Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

cita en el TINDER

Cuando sabes que tu ex ha pasado página, ha terminado el último capítulo de vuestra historia y, además, ha lanzado el libro por la ventana…

            Es durillo.

            En mi caso me di cuenta en el trágico-patético momento de intercambiar los objetos personales: neceser de maquillaje caro —que no quieres desperdiciar por más que tu orgullo lo lanzaría también por la ventana—, ropa recién planchada todavía oliendo al suavizante de la casa, la maleta de viajante heredada de su abuelo —un objeto de valor sentimental—… En definitiva, los despojos del desguace que, antes todos juntos en armonía, conformaban un hogar. Como he dicho antes, no mola.

            Y más cuando tú estás mal, y te das cuenta de que la otra persona ya tiene puestos los ojos en el horizonte, expectante ante el alivio de que por fin terminó el rosario de reproches y tiene ante sí la ansiada libertad para poder intimar —o sea, restregarse bien con otra con unos tacones bien altos—, mientras que tú eres las zapatillas gastadas de ir por casa.

            Una (y uno, aquí el género es lo de menos si el chicle que compartías ha explotado en tus narices) ha de arremeter con todas sus energías para hinchar el ego fundido en negro a otra cosa más esperanzadora.

            Hay quien se encierra en casa y se esconde en un armario relamiéndose las heridas, también quien tira de la chorvo-agenda-del-pasado buscando un consuelo rápido. Cada uno con su estrategia… Pero hoy por hoy, con solo compartir el perfil de Facebook en modo facetinder se abren ante ti bastantes opciones para pasar los sábados y peor, los domingos por la tarde… que, tras las rupturas, se hacen eternos.

            Nuestra heterosauria ha optado por esta opción cuando ya había vaciado el último vagón-basura de los bajos fondos de Netflix, Filmin, HBO y el prime Video. Más por aburrimiento que por necesidad. En esta ocasión fue la protagonista de la aventura, y no solo una mera espectadora de las series de factoría.

            Sin compartirla no hubiera sido lo mismo.

            Ella tiene la suerte de tener una hermana cinco años menor que ha sido madre hace tres meses, por lo que anda todo el día con su bebota en brazos, enganchada a la teta y saliendo solo para pasearla en el carro o para ir a la farmacia y comprobar que la preciosa va cogiendo los gramos que le corresponden.

            Es muy bella la maternidad, pero nadie me negará que una entra en modo hámster dentro de una rueda pues la rutina es extrema y todos los días son los de la marmota. Así que, mis matches en el faceTinder y el detalle de las bondades de mis contactos le da más vidilla a ella que a mí misma.

            Hablo de mi hermana porque tuvo mucho que ver con mi primera cita. Tanto entusiasmo tenía que decidió maquillarme y yo, ilusa, me dejé. Como teníamos dos horas entre toma y toma mientras mi sobrina dormía, arrampló con todos los polvos, cremas, brillos y dorados que hacía siglos que no utilizaba. Ella parecía orgullosa de su obra con mi cara como un lienzo. Yo me miré al espejo. Nos habíamos pasado un poco… pero bueno. Pensé que en un rato la piel absorbería lo sobrante y estaría más natural.

            Media hora más tarde, pintada como una puerta del todo a cien, me planté en la cafetería donde había quedado con mi cita. Un hombre de mi edad, delgado, alto y de ojos marrones. Yo ya sabía que no me iba a gustar mucho físicamente, porque como ya conté en la entrega de “Mi amigo lesbiano” el físico que me atrae es el de un hombre turco de ojos claros, así que ni yo misma me creo mis expectativas y paso de ellas. Con que el chico estuviera bien físicamente, pasaríamos a la parte más química y biológica, que en realidad era la necesidad que tenía.

            Solo verme, el tipo dio un respingo.

            Creo que doy bien en las fotos, pero vaya decepción. Desde luego, todo el contexto que había imaginado alrededor de mi imagen digital se le cayó por debajo de la sombra de los pies.

            Yo no di un respingo porque mis expectativas eran bajas, pero él distaba años luz de las fotos photosopinas que me había enviado. Su cara transparentaba y tenía legañas desde el lagrimal hasta la última pestaña, además de un cuerpo flaco, flaco en forma de «L al revés». Me dijo que había dormido poco y justificó sus ojerones.

            La cuestión es que coincidimos en tomar una ración de tortilla de patatas y una coca-cola en la misma cafetería. Era obvio, solo un aperitivo y cada uno a su casa. Sin mediar palabra, lo dijimos todo.

            Sin embargo, el tema dio un vuelco al cabo de diez minutos porque el hombre “L al revés”, me dijo que al día siguiente corría la media maratón y debía de cuidarse y no podía comer mucho, así que mientras seguíamos charlando me comí la ración de tortilla con pan yo sola.  Casualidades, los dos habíamos visitado países orientales comunes. Es más, él había vivido en ellos, con lo cual captó mi interés… Sabía mucho de Japón, Corea del sur, China, Nepal… había trabajado en una farmacéutica como comercial en todas ellas. Y como por lo menos teníamos conversación y ya estábamos allí, me propuso ir a un coreano cercano. Cuál fue mi sorpresa cuando llamó por teléfono e hizo la reserva en coreano: “annyeong joh-eun ohu, in-yong teibeul?”[1]

            Me explicó que hablaba varios idiomas: alemán, italiano, inglés, chino, japonés, y un poco de coreano… el suficiente para entenderse con el maître al que conocía porque era cliente habitual.

            Por lo menos comeremos diferente y aprenderé cosas que no sabía, me dije.

            Cuando llegamos nos sentamos en una mesa para dos con velitas. La heterosauria muñeca-pepona y el intrigante hombre «con forma de L invertida».

            Y ahí empezó el espectáculo.

            Pedimos solo para mí porque él debía cuidarse para la media maratón, y no exagero si digo que su físico era el del espíritu de un chupachup, de tan delgado y cabezón. Unas cuantas calorías no le hubieran ido mal, pensé.

            Así que en la mesa con velitas para dos me sirvieron las delicias coreanas con palillos: al menos tres entrantes. Yo quería probarlo todo.

            Quizá en algún instante pensé que aquella cita “como cita” se podía restaurar, como un cuadro antiguo, pero fue muy breve porque me lancé a la comida mientras él hablaba, y hablaba, y hablaba…

            Me contó todas las nacionalidades de las novias que había tenido, desde la Pekín hasta Nueva York recorriendo el globo. El tipo había dado la vuelta al mundo como pareja en serie. Y claro, había tenido a sus pies toda clase de perfiles que no se cortó en detallarme. Un Willy Fog del amor.

            Después entró en su faceta de deportista con todos los títulos, récords y dificultades sobrellevadas que también me relató: maratón, tenis, fútbol, hockey y lo que más me sorprendió: rugby. A este chico lo destrozarían en cualquier entrada a puerta con lo «armario de tres puertas» que suelen ser este tipo de jugadores.

            La cita ya se fue al carajo cuando me reconoció que su facilidad para los deportes venía por una cualidad genética heredada de su madre: su corazón batía a 30 latidos por minuto. Ni Indurain, ni Phelps, ni Nadal, ni…. el dios que lo parió.

            Esta fue la parte de la conversación que más nos despelotó a mi y a mi hermana cuando volví a casa después del café.

            Supongo que, por sufrida, optó por invitarme. Después, lánguido, caminando como un fantasma me acompañó al coche: «estamos en contacto». Yo no dije nada.

            Con su bebé en brazos concluimos que aquel hombre —pasaba de los cincuenta larguitos—, esperaba una chica erasmus quince años menor que yo para proseguir con sus viajes en formato monógamo en serie por el mundo.

            Y claro, yo ya llevo mucho en el barrio como para aparentar otra cosa más que lo que soy y peor si voy pintada como una barbi de extrarradio.

            Mientras analizábamos la jugada revisamos su perfil. Y ¡Guau! Solo un minuto después de acercarme al coche, el tipo había eliminado fulminantemente nuestro match. Y yo que había intentado justificar lo de los 30 latidos por minuto a mi hermana… Me había lanzado a la ventana sin compasión.

            En definitiva, esta ha sido la primera y última cita de esta heterosauria. De momento ha optado por pasar este sapo sola porque, para escribir anécdotas divertidas es útil, para sentirse más sola también. Pero el desahogo sigue encontrándolo con su sobrina-bebé o en una reunión entre amigos, un limongello espirituoso, o una fideuá de foie y pato, que es casi mejor que un polvo.

            Casi.


[1] Hola, buenas tardes, ¿mesa para dos?

Capítulo 3 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

Capítulos anteriores:

Capítulo 1: Diarios de una heterosauria

Capítulo 2: Mi amigo lesbiano

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