Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

La heterosauria… ¡pilla cacho!

La sorpresa no será ni dónde ni cuándo… pues el lugar fue en un lujoso hotel de Madrid muy céntrico y la noche fue durante el bodorrio tardío de una amiga.

            El meollo está en «con quién y cómo» esta mujer —que hace siglos que no ve un preservativo— se vio inmersa en una noche con final feliz.

            La amiga casadera había pasado los cincuenta con el novio perfectamente elegido como si tuviera Venus en Capricornio —cumpliendo estrictamente la excel de los requisitos matrimoniles—, cuando en realidad, toda la vida tuvo el planeta del amor en Acuario —disfrutando de los perfiles de hombres más inverosímiles con sus consecuentes lloreras y alegrías a partes desiguales: más decepción que otra cosa.

            Pero hete aquí, que hace ocho años, mi amiga se marchó con un viaje del Corte Inglés a Birmania durante un verano y volvió con un hombre guapo-portador-de-maletas con quien había coincidido en el grupo. Vecino, del propio Madrid y casi más gato que ella. Él lo vio blanco y en botella, lo sé porque me lo ha contado muchas veces: una rubia con un cuerpo de bandera, deportista e inteligente —de las de ciencias-ciencias—, como para tirarse del trampolín con la garantía de que la piscina estará llena de cualidades y posibilidades de acertar. Ella sin embargo tenía sus reservas, harta como estaba de que nimiedades tan simples como que tu hombre lleve el coche al taller y se ocupe de los temas carburador, aceite y luces delanteras o que remiende tus trajes de bailaora; eran filas de su excel que cómo mínimo, ellos debían de cumplir pero siempre la acababan decepcionando de una manera u otra. Así que con el viajero-vecino, por más que pareciera conveniente, ella sacó su lista y se prometió que hasta que no obtuviera un check en todas las casillas, no se entregaría al cien por cien.

            Y así, con la sartén por el mango, comenzó esta relación donde aquel bodorrio era una casilla más de la lista.

            En aquel ambiente armonioso y festivo me vi bailando, adrezada como dama de honor con un vestido rosa palo de marca, dos gin-tonics en fila, y el mejor de mis amuletos al descubierto. Pues sí, tengo un buen escote —y como me dijo un buen amigo: también tobillos finos—, y con la melena, el foulard de seda y los tacones de aguja, me sentía Madonna con veinte años.

            Ya he dicho los efectos que el alcohol tiene en mí, criptonita según como lo veas, y en aquel momento: las doce de la cenicienta, la trenza-rapunzel-noviera de mi amiga, las bolas destellantes, discotequeras, las canciones de los noventa ¡qué os voy a contar! Lo estaba dando todo hasta que me di cuenta de que un chico del fondo me miraba y sonreía con atención. No disimulaba detrás de sus gafas de pasta.

            Aunque mi cita del facetinder pasara de mi guasa, cuando era joven, mis curvas eran lo suficientemente considerables como para que mis amigas me utilizaran como reclamo lanzándome al centro de la pista de baile del pub de turno para que los aguiluchos se acercaran aleteando sus alas y ellas, más tímidas y a revuelta de pescador, cazaran algún «chico majo y guapo». Así que volví un par de décadas atrás y me puse en situación.

            El chico de las gafas salió a bailar con una pelirroja bella hasta el hipo y se marcaron un «Despacito» escandaloso. No obstante, en los últimos compases, se acercaron a mi posición en la pista de baile y él la soltó con suavidad cogiéndome a mí de la cintura.

            —Es mi hermana —me dijo al oído.

            La siguiente canción fue una de Melendi, también buena para arrimarse.

            De cerca, el chico tenía una piel fina como la de una muñeca y los pelos revueltos, rizados de futbolista. Él no lo sabía todavía, pero cuando tuviera los treinta y cinco se iba a comer el mundo con ese físico en ciernes, desgarbado todavía, hacia la forma de un hombre atractivo. Cuántos amigos me han confesado que se han sentido más deseados con los años y que, sin comerse un colín cuando tenían el vigor de un chaval, con la madurez les había sorprendido el abanico de opciones para intimar con más mujeres de las que nunca habían imaginado.

            De igual manera, casi toda adolescente se ha gustado más con cuarenta años que con quince, lo cual es casi una insensatez, pero una verdad si lo piensas bien. Una amiga rusa me dijo que las españolas mejoramos con los años. Suponía que la edad conllevaba el acceso a la tarjeta de crédito y con esta, a tratamientos de estética, peluquerías y ropa buena convirtiéndonos en mujeres con más estilo, como ya lo son las zarinas rusas. Caminar con tacones es la opción incómoda solo para ocasiones, en cambio, si recorres San Petersburgo como turista, te sorprenden los peinados, vestidos y zapatos elegantes a diario. Como diríamos los heterosaurios: son muy femeninas.

            Pero lo olvidaba, esto no es un ensayo intercultural ni intergeneracional; este texto es la narración de una muy buena noche que todavía me saca la media sonrisa cuando la recuerdo.

            El chico de las gafas de pasta y yo bailamos a Melendi, Alejandro Sanz, U2 y Seguridad Social. Movía las caderas como si fuera cubano. Conforme avanzaba la música me contaba cosas sobre él y se interesaba sobre las mías. Poco a poco, dejamos de intercambiar pasos de baile con otra gente y nos centramos el uno en el otro.

            Cuando me contó que quería ser cocinero y que en dos días volaría a Londres para un postgrado no me lo pensé. Me pedí el tercer gin-tonic. Quería dejarme llevar.

            La gente fue dispersándose, pero yo estaba en plena ebullición. Su propuesta fue llamar un Uber e ir a los bajos de Argüelles. Para quien no conozca la noche madrileña, estoy hablando de la zona de botellones. Si eres un heterosaurio tomaste calimocho antes de entrar a un garito unas decenas de años atrás. Y actualmente sigue con la misma tribu.

            Dentro del Uber y a las dos de la mañana comenzaron los primeros picos. Cuando salimos del taxi ya nos cogíamos la mano. Yo me enlacé el foulard de seda al cuello, un poco avergonzada porque pegaba en aquel lugar lo mismo que si hubiera ido con un abrigo de visón.

            Hicimos la cola y cincuenta eurazos más tarde, entramos en el garito. Podría doblar o casi triplicar la edad de los que estaban allí, pero os prometo que me sentía como si acabara de terminar los parciales del trimestre.

            Ahora entiendo muy bien eso de la famosa-típica crisis de los cuarenta de los hombres de antes, cuando dejaban a su esposa e hijos por una más joven. La sensación de inmortalidad, aunque sea una ilusión, es irresistible. Y como dijo alguien muy sabio: «no hay frontera que tiente más al contrabando que la de la edad»

            La música del garito era de tipo tecno y a mí, que viví la ruta del bacalao, no me asustó lo más mínimo.

            Esta vez intercambiamos saltos con arrebatos de morreos. Ya andábamos más salidos que las patas de los taburetes cuando recordamos la habitación pagada en el hotel. Así que nos fuimos, Uber mediante, directos a la habitación.

            Iba descalza con los tacones en la mano por el pasillo de parqué y las medias echadas a perder cuando me percaté de que el foulard de seda rosa palo se habría quedado en algún rincón del garito.

            Me di cuenta porque refrescaba, pero el chico se quitó el abrigo para arroparme. Yo le dije que no hacía falta, mejor entrar en calor desnudos bajo las sábanas.

            ¿Debería contar los detalles? Mejor no. Estas cosas quedan entre las dos personas que comparten el momento físico, químico y biológico.

            Puedo mencionar que me sorprendió el azul de mares de sus ojos miopes detrás de las gafas, caídas en algún lugar de la alfombra. Y también que el chico, fibroso natural, no se había sumado a la moda del músculo-gimnasio por lo que no tenía el pecho-palomo repleto de tatuajes. También me gustó que no se depilara, así como los de antes, con pelos en las piernas y eso.

            Afortunadamente tenía la edad de no tener que llamar a sus padres si dormía fuera de casa así que esa noche, apenas durmió conmigo.

            Nos levantamos cuando no había más remedio y las camareras pedían limpiar la habitación. Después comimos un café con leche y risas a sabiendas de que no nos volveríamos a ver más. Vidas diferentes, caminos diferentes.

            Por la tarde visité a mi amiga antes de que saliera rumbo a su luna de miel. En realidad, para mí esta pareja como ya he dicho al inicio, siempre están de viajes luna-de-miel.

            Ya somos adultos para no hacer preguntas ni dar explicaciones, pero siempre se menciona alguna cosa, y en relación a mi separación, el marido de mi amiga dijo con ternura:

            —Todavía no has encontrado el amor. Te llegará…

             Yo le contesté intentando no alardear pero es que tenía la cara reluciente por la sobredosis de endorfinas.

            —Con noches como esta, de vez en cuando, al menos hasta que haya superado el sapo… Me vale.

Mi amiga, cómplice, me guiñó el ojo.

Capítulo 4 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

Otros capítulos:

Capítulo1: Diarios de una Heterosauria:

Entrega #1: Diarios de una heterosauria

Capítulo 2: Mi amigo lesbiano

Entrega #2: Mi amigo lesbiano

Capítulo 3 : Cita en el Tinder: ¡la heterosauria va de caza!

Entrega #3: cita en Tinder: ¡la heterosauria se va de caza!

Añadir comentario