Lost in translation. Eva G.Guerrero

Bob susurra en mi oído todas esas palabras almacenadas mientras me abraza, y mi consciencia, colmada hasta los topes, solo se apercibe de lo alto que es. Me mira sonriendo, besa mi frente, mi boca, mis ojos… ‹‹ ¡Qué alto es!››…, mis lágrimas. Se está alejando entre la gente. Dejaré de distinguirlo en unos instantes, cuando la marea humana lo absorba, lo confunda con un caminante más. Este marco de edificios, de torres alineadas con sus neones, pantallas y letreros luminosos en movimiento, este hipnótico deambular de ríos de japoneses y turistas presurosos ya no envolverá más mi soledad.

De pronto se gira, sus ojos me encuentran sin problemas mientras camina de espaldas, sin miedo a chocarse con ningún obstáculo. Sigue pintada la sonrisa en su rostro maduro y me doy cuenta de que yo también sonrío. Son sus palabras que aún cosquillean en mis oídos… Ya no está. Yo también he de irme, soy una chica que empieza a saber qué quiere de la vida.

—Estoy perdida,  ¿tiene arreglo?

Estamos en la habitación de Bob. Él abre los ojos y mira al techo. Yo me arrebujo de lado sobre el cubre de la cama, hace un poco de frío, amanece un nuevo día nublado.

Cuanto más sabes quién eres y lo que eres, menos te afectan las cosas.

—Es que aún no sé lo que quiero ser…

—Ya lo averiguarás. No te preocupes por eso. Sigue escribiendo.

—Pero es que soy mala— insisto.

Eso es lo bueno.

Cierro los ojos y aspiro profundo, los dedos de Bob acarician levemente uno de mis pies. Tal vez ahora pueda dormir.

Debimos pedir una habitación triple. El insomnio se cuela cada noche en la habitación del hotel y se acomoda en mi lado de la cama, entre John y yo. Respira tan fuerte que esa cadencia es lo único real a estas alturas. A estas alturas la ciudad sigue despierta, los cristales la muestran luminosa y parpadeante… Luminosa, parpadeante  y lejana. Me visto y subo al bar. Ese actor cincuentón, Bob Harris, está de nuevo en el mismo sitio en la barra. ¿Hay algo más desamparado que un tipo bebiendo solo en la barra de un bar?

¿Qué haces en Tokio? —le pregunto

Un par de cosas. Descanso de mi esposa, olvido el cumpleaños de mi hijo y recibo dos millones de dólares por promocionar un whisky cuando podría estar haciendo una obra de teatro en algún lado.

 

He de salir de este bar, de este hotel, de esta ciudad y de este país, como propone Bob, un plan de fuga de presos. ¡Escapemos! ¡Hagamos las maletas!

He probado con el Ikebana, he visitado los templos, los jardines de Kioto. Llevo demasiadas horas encerrada esperando a John.  Nos conformamos con salir del hotel hacia la noche de Tokio. Nuestro primer destino: Shibuya. Huimos de la discoteca corriendo alborotados y sin rumbo en medio de la calle, esquivando el tráfico, pero los chicos nos recogen en un taxi y acabamos en un Karaoke aéreo en el que Bob destroza «More than this» de Roxy Music y más tarde apoyo mi cabeza cubierta con una peluca rosa sobre su hombro. No hay lugar para el remordimiento en este mundo extraño.

No volvamos aquí jamás, porque nunca será tan divertido.

—Lo que tú digas, tú mandas— dice Bob.

Le devuelvo su chaqueta en el hall del hotel antes de que se marche. Le rodea la comitiva nipona con la que se entiende a base de inclinaciones de cabeza. No quiero marcharme, me dijo. No lo hagas. Quédate conmigo, formaremos un grupo de jazz.

Creí que nos habíamos conocido en el bar pero él aseguró que le sonreí en el ascensor el primer día de su estancia. Fue una sonrisa amable y cariñosa.

Quizá regrese. Descansar de la vida, hacer las maletas y escapar de vez en cuando antes de volver.

 

LOST IN TRANSLATION

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