Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

Basado en hechos reales con la excepción de los inventados.

Si os preguntáis por el origen del término heterosauria no es de extrañar porque es una palabreja graciosa que hasta hoy solo se pronunciaba en la república independiente de mi casa. Nació en un buen momento de una pareja. Un ratito del que apreciaréis cierta familiaridad, como si os hubiera pasado a vosotros.

            Eran las diez de la noche de un miércoles de invierno. Mi hija adolescente estaba en su ritual para acostarse, que es principalmente repasarse el eyeliner hasta que queda tan espeso, largo y negro como el de la inimitable Amy Winehouse. Y sin que nosotros pretendiéramos comprender la utilidad de esos ojos para irse a dormir, mi pareja y yo nos tronchábamos con los personajes que los sabios productores del programa First Dates traen al programa.

            Nuestro recién estrenado sofá blanco roto —ya no hay niños en la casa—, disponía de dos botones que mecanizaban los reposapiés hasta que quedábamos sentados como condes en sillones orejeros, pero con la ventaja de que podíamos entrelazar los pies. Juntos descubríamos las parejas, personajes y seres de otro planeta cuya autenticidad era una duda pero una realidad, porque estaban ante nuestros ojos.

            Cuando la chica era una escandinava bella y él, un magnate con ínfulas; cuando él era un cachas con tatuajes y ella lucía una larga melena y un tipo de hipo; cuando ella, dulce, llevaba unas inteligentes gafas de pasta pero él era un gañán… cuando estas parejas estereotipadas aparecían, no captaban nuestro interés. El final era muy predecible y las apuestas, demasiado seguras: la rusa y el magnate harán match, el cachas y la tipazo también, mientras que la chica de las gafas de pasta enviará a paseo al gañán.

            Dentro del guion.

            Sin embargo, nuestro desconcierto nos revolvía en el sofá si las parejas eran tan jóvenes, de extravagancia irrepetible, fluida y no-binaria porque no teníamos ni idea si conseguirían el match, o no. Y esto nos creaba la emoción.

            A mí me desconcertaban, pero a él le daba vueltas la cabeza como a la niña del exorcista cuando se trataba por ejemplo, de una pareja de gays vestidos de color chicle reconociendo a Paris Hilton como la mejor persona del mundo. Recuerdo entrañable el piropo que uno lanzó al otro a razón de haberse puesto lentillas azules intraoculares por su valentía a ser auténtico pese a cualquier riesgo. Nosotros nos miramos dubitativos, estábamos perdidos, pero en esta ocasión los dos asentimos apretando los labios, «estos hacen match», dijimos.

            Pero nos equivocábamos, como cada concursante ya se había encontrado a sí mismo: ambos eran lo que querían ser y se respetaban por ello, en ese momento de sus vidas buscaban a alguien con quien crecer, no una copia de sí mismo o una relación facilona.

            Nos sorprendimos. De hecho, fue entonces cuando acuñamos aquello de:

            —Cariño, yo soy un heterosaurio, y tú, por más que vayas de progre, también.

                        Yo asentí. Nos reímos. Sí, reconocí entonces y ahora que era un exponente de heterosauria de libro de difícil reconversión.

            Sin embargo, la vida aprieta y esto debe de cambiar. Por mi bien.

             Actualmente, mi hija ha sustituido el ritual de las cejotas por el bailar un rato delante del espejo. Ella va creciendo para convertirse en una mujer fluida mientras que yo, ya no me rio viendo First Dates.

            Aquel divertido show de la tele era un consenso entre dos personas para ver la tele juntos, distraerse con lo que les unía, olvidando por ese ratito todo lo que les separaba. Ahora las noches las paso leyendo o viendo una serie de misterio y, si pusiera un dron en su casa, la imagen mostraría a un hombre entrado en canas viendo el resumen del resumen de las jugadas de fútbol de su equipo del alma.

            Ya no estamos juntos y yo, como buena heterosauria, me he tomado la separación como si hubiera enviudado. No exagero. Voy llorando por los rincones, llenando piscinas de rabia y tristeza. Y es que, para mí, como pasa para mucha gente, amar, “amar”, solo se hace una vez y solo a una persona, y esa creencia pleistocénica, limitante, es lo que mi terapeuta intenta hacer cambiar ante mi rigidez. Pues lo tradicional es estable y aunque sea una mierda, es tu mierda, y cambiar a “la nada” te da mucho vértigo, además de la rabia y la pena que ya llevas encima.

            Un ejemplo de mi estado de ánimo es el parapeto que me he montado para dormir sola.

            Hace años, cuando la niña era pequeña compramos un oso de peluche gigante, más grande que ella, al que llamamos “mumú”. Mi imaginación es una de mis mejores virtudes y después de unas semanas tras el shock de la ruptura se me ocurrió como sustituir, al menos por las noches, ese calorcillo que te da otro ser humano a tu lado. Las cosas que echas de menos de una pareja de años, al menos cuando afuera hace frío. Otras veces, puede ser un coñazo. No discutamos por eso. Porque la necesidad era mía y la solución también.

            Así que, pensando que mi terapeuta se daría cuenta de que sigo en bucle en este proceso de duelo, saqué al apolillado “mumú, lo metí en la lavadora con amoniaco, detergente y precarbonato blanqueador y después le di una buena sesión de secadora. Dudando si quería al peluche esponjoso o más bien con el pelo rastrojo que daría más el efecto de humano que yo buscaba.

            Menos mal que mi hija no hace preguntas porque está muy a lo suyo con eso de que es adolescente y libre. En algunos aspectos les hemos dejado un legado horroroso, pero en términos de libertad y cariño, no tengo duda alguna de que lo ha disfrutado mucho más que nuestra generación, e infinitamente más que las generaciones anteriores.

            Volviendo al muñeco, tenía el cuerpo, pero me faltaba el calorcillo. Así que saqué de la mesita de noche una mantita eléctrica de color verde que tengo desde hace veinte años para cuando me duele la espalda. La mantita tiene unos cordones que até al cuerpo del peluche de forma que colgaba de su espalda como una capa. Y voilà, una vez enchufada y con el termostato al dos (tiene desde el uno hasta el cuatro), ya descanso mejor por las noches y hago la cucharilla con el peluche. Metadona para la adicción al amor y a la compañía.

            Ni lo pienso cuando desconecto el invento por las mañanas. Soy una superviviente del desamor. Guardo la mantita en la mesita y al muñeco sobre el cajón de la ropa sucia, hago la cama como si nada y a la ducha.

            A continuación, viene el mejor momento del día.

            Si hubiera un medidor de autoestima como el termostato de la manta eléctrica, este es el momento en el que estoy a tope.

            Amo la vida.

            Delante del café, calentito de aroma precolombino y perfecto como todos los diseños de la naturaleza, soy feliz. Y si a este invento de la divinidad, le añado las tostadas y la mermelada justa de fresa, soy un gozo.

            Pero hoy el momento me lo ha reventado el recuerdo de la sesión de terapia del martes.

            La terapeuta, una mujer con buenas intenciones que está intentando que sea consciente de mi amor propio, que me cuide, que sea agradecida, que me ame… y cambie, me dijo:

            —Siente el perdón y suelta… Imagina que él te dijera: «siento no haberte amado como mereces, siento no haberte entendido».

            Asiento, aquello me hizo sentir bien. No supo entenderme, esa es la verdad.

            Pero a continuación me dijo:

            —Imagina que le pudieras decir: «siento no haberte amado como mereces, siento no haberte entendido».

            Nooooo. Nooooo. Noooo. ¡Eso sí que no! Una llama pulsante de ira arranca de mi zona intestinal con tanta entrega como una heterosauria es capaz de amar.

            Pero, curiosamente, es la primera vez que me planteo si yo no lo llegué a comprender. Y que si hubiera sabido entenderlo, al menos, la ruptura hubiera sido menos dolorosa o patética con lo del peluche, la mantita  y las broncas que me avergüenza recordar.

            Dejo los pensamientos sentimentales junto a la taza del café y la mermelada de fresa. En algún momento debo de retomarlos, pero ahora tengo que ponerme las pilas, coger los bártulos de curro y las botas. Creo que empiezo a comprender qué es eso de la autoestima. Como atisbarme a un paraje donde todo es bello, incluida yo. Definitivamente hay un secreto que comienza a desvelarse.

            El sol está coqueto tras las nubes.

            Hoy cogeré el paraguas por si llueve.

Capítulo 1 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

Capítulo 2: Mi amigo lesbiano

Capítulo 3: cita en TINDER ¡la heterosauria se va de caza!

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