Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

Mi amigo lesbiano.

El sábado fui a una constelación familiar dirigida por un vidente al que consulto algunas cosas, de vez en cuando. ¡Muy de vez en cuando! 😉, pero me excuso, no voy a ir con medias tintas. El trayecto hacia el amor propio y hacia una autoestima goldenbelt navega por laberintos difíciles de explicar, pero fáciles de comprender cuando pretendes transcender el legado de las neuras de tu mochila.

            Hoy no voy a relatar lo qué buscaba en aquella reunión, pero sí la parte más mundana de lo que me encontré. Quince humanos nos reunimos para comprender nuestras neuras con la originalidad que conlleva la representación de la constelación familiar donde un miembro del grupo hace de tu persona y otros hacen de tus allegados.

            Entre las risas que conlleva el comprender cuánto nos parecemos en las desdichas y que se soportan mejor reconociéndolas en los extraños, charlé con una chica morena, de rasgos exóticos y de esa belleza que sale de dentro hacia fuera. Muy guapa.  Yo nunca he tenido una experiencia sentimental o sexual con otra mujer, pero reconozco que me maravilla la belleza femenina y que siempre encuentro al menos un rasgo hermoso en una persona de género femenino. Sean regordetas, huesudas, de cara larga u ojos pequeños, siempre soy capaz de ver la hermosura en una mujer. Cosa que no me pasa con los varones, los cuales me gustan bien guapos, de ojos claros, rasgados, altos y tez morena: qué vergüenza reconocerlo.

            Después de la constelación tenía la suerte de haber quedado con mi mejor amigo en un bareto del barrio de Patraix y disponíamos de toda la comida y la tarde para ponernos al día después de meses sin hablar tranquilamente. El catch up que tanto se dice en inglés.

            La cosa vino calentita.

            Yo nunca bebo alcohol, es criptonita para mí. Suelo hacer siempre todo lo que alimenta mi serenidad: meditación, yoga, escribir, paseos etc. Porque si tomo dos cañas bien fresquitas y estoy especialmente contenta —como era el caso por el tiempo sin ver a mi amigo—, entro en un estado de euforia para hacérselo mirar del estilo de “Ella siempre dice sí” —referencia noventera a la genial Kim Bassinger y a su cero control con el alcohol—. Por eso bebo muy pocas veces.

            Coincidía que llevaba varias unas sesiones de maderoterapia y mi cintura comenzaba a atisbarse conformando el cuerpo reloj de arena que toda heterosauria desea para atraer a-dios-sabe-quien, pero que, curiosamente, resulta del todo indiferente para otro tipo de preferencia sexual como la de la chica guapa de la que hablaba antes. Esta chica dijo ser pansexual —se enamora de las personas y no de su aspecto físico—, y su novia reconoció ser una lesbiana de toda la vida.

            Mi amigo admiró el resultado de mi incipiente cintura —suele ser debidamente pelota— y me animó a seguir con las sesiones.

            Seguimos charlando, bebiendo cañas y en caída sin frenos hacia los calamares rebozados, las croquetas de rabo de toro y un plato de quesos. Por fin, me atreví a contarle:

            —Me ha vuelto a pasar.

            —¿Qué? —dijo chupeteándose los dedos con la salsa de las croquetas.

            —Hacía años, más de veinte que no me pasaba y hoy he tenido la misma sensación…

            Entonces le conté que había conocido a una chica que me había encantado y que en la conversación me había animado a experimentar con mujeres, dejando un poquito lo conocido, al igual que había hecho ella —se había descubierto pansexual—. Su pareja charlaba con nosotras y asentía contenta por haber conseguido conquistarla, aunque reconoció que le había costado lo suyo superar todas las barreras de creencias y dudas de la morena exótica. Pero como ambas estaban trabajando en Bruselas, lejos del pueblo, se habían dejado llevar alcanzando la dicha del amor correspondido. ¡Y tan felices!

            Mi amigo ya se estaba relamiendo, pues todos conocemos la archiconocida fantasía de un varón con dos mujeres, pero yo lo ignoré y proseguí con mi reflexión cargada de etanol.

            Cuando era estudiante tuve la oportunidad de tener alguna experiencia con mujeres pero mi condición de heterosauria en ciernes lo evitó frontalmente, de forma que ahora solo puedo “hablar” y escribir sobre el tema sin experiencia alguna.

            —No son pocas las veces que un hombre me ha propuesto hacer un trio, con otra mujer — aclaré — , experiencia que nunca me ha atraído lo más mínimo y menos si la pareja es “pareja”. En fin, que no soy persona de compartir mis intimidades. Pero fíjate, algo que me gustaría —si me lo propusieran— sería hacer un trio con esa pareja de chicas tan majas.

            Imaginaba un encuentro tierno, placentero, cómodo.

            Él asintió. Desde luego yo no había descubierto la coca-cola con esa fantasía pero aquello le recordó algo:

            —Te entiendo perfectamente. Yo me confieso lesbiano.

            Me reí, ¡qué comentario más típico!

            —En serio, en serio….

            —Explícate… si no es más allá de que te gustan tanto las mujeres que te equiparas a una mujer lesbiana.

            —No, no es eso… La cuestión es que cuando conozco a una mujer, y ella me interesa especialmente, comienzo a transformarme o a empaparme, o como si de repente fuera ella… adopto su situación, comienzo a sentir como propios todas sus emociones, todas las cosas que le pasan: problemas con un jefe, no renovación del contrato, horas extras, hijos adolescentes malcriados, conflictos con el ex… cualquier circunstancia que les pasa es como si me pasara a mí. Empatizo hasta tal punto que todo me afecta. Y cuanto más intimo con ella, más me pasa. Y si además me enamoro, sigo existiendo en mi cuerpo, pero como si fuera una matrioska rusa se me añade una capa-muñeca y siento la rabia, el rencor, el cariño, la ternura… todo como si fuera ella.

            Me sorprendió. Sabiendo que se ha enamorado al menos tres veces en su vida, le dije:

            —Es como si hubieras vivido varias vidas. Aunque no creo que las lesbianas se transformen en sus novias. Eso es literatura tuya.

            —No —me contesto—, si no solo es eso. Es que, además, como sabes, solo tengo amigas y solo con ellas paso el tiempo a gusto. Con los hombres me aburro mucho, sus conversaciones son banales a no ser que también sean escritores, ¡y no todos!

            Estaba un poco mareada de tanto estar sentada y le propuse ir a bailar (y a tomar un copazo).

            Encontramos un pub tempranero, estábamos prácticamente solos y nos pusimos a bailar mientras continuaba con sus argumentos.

            —Soy lesbiano porque para mí el mundo se podría conformar solo por mujeres, estar con mujeres, hablar con mujeres, tener sexo con mujeres…. No necesito a los hombres para nada.

            —Claro, sólo tú de macho en una isla desierta repleta de mujeres. ¡Un gran heterosaurio! —le espeté.

            Se rió.

            —Sí, también, ¡un heterosaurio lesbiano del copón!

            Qué chorradas se dicen con los colegas cuando estás charlando. Pero que ratitos de terapia con solo el coste de las copas y la resaca del día siguiente nos llevamos con ellos.

            Al día siguiente de una juerga charlamos siempre para animarnos del mal cuerpo por la bebida y extrapolamos los mejores momentos.

            Me aclaró que el término lesbiano lo acuñó el fabuloso escritor Juan Luis Sampedro en su novela “El amante lesbiano”.

            Texto que he estado leyendo esta semana y que recomiendo para seguir avanzando en esto de lo que es el amor propio y el amor ajeno. Además comparto una de sus frases:

» ¿acaso no nacemos todos de los abrazos de nuestros padres?… Ya irás comprobando que aquí las hipocresías y los tapujos se desmoronan ante la fuerza de los hechos. Y los hechos son mucho más variados y complejos que los dos comportamientos sexuales únicos permitidos por la cultura oficial: el macho y la hembra, cada uno de ellos heterosexual cien por cien sin resquicios, encarnando respectivamente el poder y la sumisión. Pero por mucho que todas las demás variantes sean declaradas perversiones, la vida en la naturaleza sigue produciendo los casos y matices más diversos… «

           En ese camino de búsqueda se encuentra esta heterosauria que os desea la mejor de las suertes.

Capítulo 2 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

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