Diarios de una Heterosauria

Diarios de una Heterosauria

Amores platónicos

Hoy ronroneo como mi gata. Ella lo hace si la acaricio, y yo, siendo más imaginativa, soy capaz de hacerlo con solo la promesa de un achuchón. Mi mente navega, mar allende, hacia los brazos de mi oculista convertido en marinero. No le supongo un amor en cada puerto, pues satisfecho, yo lo atraco cada vez que su barco amarra en mi cama.

Bien puedo pasar este sábado tan caluroso, bailando las piernas enfrente de mí, recreándome como decía la canción: «No mueras posibilidad»…

            Entre penumbras, repaso con mi mente cada detalle de la visita, me regodeo. Mi compañera del curro me había recomendado a este ‘dios del amor’ como oftalmólogo después de varios días con una conjuntivitis persistente. Tenía los ojos como dos huevos duros, lagrimeando constantemente. Pensé al principio que, por una alergia, pero luego, María José, insistió en que debía ser una infección que solo podía empeorar. «Deberías ir a mi especialista», me insistió. Además, ella tenía influencias pues allí iban su marido y su prole compuesta por cuatro retoños, todo varones. María José en busca de la niña se había quedado ciega, ¡cómo no advertirme!

            La consulta era nueva, en un barrio de las afueras donde todavía no hay comercios y por ese motivo quizá estuvo tan solícito, pensé. No, prefiero especular que la conexión que sentí fue recíproca.

            Él mismo abrió la puerta para entrar en la consulta y no tuve que esperar. Ante mí un espécimen de homo sapiens varón que me sacaba la cabeza, con una espalda en forma de triángulo isósceles y sendas efes marcando las clavículas de hombro a hombro, empuñaduras de los brazos de marinero que mencioné antes. Mi instinto arácnido dirigió mis ojos acuosos a las manos, fuertes, sin anillos. Parecía un actor de una película de piratas.  Distaba de estar lampiño. A sus ojos rasgados del color de la miel, le acompañaban unas cejas tigreñas y un mentón portentoso con la barba hisper de moda, recortada en punta. Lucía un pelo entrecano, todavía ensortijado. Calculé unos 40 años.

            Me sonrió. «Soy el doctor Haron Yilmaz» , dijo alargando la mano para estrechar la mía. Yo asentí. Más que un pirata, parecía un actor de serie turca.

            Se dirigió hacia el escritorio con una mano en el bolsillo e hizo un grácil ademán para que me sentara.

Obedecí.

            «Usted me dirá».

            El usted me sentó como una aguja clavada entre las sienes, pero no perdí la compostura.

            «Me duelen los ojos», le dije, señalándolos por si no los encontraba, ¡qué tonta!

            «Déjeme verlos. Pero antes le pondré unas gotas para dilatarle las pupilas».

            Tragué saliva pues se levantó y sin mediar palabra plantó sus partes a diez centímetros de mi nariz y me cogió de la barbilla suavemente. Después se inclinó sobre mí para dejar caer las gotas en los iris de mis ojos. Noté cómo se aceleraba mi corazón, recé para que no se notara, pero mis orejas ya estaban calientes y creo que rojas.

            Aquello duró diez segundos. Luego se apartó con el mismo descaro con el que se había acercado. Cogió el oftalmoscopio y se lo puso en el ojo. Acto seguido, como si fuera a besarme se acercó a menos de un palmo de mi cara y se inclinó sobre mis ojos, podía respirar sus exhalaciones.

            «Tiene usted un color de iris poco común por estas latitudes», me dijo.

            «Son de color esmeralda», exageré, «herencia de mi abuela. Mi talismán de la suerte», le dije cambiando mi expresión a otra más coqueta con los ojos entrecerrados. Incliné el óvalo de mi cara a tres cuartos, como las artistas.

            «Ahora esperaremos diez minutos hasta que los ojos dilaten. Puede esperarse en la sala de espera, si así lo desea». El doctor Haron tenía una voz sensual, de locutor de radio, con un acento difícil de descifrar.

            «No se preocupe, aquí estoy bien». Hice un gesto ridículo como si tuviera miedo de caerme y me clavé a la silla delante de su escritorio. Esta táctica de mujer desvalida —por las gotas de los ojos— proviene de la doncella que desea ser rescatada, cada vez más en desuso, supongo. Me salió sin pensar.

            Le miraba con disimulo, después a mi alrededor, curioseando la estancia, pero cada vez veía más borroso. Sin embargo, pude acreditar que uno de los diplomas estaba en lenguaje cursivo árabe junto a otro con la homologación en castellano y la bandera de la UE.

            «Tengo una amiga con la carrera de obstetricia en Colombia a la que le está costando horrores homologar su titulación en España», mentí, «veo que usted si lo consiguió…»

            Levantó la vista de sus papeles y me miró fijamente.

            «Sí, aunque yo me saqué el título en Francia, soy de origen francés de la zona de Burdeos, pero mi apellido es turco, por mi padre. Soy oftalmólogo en Turquía, Francia, España y cualquier país europeo».

            «Ahhhhh», aclaré, «Debe de ser usted muy inteligente.» ¡Arrrrg, en serio dije eso?!

            «Son años de estudio y preparación», me contestó.

            Quise preguntarle que le había traído a España, si tenía hijos, si tenía pareja, cuál era su canción favorita, su tipo de restaurante, su sueño de la infancia, qué opinaba de la guerra de Ucrania, y sobre toda la maldad y la bondad de este mundo, si sabía que era un agujero negro o una estrella de neutrones, pero antes de abalanzarme ante mi propio ridículo, me dijo: «Ya han pasado los diez minutos», y me señaló un aparato donde podía sentarme.

            «Ahí le podré sacar las medidas biométricas mejor».

            Me senté. Él se acercó con la mano izquierda en el bolsillo. Parecía caminar en una pasarela. La mano derecha la usó para acomodar mi barbilla a la sujeción de metal y me pidió que mirara al frente.

            «Avíseme cuando vea una lucecita al fondo».

            Él se sentó justo, enfrente de mí.

            Yo le decía, «si, si, si», cuando la lucecita blanca aparecía y él susurraba: «mmmhhh, mmmhhh, mmmhhh».

            Durante unos segundos se acercó tanto que su rodilla rozó la mía en al menos tres ocasiones. Yo me estremecí cada vez.

            Dudaba si se habría dado o cuenta o no cuando me dijo.

            «Está usted sana como una manzana. Póngase estas gotas durante una semana y sus ojos recuperaran la acuosidad correcta. Los tiene un poco secos. Debería de hacer ejercicios de cerrar y abrir los párpados para que sus ojos se humedezcan y por supuesto llevar gafas de sol. El calor de Madrid es muy seco y sus ojos verdes, tan claros, necesitan de cuidados especiales».

            Otra parte de mi cuerpo también necesitaba de cuidados especiales, pero no me atreví a decirle qué mi entrepierna se había humedecido como la coca-cola.

            Después de rememorar la visita en la cama varias veces, por fin me he levantado pues debía hacer la compra de la semana en el súper y llevar el coche al lavadero.

            Pocos placeres nos quedan a los adultos tan sencillos como estar dentro del coche mientras la máquina avanza el vehículo y lanza los chorros de jabón. Tras unos minutos dentro del coche he vuelto a dejar volar la imaginación. Canturreaba “Ya no me atrevo” de Estopa pensando en mi oculista y me he distraído. La cuestión es que he acabado como un caniche en una fiesta de la espuma… El despiste por las hormiguillas en el estómago me ha hecho olvidar cerrar la ventanilla del piloto y me he puesto perdida, completamente empapada.

            Cuando he salido no me lamentaba de esto. ¡Así es el amor! Sino del hecho de que, al estar curada ya no tenía ninguna excusa alguna para visitar de nuevo a mi oculista.

            Iba barajando opciones mientras hacía la compra, después de limpiar el estropicio del coche y de pasar por casa para cambiarme. La presbicia, aunque suene a vieja, no me ha llegado todavía. Fui tan miope de pequeña que se me está retrasando. Aquellas gafas de vidrio a los seis años, alguna ventaja ha traído…

            Sin embargo, el amor encuentra sus caminos. Aunque sea por vericuetos cuestionables.

            Iba yo cargada con siete bolsas de comidas y productos de limpieza por el parking del supermercado hacia mi flamante coche cuando cogí el manojo de llaves del bolso. Soy un poco canija, pero a veces me vengo arriba y me creo superwoman, así que, sin dejar el peso de las siete bolsas en el suelo, procedí a sacar la llave del coche del manojo.

            No sé cómo ha sido, pero he resbalado un poco y la cacho llave del coche se ha metido de lleno en mi ojo derecho por la parte de la sierra. Literalmente, casi me saco el globo del ojo, con iris y todo. Rápidamente he comprobado en el espejo retrovisor que todo seguía ahí y que el estropicio se limitaba a una mancha roja en el lagrimal. Miré al techo del parking, agradecida.

            Tenía una excusa, ¡y de urgencias!

            Dejé la compra en casa y le llamé intentando simular preocupación. Porque con tantas batallas ganadas y perdidas en la vida, una rojez en el ojo no me quita el sueño, lo garantizo.

            «Quizá debí ir a las urgencias del hospital», me excusé.

            «No, por favor, mire si alguna amiga puede traerla y yo chequearé que todo está en su sitio. Así me quedo más tranquilo. Estoy cerca de la consulta. Llegaré en diez minutos».

            ¿Cómo decirle que podía conducir sin dificultad?

            «María José está muy liada con los niños. Mejor me cojo un taxi».

            «De acuerdo, le espero allí».

            Elegí un vestido corte estilo Marilyn, años 50, de color rojo y unas zapatillas converse blancas para darme altura, arreglada pero informal. Ir a la peluquería hubiera sido un exceso y no tenía tiempo, pero cuando me duché, usé el gel bueno de olor a coco. Me depilé y extendí mi aceite de aloe con hierbabuena por todo el cuerpo. Opté por dejarme el pelo suelto. El rojo del vestido clamaba de un labial rojo pasión, pero aquello hubiera sido pasarse, así que tuve una idea. Me puse un lápiz cremoso bermellón y lo retiré suavemente con un trocito de algodón húmedo. Un “como que sí, pero como que no”. Faltaban los ojos. El derecho estaba ligeramente a la virulé y no vi apropiado ponerme máscara de pestañas ni rimmel, pero sí una línea suave de color verde, para resaltar el color de mis ojos.

            Con todo, me gasté treinta euros en el taxi para llegar al extrarradio donde estaba la consulta.

            Cuando llegué, él estaba fuera, esta vez vestido con un vaquero y una camiseta amarilla de pico. Distinguí algunos pelitos que salían de su pecho. Me puse a cien.

            Dispuesta para no dejar escapar esta ocasión, me encaminé a la puerta donde estaba él sonriendo con los brazos abiertos. Esperando.

            Efectivamente, como yo había imaginado, aquella conexión no había estado solo en mi cabeza.

                                                                       ***

            Veinte segundos bastaron para dar con todo al traste. ¡Menudo bajón!

            Detrás de mí, una joven con un yihab azul clarito, pizpireta, llevaba un niño de cinco años en dirección a la consulta. El niño impaciente, soltó a su madre y saltó a los brazos del oculista.

            Me malhumoré la verdad, pero supe estar a la altura y aguanté el chaparrón por mi descuido con la llave y el tiempo que tardó en escribir las recetas. No le conté la aventura del lavadero de coches. Y la verdad, tampoco era tan guapo.

            Por lo general soy una persona austera. Pero reconozco el subidón que da pillar una ganga en el corte inglés y decidí no terminar mi sábado de aquella manera.

            El domingo tenía planeada una ruta de senderismo con mi grupo de montaña y me dirigí a la sección de deportes.

            Entre todas las piezas, un polo desmangado azul llamó mi atención. Me pareció ideal para los barrancos y la escalada.

            Le pedí al dependiente uno de la talla S, porque el modelo era masculino, pero a mí me gustaba.

            «Quizá podamos ajustarlo», me indicó el señor.

            Yo asentí y me lo puse en el probador. Necesitaba de arreglos. Así que salí con esa facha en dirección al dependiente quien me esperaba con un kit de agujas y el hilo para embastar.

            Sería un hombre de sesenta años, pero conservaba su atractivo. Supuse que practicaría ciclismo u otro deporte de los que definen mucho el cuerpo. Al acercarse a mí noté que su torso parecía de acero. Me fijé y observé que se rapaba el pelo.

            Me cogió de la mano y me la levantó para agarrar los sobrantes del polo desmangado. Tocó mi costado de arriba abajo y después de abajo a arriba.

            «Está usted muy delgada, quizá le apetezcan otros modelos más adecuados a su figura»

            «Me gusta este, especialmente por el cuello. Como me crie con tres hermanos, siempre me ha gustado la ropa masculina», eso es verdad.

            A continuación, puso varias agujas entre sus labios, y cogiendo una a una fue colocándolas para ajustar el costado del polo azul a mi cuerpo. Parecía estar dibujando mi figura en un lienzo, cada vez que pasaba la aguja sentía una caricia y mi cuerpo se estremecía desde el cuello hasta el coxis. Aquello duró un buen rato. Me alegré al pensar que, una vez terminado el lado derecho, le quedaba todavía el lado izquierdo.

            A todas luces, es evidente que estoy canina y que mi cuerpo me está rogando un poco de intimidad humana. No puedo decir otra cosa, llevo meses sin sexo y esto hace que mis feromonas se disparen al mínimo indicio.

No lo veo mala señal. Significa que mi espíritu se mantiene joven y que todos mis sistemas funcionan perfectamente. Es evidente que el próximo sábado iré a por otro polo desmangado, pero en esta ocasión, lo elegiré de color verde, verde esperanza ;).

Capítulo 6 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.

Otros capítulos:

Capítulo1: Diarios de una Heterosauria:

Capítulo 2: Mi amigo lesbiano

Entrega #2: Mi amigo lesbiano

Capítulo 3 : Cita en el Tinder: ¡la heterosauria va de caza!

Entrega #3: cita en Tinder: ¡la heterosauria se va de caza!

Capítulo 4: ¡¡La heterosauria pilla cacho!!

Capítulo 5: Viaje al interior.

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