo poco español e italiano.
Revolví en el bolsillo. Trescientos rublos: unos siete euros. Cuando nos alejábamos, el ruido del motor, como de algo que hay que cambiar, de algo que se gasta, añadió una banda sonora gutural y sombría a las formas adustas y fantasmales bajo el pórtico.

 

—Esa armónica está estropeada. Parece una jaula de pájaros.
—En tal caso cumple con su función.
Gabriel, divertido, continuaba soplando aquel instrumento pese a ver cómo me tapaba las orejas con las esquinas de la sábana.

 

La carretera era una línea recta en fuga hacia un horizonte blanquecino. Muy recta, casi interminable. Búho dormitaba en mi regazo mientras el ruso tarareaba. Mantuvimos retazos de conversación. Había sido marino mercante. Encalló por una mujer durante dos años en Cartagena. Después de hora y media, el camino se desvió hacia otro vial más pequeño e igual de desierto. Los árboles desaparecían para dar paso a un terreno más árido. Una carretera sin asfaltar con insufribles baches. El interior del jeep se llenaba de polvo y el ruso cantaba.
Nada te prepara para la magnificencia del lago más profundo del mundo envuelto en una atmósfera misteriosa, como si quisiera desaparecer del mapa por momentos.
El ruso se dirigía al pueblo de Buriatia, en la isla de Olkhón, pero Búho comenzó a rascar el cristal de la ventanilla pocos kilómetros después de cruzar el puente, cuando ni siquiera se divisaban los tejados de uralita en el horizonte. Con la mochila al hombro me despedí de Nikolay. Estábamos solos. Búho y yo. La desaparición del jeep permitió que oyésemos el silencio, frío y mudo.
Mi destino, ya lo había aceptado, pasaba por seguir las huellas imperceptibles de un gato. En las cimas a lo lejos la nieve era azulada, allí, en la orilla el bosque de coníferas se recogía inmenso y oscuro, salpicado de trasluces. Mi ofuscación no había menguado a pesar de haberme trasplantado a un lugar gélido y remoto, ni aunque una inteligencia felina me guiase hacia su amo. Se añadía, eso sí, perplejidad. Nada más. A dónde había llegado solo restaba continuar. Anduvimos ajenos al tiempo hasta que el sol alcanzó su cénit. Sobre una explanada, una hilera de coloridos tótems, dejaban volar sus cintas al viento. Un par de osados turistas tomaban fotos. Los humanos cada vez nos acercábamos más al reino de los dioses, los fantasmas y los monstruos.
Búho se tumbó frente a los troncos de álamo decorados, camuflado en la estepa amarilla. Lo agradecí. Comí un poco de omul, pescado ahumado que me había ofrecido Nikolay, y aproveché para repasar algunos de los párrafos de Seda. Acaricié al gato, que mantenía su cuerpo caliente desafiando a la temperatura polar. No aguantaría mucho más a la intemperie. Decidí que si él descansaba yo me petrificaría a su lado.
Los turistas saludaron con las manos enguantadas antes de marcharse. Al rato apareció un personaje curioso. Portaba en la cabeza un casco de hierro emplumado con dos cuernos. Le caían cintas de seda de colores por la espalda, retorcidas, simulando serpientes. En una mano empuñaba un palo con forma de muleta con un extremo antropomorfo: un caballo. En la otra un tamboril. Lo depositó en el suelo. Bajo uno de los álamos dispuso varias ofrendas. Después, ató cintas blancas y azules alrededor de su tronco. Una plegaria musical acompañó su extraña danza a lomos del palo caballo. Tan subyugada estaba que no me apercibí de que Búho danzaba a su alrededor. Tampoco de que tenía compañía.
—Es el Mikhailowski. El viejo chamán de los buriatos. —susurró Adrik a mi lado dándome un susto de muerte.
—¿Por qué no me dejáis en paz? —pregunté malhumorada.
—Bien lo sabes. Lo buscamos a él. Al Usan-Lobsonkhan, el Dragón maestro del agua. Igual que tú.
—No sé de qué me hablas. —Mentí. Me había documentado sobre las culturas siberianas. Cincuenta y cinco horas de trayecto ferroviario dan para leer mucho.
—Los chamanes creen que es la reencarnación de Burkhan. Que vive en la cueva de la Roca del Shaman. Uno de los nueve lugares sagrados de Asia.
—¿Y el FSB qué cree?
—Que no es humano. Como el gato que te guía en tu periplo. Y que es cierto. Es en el lago donde esconde su morada, en ese pequeño mar. El lago más profundo del mundo. Lo descubrimos en el 2008, cuando la Mir 1 logró llegar al fondo. Pero se desplaza. Es el Dragón Maestro del Agua.
Cerré los ojos. Me ahogaba en esas simas oscuras, álgidas. Cintas de algas verdes y rojas se anudaban en mi cuello.

 

—Dime Gabriel, ¿alguien te espera en tu pueblo?
La luz de las velas tatuaba fuegos cambiantes en su piel. Se acurrucó en posición fetal.
—Nadie espera los libros ni las flores, sin embargo, me esperan a mí. Así de arbitrario es el lugar del que procedo.
—No te marches o…
—Estoy programado para regresar a ti. No temas, Elena. No debes temer nada.

 

Recorrimos en el jeep de Adrik los kilómetros que nos separaban de Juzhir, la capital de la isla. Decir capital sería sobredimensionar el espacio. Anochecía cuando arribamos. La luminosidad se reducía a unas pocas bombillas en las calles principales y a las luces que proyectaban las ventanas de las casas. Ladraban los perros. El agente detuvo el coche frente a una casita de madera no diferenciable del resto. El chamán nos abrió las puertas de su hogar con pleitesía, o he de decir que era a Búho a quien se la rendía. Había estado viajando por medio mundo con un animal sagrado de compañía.
Nos acomodó frente a un fuego crepitante, y en ese mismo fuego hirvió agua para purificarla. Dispuso una vieja carta náutica del lago sobre la mesa de pino. Adrik comentaba cada paso de la ceremonia y traducía los cánticos del chamán. Éste, echó en la marmita tomillo silvestre, enebro y corteza de pino. La habitación se inundó de bosque. Añadió pelos cortados de la oreja de un macho cabrío y unas gotas de mi sangre. Con la ayuda de un omóplato de carnero a modo de plato procedió a invocar a sus antepasados. Comenzó el rito de la adivinación. Búho parpadeaba como un búho, cada dos segundos. Adrik me miraba con la misma tristeza. La letanía del chamán se volvió grave, gutural. Se frotaba el cuerpo. Se tocaba con impudicia. El baile se tornaba extático. Gritó.
—Dice que el gato le ha revelado en qué punto del lago hallar al Dragón.
La pezuña derecha de Búho manchó de tierra un área del mapa lacustre.
—Adrik, tal vez no sepa de dónde viene Gabriel, pero sé quién es, y no vais a utilizarme para prenderle.
—Confía en mí. Estoy solo. He venido a ayudarte.
Me levanté airada dispuesta a irme. A irme a ninguna parte. A aguardar indefinidamente en una esquina del fin del mundo a que todos se aburriesen y abandonasen. Mi ofuscación vencería a cualquier adversario. En la puerta un sonido me paralizó. Giré despacio sobre mi eje. El gato se había instalado en el regazo de Adrik. Rebatía mi decisión con una firmeza feroz en sus ojos de búho. Un maullido. Una réplica reverberante de maullido procedente de una garganta metálica, y cuajado de vocales, como si lo imitase un niño.
Gabriel no era humano y Búho era la copia defectuosa de un minino.

 

El plan de Adrik era un plan descabellado. A las dos de la madrugada abandonar el calor del hogar requería de la valentía de los héroes. Más si a ello se le añade surcar el Baikal a falta de un mes para la congelación de sus aguas. Volvimos a los caminos recién nevados hasta llegar al pequeño pantalán. Embarcamos en la remolcadora: el agente, el chamán, el gato y yo. Los científicos dormían en la base próxima a Juzhir. El ruso arrancó el motor dibujando bucles negros en la superficie. Al timón se me reveló un titán. Un titán tártaro capaz de hacer añicos el aire helado. En la mitad del cielo brillaba la estrella Polar.
—Los buriatos la llaman El Pilar de Oro. Creen que sujeta la esfera celeste como una estaca. —dijo Adrik señalando el astro.
El chamán habló en su dialecto.
—Dice que el Dragón descendió del cielo en esta isla. Fue enviado a la Tierra por los dioses superiores. Adopta una forma que se asemeja a un esturión gigante, con un hocico prominente y un gran lomo. Muchos han visto grandes formas oscuras surcando las aguas cristalinas.
Tras hora y media de travesía, Búho, intranquilo, maulló de nuevo con su voz mineral. Nos encontrábamos a kilómetros de la costa. Adrik y yo nos habíamos embutido en neopreno. El Mikhailowski, febril, recitaba frases y mantras. Un ave mitológica graznando sobre la cubierta. Nos asomamos a la oscuridad alumbrada. Mi ofuscación languidecía presa de un repentino agotamiento. Me sentía invisible como la página siguiente al punto final.
Gabriel no era humano.
Horas antes incluso ese dato solo había logrado enardecerme en su búsqueda. Alien o no, lo amaba. Lo amaba. Ahora, el enorme círculo fluorescente que envolvía en haces de radiación turquesa la remolcadora desde las profundidades engulló toda mi energía. Me dejó seca, al vacío de las aguas.
Adrik maniobró con la polea y los cabos para aproximar cuanto pudo el batiscafo. Habíamos robado al gobierno ruso la Mir 1.
—Vamos, Elena. Coge al gato y comencemos con la inmersión. El chamán parece que no esté en sus cabales, aun así será capaz de remolcarnos cuando ascendamos de vuelta.
—A veces creo que eres tú el extraterrestre. —le dije.
—Lo de espía vino después. Me reclutaron por mis conocimientos sobre el lago. Formé parte de la expedición del 2008. La que descendió hasta el fondo, a 1637 metros de profundidad.
La escotilla superior chascó como la lengüeta de un bote de refresco. No soplaba viento, pero su ausencia congelaba el cielo. Búho se introdujo en la cápsula de un salto sin permitir que lo transportase en brazos. Bamboleaba el casco sobre las ondas acuáticas. Con la ayuda del agente científico le seguí. Tras de mí, cerró la compuerta y se colocó a los mandos de aquella diminuta nave de ciencia ficción. Mientras descendíamos a los abismos, enlatados en el exiguo espacio, frotó mis brazos. Me abrazó.
—Pronto entrarás en calor. Tenemos ocho horas de autonomía y climatización. Los equipos y los sistemas hidráulicos funcionan correctamente.
No le escuchaba. A través de los ojos de buey la escenografía iluminada por los potentes focos del mini submarino era la de un paisaje de un universo líquido. Antiguo. Arcano. Originario. La luz blanca del batiscafo se mezclaba fluida con el turquesa del círculo de las profundidades e iluminaba millares de diminutas criaturas: epischura: el zooplacton autóctono, suspendidas como estrellas lejanas en un horizonte sin fin.
—El telescopio de neutrinos subacuático tiene forma de red. Lo instalamos sobre una superficie de kilómetro y medio al NW del lago. Sus extrañas lecturas nos advertían de la existencia de radiaciones electromagnéticas no en el cielo, como esperábamos, sino bajo las aguas.
No tenía miedo. Tras la palabra fin los sentimientos dejaban de ser reales o ficticios. Al menos, eso creía.
El batiscafo se hundía entre grumos de luz. Búho pegaba el hocico al pequeño círculo de cristal. Olvidé a Gabriel. Olvidé mi ofuscación. Mi vida anterior a ese instante, y comencé a emocionarme. A entrar en calor. A colarme por la vista inmensa tras la claraboya.
Entonces se hizo visible. El enorme esturión metálico. Una nave fabulosa. Como un descomunal escualo revestido de armadura y habitado por dentro. Antenas y ojivas. Aberturas iluminadas. Anillos de aleación sobre anillos de distinta aleación. La luz turquesa dotándole de atmósfera en las aguas cristalinas de la sima. Nos quedamos suspendidos. Como la epischura. Dejamos de respirar. Flotamos. Nos eternizamos.
Un fuerte golpe en el casco sonó como si estuviésemos en el interior de una campana gigante. El batiscafo trastabilló, giró, nos desplazó en su vaivén. Me amarré al asa de la escotilla. El gato se había adherido al suelo de la nave, soldado a él. Arrugó el morro. Una nueva sacudida. Adrik maldijo en ruso. Mi respiración entrecortada me asaltó asustándome, y.., miré hacia el cristal.
El tiempo, la vida, eones de estrellas dejaron de titilar. El agua suspendía sus cabellos. Su cabeza ocupaba el círculo entero. Su piel azulada, la boca entreabierta. Los ojos parpadeaban como los de un búho. Sobrevino el reconocimiento. Cada ángulo de su rostro se contrajo en una mueca. Miedo. Quizá dolor. Apretó el mentón antes de alzarlo hacia un cielo deshabitado donde no hallaría consuelo. Lo hizo para exponerlas, las ranuras metálicas a cada lado de su cuello. Sus branquias biorobóticas. Gabriel.
Y desapareció.
Ascendimos encaramándonos a las paredes del batiscafo. Necesitábamos salir. Respirar aire. Morir de frío. El chamán cumplió con su cometido y nos remolcó de vuelta a la costa. He de constatar que en el punto sobre la nave en el que besamos la superficie Búho se entregó a una sinfonía estridente de maullidos a la par que arañaba la escotilla. Adrik la abrió y el gato se zambulló en las aguas heladas.
Desapareció también.
En Juzhir no regresamos a la cabaña del chamán. Nos instalamos, entrada la mañana, en la Casa de huéspedes de Nikita. Dormimos hasta el día siguiente.
Nos despertaron los gritos. Alaridos de asombro. Carcajadas incrédulas. El tártaro se asomó a mi puerta. Apresúrate, dijo. Todos en aquel pueblo la vieron. En la isla entera. Desde cualquier punto de las orillas del lago. Enfocaban sus móviles a lo alto. El Usan-Lobsonkhan surca los cielos. El Dragón Maestro del Agua envuelto en fuego con el poder del rayo. Se alejaba hacia los astros de día invisibles.
Desapareciendo.

 

El transiberiano de regreso a Moscú se convirtió en la cueva de un asceta. Me recluí en mi misma. No hablé con nadie ni tatareé canciones tristes. No compré dulces a las babushcas e hice caso omiso a los hombres de aspecto profesional bajo los relojes en las estaciones. Pasé los controles en el aeropuerto de Domodédovo y volé de vuelta a España. Ocho días y medio después.
—Quédate unos días conmigo en Moscú, Elena.
—He de regresar a mi vida. Tengo veinticuatro años. Quiero ir al cine. Contestar WhatsApp, subir fotos a Instagram.

 

Lo trajo un mensajero dos semanas más tarde. Un paquete sin remitente. De su interior se deslizó sobre mi mano la armónica de trinos. Acompañándola una carta en papel perjurado. Una carta de Gabriel fechada dos meses antes.

 

Elena, mi dulce Elena.
Nadie muere de amor y menos un androide. Jamás regresaré. Aunque en mis sensores haya quedado registrada tu piel, tu voz, tu olor. Tú. Por siempre, porque viviré siempre. Sin fecha de caducidad para mi eterno desconsuelo.
Es un dolor extraño. Morir de nostalgia por algo que no vivirás jamás.
Mi amo me concedió, tras largos años de fiel servicio, mi deseo más ferviente: viajar a la Tierra para recolectar flores y libros. Ahora me exige regresar junto a él, y no soy más que su sirviente. Me vi obligado a huir súbitamente cuando Raike, mi dueño y señor, se hallaba de expedición por los tejados. Tú le conducirás hasta mí. Raike, a quién bautizaste con el nombre de un ave, quiso adoptar en este mundo un aspecto zoomórfico con objeto de estudiar de primera mano el reino animal.
No quise abandonarte, más hube de regresar a las profundidades abisales para trasladar la nave de posición. Los gobiernos de tu mundo nunca deben apoderarse de ella. Por vuestro bien.
Mi tiempo se perderá en la nada negra existente entre los planetas.
Gabriel.

Tenía veintiséis años, un buen trabajo de abogada en un prestigioso bufete y mil noches de insomnio a mis espaldas. Un gato que parpadeaba como un búho era el responsable. Sonó el móvil sobre la mesilla.

—¿Quién es?
—Adrik, oscuridad en ruso.
—Un nombre muy apropiado.
—Vente a Moscú. Cazaremos gatos juntos.

FIN

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