Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

Pequeñas felicidades

¿Para quién no resulta obvio que el llamado “camino del medio” es el secreto de la felicidad?. Lavas de tinta se han escrito al respecto en sabias filosofías, poemas, silogismos, novelas, canciones, espiritualidades y religiones -en su mejor versión-.

               El meollo del tema es que cada uno, como individuo, se siente centrado en tal sabio lugar, pese a que la respuesta natural a la pregunta: ¿soy feliz?, sea una duda, o un triste “no”, directamente.

               Sin apenas reflexión, lo observamos en los aspectos más externos: la política ¿quién está en el centro? Hay quien se ubica en este privilegiado espacio y sin embargo tú lo ves como un facha, o como a un rojo.

En realidad, el atentado diario de los políticos a nuestra inteligencia clama al cielo.

               Sigamos con ejemplos menos pornográficos.
               El poco transitado camino de la felicidad viene cargado de pequeños detalles. En este aspecto sí se oye lo de «menos es más», y la famoso Maria Kondo abandera este minimalismo. Sin embargo, este relato no va sobre tales sofisticaciones. Más bien relata situaciones cotidianas que, si te paras a disfrutarlas, suben grado a grado el termómetro de nuestra esquiva felicidad.

               En mi casa tengo una gata casera, guapa como una top model, y tierna como un osito de peluche. Con su culete de albóndiga camina, corretea, juega por la casa y a veces cuando se cruza conmigo tras hacer una grácil cabriola da con el suelo con la panza cara arriba dispuesta a recibir caricias en su barriguita blanca y peluda. Solo tocarla con la punta de mis dedos ronronea sin pudor hasta que ya la he achuchado del todo. Digamos que ser la esclava de una gata cariñosa (necesita cuidados: el pienso, patés, agua, y limpiar su arenero) ofrece pequeños momentos de felicidad. La mía además duerme en mi habitación y ronronea a placer toda la noche aminorando mi ansiedad; y se espera cada mañana a que me levante para arrancar juntas con la rutina del día.

               Yo suelo disfrutar de mi soledad, pero desde que mi gata está en casa no he tenido ni un solo bajoncillo.

               Otras protagonistas de mis pequeñas felicidades son mis rosas y demás plantas con flor o fragantes como el galán de noche o el jazmín. Todavía en camisón y mientras preparo el café y las tostadas, salgo al patio a ver cada planta y el estado de los capullos de cada rosa. Como decía el Principito, “mi rosa es especial por el tiempo que le he dedicado a ella”. Así que día a día veo los brotes del capullo, su crecimiento, el asomo tímido de las hojas que me indicarán el color de la rosa y si será una pequeña u otra grande que cuando explote, será más grande que la palma de mi mano y durará semanas. Actualmente tengo ocho rosas en proceso de salir y publicaré este relato cuando estén en su esplendor.

               Otra pequeña felicidad la obtengo de los cuidados que brindo a mi hija adolescente. Velo por su dieta equilibrada y si consigo que coma la proporción adecuada de los grupos de nutrientes como gasolina a su cuerpo recién estrenado, me pone muy contenta. Con lo que estos detalles de pequeñas felicidades son diarios y me ubican poco a poco en la virtud del camino del medio.

               Algunas pequeñas felicidades son caseras, pero las hay también externas.

               Como un ejemplo de pequeña felicidad externa, me viene a la mente la última de mi compañera de trabajo Pilar.

               Almorzábamos en la cantina de la empresa. Como si estuviera contándome un secreto y bastante exaltada hoy me ha contado unos roces de curiosa intimidad con un técnico del departamento de informática de la empresa.

Un miembro de ese grupo inescrutable, que algunos graciosos llaman la secta. Me ha contado que la ha salvado como antiguamente las princesas eran salvadas por crueles dragones. Tenía que entregar unos informes urgentes antes de ir a comer y a la una, su pantalla se ha quedado congelada, el ratón no respondía y las teclas rápidas que tiene apuntadas en la chuleta pegada a su pantalla. tampoco. Sin demora ha llamado al departamento de los silenciosos indicando que tiene una incidencia crítica: para el funcionamiento del proceso de negocio de compras (las compras de los tomates Cherry en este caso).

Un varón de edad indescifrable, nadie es capaz de datar a estos seres conectados con la fuente de la matrix de los ceros y los unos. Podría tener 29, 35 o 42 años. Se acercó despacio a su puesto de trabajo, con las manos vacías.  Toda la magia la hacen desde su mente poderosa.

Pilar apenas ha disimulado el histerismo, pero el técnico alto, fibroso de camiseta roja, pantalones vaqueros y pelo entrecano cortado a cepillo, no se ha inmutado. Su cara es sencilla, simétrica.

El hombre se ha ubicado a su espalda y ha mirado por encima del hombro de Pilar, ella me ha jurado que se ha quedado petrificada pues si giraba levemente su rostro a la derecha, sus labios chocarían con su mejilla o incluso con su boca. El olor del técnico es a limpio, a un buen aftershave. Acto seguido y tras un minuto mirando la pantalla, —Pilar ha supuesto que estaba consultando en la fuente secreta de los galimatías de los ceros y unos—, el técnico ha puesto su mano suave de uñas perfectamente cortadas sobre la mano de Pilar para dirigir el camino del ratón por la pantalla. Certero como un Robin Hood, ha ido al submenú de un submenú, ha desplegado una ventana, ha cambiado dos clicks de la configuración, ha guardado toda la información y le ha dicho. «Creo que ahora irá bien», efectivamente el PC respondía, había obedecido como un perro amaestrado. «Reiniciemos para comprobar que efectivamente está arreglado». Y siguiendo con su mano sobre la mano de Pilar, y esta sobre el ratón, reinició el PC.

Para esperarse, el técnico que desconoce su atractivo se ubicó detrás de su silla y puso sus manos sobre los hombros de Pilar, rozándola pero sin tocar. Son tan respetuosos.

Mi amiga me preguntaba si aquello eran señales o solo formaban parte del baile del cortejo del informático que expande su sexappeal sin consideración del efecto que provoca en las féminas. Lo mismo pasa cuando tratamos con los técnicos que con su versión femenina, las mujeres del departamento de Informática. Como semidiosas, porque ellas, además de resolutivas, también son cariñosas y desprenden una bonita bondad hacia nosotras, que no conocemos el universo de los ceros y unos al que ellas sí tienen alcance. Algún compañero me ha dicho que las ve unreachable: inalcanzables.

Aunque yo puedo confirmar que los miembros del departamento de informática son más humanos de lo que parecen por algo que me ha pasado hoy en la cafetería.

Entraba en el office a por mi cappuchino sin azúcar cuando me he percatado de que el grupo de informáticos estaban en formación de circulo, cada uno con una bebida en la mano, hablando bajito.

Yo puse la oreja. Como a Pilar, y al resto de compañeras, me fascinan.

Me pareció oír que estaban hablando de inteligencia artificial y de baterías de bicicletas eléctricas. Lo normal, una conversación de café que parecía una tesina. Sin embargo, uno de ellos con gafas de pasta y pelo negro dijo con un tono más audible: «Hoy es el día de la mujer».

«Cierto», pensé.

Sus compañeros asintieron sin añadir comentario alguno. El compañero de las gafas de pasta siguió: «Lo sé porque he visto a Clara con la minifalda de color lila»

El resto asintió. Vi alguna medio risita. Pero no hubo un comentario adicional.

No era necesario, la joven Clara es un bombón del departamento de compras, contratada desde hacía tres meses, y era obvio que nuestro grupo de expertos en ceros y unos también eran humanos, pues admiraban la belleza femenina de esta mujer.

Solo un nuevo comentario acompañó al siguiente:

«Viste muy bien». El resto asintió y continuaron hablando de bicicletas eléctricas, tipos de baterías de litio y motores.

Durante el almuerzo le dije a mi amiga: «les gusta la nueva, pero quizá tú le gustes a ese técnico. Lo de cogerte la mano con el ratón… era innecesario».

«Quizá», me contestó, ¿cómo adentrarse en esas mentes insondables?

Sin embargo, en este relato he querido dejar lo mejor para final.

El postre dulce.

Este sábado había terminado la rutina de limpieza y puesta a punto de la casa cuando decidí regalarme un café bien largo en una cafetería con encanto del centro. Pequeña, acogedora, con una decoración ecléctica y suave música de jazz.

 Me senté al lado de la ventana para alternar la vista de la cafetería con el paseo de los viandantes.  Cuál fue mi sorpresa cuando vi, al fondo de la cafetería una familia feliz con marido, mujer con yihab y dos niños bien educados disfrutando de sendos helados.

El corazón me dio un vuelco al descubrir los rasgos y los ojos miel de mi oculista, Harón, el francés árabe que me quitó el sueño durante unas noches.

Parecían una familia tranquila y feliz.

Disimulaba observarles cuando sus ojos se cruzaron con los míos y me hizo un gesto con la mano. Yo alcé mi mano con una media sonrisa e incliné la cabeza a modo de saludo.

Él contestó con un gesto curioso. Abrió la mano mostrándome los cinco dedos e hizo como si presionara una pared invisible varias veces. Algo así como “en cinco minutos.”. Me pareció inocente y proseguí con mi momento de pequeña felicidad tomando aquel jugo de grano colombiano.

Acto seguido un huracán entró por la puerta giratoria de la cafetería. Levanté los ojos y me quedé paralizada. Los mismos rasgos, los mismos ojos miel, la misma espalda triángulo isósceles, pero vestido con ropa casual, arrastrando una maleta grande, muy sucia, y una cámara profesional colgando del cuello.

El hombre, a todas luces, gemelo de Harón se dirigió a la mesa de la familia. Los niños se levantaron inmediatamente para colgarse de sus piernas, Harón se levantó y le dio dos besos en sendas mejillas, mientras que la joven del jihad sonreía con todos los dientes blancos al descubierto. Él le tomó la mano, cerraron los ojos y sentí que se besaban sin rozarse los labios.

Harón le ofreció un trago de su bebida, que parecía un agua-limón con hierbabuena. Minutos más tarde, cuando la emoción se estaba relajando, mi oculista se levantó de su silla y con la mano izquierda en el bolsillo, de nuevo, como si estuviera caminando en una pasarela, se acercó a mí con una sonrisa de invitación.

Me pidió permiso para acompañarme y yo le dije que sí.

Me preguntó por mis ojos y yo le contesté que estaba mucho mejor gracias al colirio y las imprescindibles gafas de sol.

Asintió.

Me alegré de ir guapa. Llevaba un suave maquillaje y vestía un camisera larga de lino. Una de mis pequeñas felicidades son el arreglarme, ir bella para mí.

Sin más preámbulo me dijo que estaba hermosa.

Yo le di las gracias. Me encantó.

Charlamos un poco sobre la ubicación de su consulta, sobre el trabajo de fotógrafo de su hermano que le obligaba a pasar tiempo fuera de casa, de la guerra de Ucrania y sobre la conveniencia de tener perros.

Conforme profundicé escuchando su voz fui consciente de que mi atracción primigenia por Harón no había sido simplemente física, pues ahí tenía un clon del ‘dios del amor’ —el hermano fotógrafo— y sin embargo, este esposo bienavenido no levantaba mi libido de la forma que sí lo hacía mi oculista.

Esto barruntaba cuando me invitó a cenar.

Le dije que sí sin pensar.

«Me gustaría sorprenderte con una comida distinta, todavía no se si del país de mi corazón, Francia o el de mi espíritu, el mundo árabe».

Levanté las cejas evidenciando que me dejaría sorprender y le pregunté en qué lugar de su cuerpo se encontraba mi país, España.

«Te lo contaré en la cena», me contestó.

Yo asentí y sorbí los restos del café, ya frio.

«Hoy es un día especial por partida doble», me dijo, «mi hermano ha estado fuera trabajando, y tenemos reunión familiar; y además te he encontrado a ti fuera de la consulta, por lo que puedo hablar contigo como mujer, y no solo como paciente».

Me pareció muy directo y aunque me gustó, me sentí un poco incómoda, como al borde de una piscina a punto de saltar y sin saber si hay suficiente agua. Aunque me encantaba como, con ese acento indescifrable, pronunciaba la palabra “mujer”.

«Te dejo disfrutando de tu ratito de soledad. Ahora vamos a casa porque hemos preparado una deliciosa comida de celebración. ¿Me permites invitarte a ese delicioso café?»

Asentí tomando la taza del café como una copa de champagne y brindé al vacío.

Por un segundo acudió a mí una de mis imágenes favoritas respecto al amor y al afecto entre almas gemelas. ¿Quién no se ha sentido atrapado por la mirada penetrante entre la letal Morticia y el impecable señor Gómez de la familia Addams?. Vale que se trata de una serie de ficción con toques cómicos, pero invita a creer en ese amor inmortal. Y con esa energía imaginé que me levantaba en dirección a Harón, que él tomaba mi mano besándola desde los dedos hasta el antebrazo. Acto seguido me rodeaba la cintura y sin decir una palabra iniciamos un baile de tango con una música solo para nuestros oídos entre las mesas de la cafetería. Terminada la ejecución de los pasos, cada uno se retiraba, yo a mi silla junto al ventanal, y él en dirección a la caja.

Ainssss, puestos a soñar…

Estuve unos diez minutos digiriendo el encuentro. El estado de embriaguez se acumuló en mi estómago como un puño. Sentí ansiedad … miedo. ¿Y si me enamoraba perdidamente de este ‘dios del amor’? ¿Y si me perdía en esa emoción tan intensa? Ahora que ya había conseguido mi pequeña felicidad cuidando mis rosas, jugando con mi gata, charlando con mis amigos.

Cuando eres joven ni lo reflexionas. Te lanzas. Pero ya son años como para no saber que a veces conviene dejar marchar las emociones fuertes y conformarse con las pequeñas felicidades.

¿Qué haré?

Y él … 

¿estará preparado para el amor?

Capítulo 6 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

Otros capítulos:

Capítulo1: Diarios de una Heterosauria:

Capítulo 2: Mi amigo lesbiano

Entrega #2: Mi amigo lesbiano

Capítulo 3 : Cita en el Tinder: ¡la heterosauria va de caza!

Entrega #3: cita en Tinder: ¡la heterosauria se va de caza!

Capítulo 4: ¡¡La heterosauria pilla cacho!!

Capítulo 5: Viaje al interior.

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