Día de paseo

Día de paseo

Germán se levanta renqueando, la cama lo mata, pero la artrosis todavía más. Aún no sabe cómo ha logrado sobrevivir a la dura estación invernal, pero sobre todo a la muerte de su mujer. Quién le iba a decir que lo que inició para sacar un clavo con otro se iba a convertir en cuarenta años de convivencia y hasta en una ausencia lacerante. Oye a Laura, la chica de la limpieza, trastear en la cocina. ¡Ea, fuera ya los malos humores! Hoy es mi día de asueto, me voy a pasear, se dice. Se asea. Desayuna. Y acicalado como un pincel, coge la gabardina y el bastón. A punto de salir, recomienda a la mujer que cierre bien la puerta antes de marcharse. Deambula por las calles sin rumbo fijo como tanto otros días hasta que, sin darse cuenta, llega a la plaza de Sevilla. Acaba de comprar el periódico y está deseando sentarse a leerlo. Distraído con esta idea, se acomoda en el primer banco que ve libre. Se repantiga, cierra los ojos y durante unos minutos disfruta de la tibieza solar reinante. Pero la curiosidad le acucia por leer las noticias políticas del momento y pronto abre El País para sumergirse en los titulares. Al cabo de un rato, cierra el diario de un manotazo. ¡Serán meapilas! ¿Qué quieren matarnos?  

— Germán que tienes una salud delicada, cuídate y no te tomes disgustos. Búscate compañía o algún amigo para charlar— le dice su médico.

Pero él es más bien solitario. Por inercia mira a su alrededor y descubre en otro banco a un joven leyendo un libro. Algo en su aspecto le resulta familiar, intenta recordar de qué y no logra situarlo. Al poco, el joven se levanta. Al pasar cerca de Germán, él puede leer el título del libro que el otro lleva bajo el brazo Antología Poética de Antonio Machado ¡Cuánto disfrutaron él y Maruja con la serenidad de esa poesía! Germán tarda unos segundos en reaccionar y luego, como un autómata, empieza a seguir discretamente al hombre a la velocidad que sus pies se lo permiten.

Se adentran en el barrio.  Al pasar de una calle a otra se queda paralizado. El escenario es una vía de los años cincuenta, apenas hay coches. Se ven numerosos carros y caballos. La ciudad de pronto ha cobrado un ambiente rural. La mayor parte de la población va vestida con ropas de colores oscuros. Se respira una atmósfera de tristeza y contención. Germán tiene que pararse para tranquilizar su corazón. El joven también se para a hablar con una muchacha. ¡No puede ser, es mi Ascensión! Se queda estupefacto. Entonces, ¿el chico es, es…? tartamudea Germán.

Vuelven la esquina y allí enfrente aparece firme y sólida la casa familiar donde vivió cerca de veinticinco años. Estaba convencido de que hacía más de tres décadas que fue demolida. El joven levanta el llamador. Sale a abrir Sole, la hermana menor, cuando era una niña larguirucha y espigada de unos trece años. Sonríe a su hermano y este a modo de saludo le da un tirón de coletas. Germán siente que brota en él el mismo regocijo travieso y cariñoso de cuando la hacía rabiar.  La chiquilla comienza a protestar. Al oír la algarabía una mujer, aún joven y vistosa sale con las mangas remangadas, y secándose en el delantal empieza a increparlo. El muchacho la toma de las manos y, juga que te juega, le estampa repetidos besos en la cara que la deja desarmada y feliz.

Germán está atónito sabe exactamente lo que va a ocurrir a continuación. La madre va a entregar al joven una nota. Él va a subir a grandes zancadas la escalera porque desea leerla a solas, aunque no sabe el dolor que le espera.

 Aquella misiva cambió de modo radical su vida.  Su novia y él habían planeado pasar el verano juntos. Ella había terminado el curso, pero él tenía que preparar todavía el examen de Estado. De un día para otro, Maruja le escribió diciéndole que su padre de ninguna manera consentía en que se quedase sola en la ciudad. La familia se iba a pasar las vacaciones al pueblo. Era la hija mayor y tenía el deber de acompañarlos. A los dos meses volvió comprometida con un señorito aldeano, aunque rico. Germán aún siente en su corazón la herida y la decepción. Se encerró en sí mismo y se volvió un ser insociable.

Ascensión era una pariente lejana. No tenía gran belleza, pero la suplía con su paciencia y dulzura. A fuerza de verse, el roce hizo el cariño. No la pasión. Él terminó los estudios y ejerció de médico en diversas aldeas y pueblos hasta que consiguió plaza en la capital. Tuvieron tres hijos, una vida tranquila y sencilla. Deseó muchas veces ver de nuevo a su antigua novia. Nunca reunió fuerzas suficientes para intentarlo. Se sumió voluntariamente en la mentira en que se había refugiado por cobardía, comodidad y rutina.

Sin embargo, para su sorpresa, ahora ve salir al joven con expresión risueña. Recorre con pasos rápidos y alegres unos metros hasta encontrarse con una esplendorosa muchacha que se precipita en sus brazos. Se besan y entrelazados y alborozados llaman de nuevo a la puerta de la casa. La madre de Germán los recibe con los brazos abiertos y la bonita muchacha la besa con cariño.

Germán se tambalea y busca apoyo en la pared. Como puede, se arrastra hasta el bar más cercano. Al verlo entrar el camarero le dice:

—¿Qué tiene? ¡Ni que hubiese visto fantasmas!

—No es nada, se me pasará en cuanto descanse un rato.

Al cabo de unos minutos, dos jóvenes entran conversando y sonrientes. El dueño se dirige al chico y exclama:

—¡Hombre ya era hora de que te dejases ver!

—Venimos a darte la noticia: nos casamos para San Miguel.

Germán palidece. Ese fue el día en que él tenía planeada su boda con Maruja. Confundido, no puede evitar mirarlos con detenimiento. Se siente mal, apenas las piernas le sostienen. Vacilante se levanta. Al pasar a la altura de la pareja los observa con detenimiento, luego inclina la cabeza y en un murmullo musita:

—¡Enhorabuena! Les deseo que tengan buena vida. Tal vez sea mejor que la mía.

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