Tanto cielo por volar de Marisa Alemany

Tanto cielo por volar de Marisa Alemany

Persiste este frío piel adentro. Ni las ventanas abiertas cediendo el paso al bochorno del poniente, ni estos ridículos calcetines, consiguen deshelar los carámbanos de congoja que alojan mi cuerpo desde hace meses.

          En parte por despiste, en parte por llamar su atención, he olvidado cerrarlas. Son las tres y media de la tarde y el calor preña cada rincón de nuestra casa de verano, con la mordida implacable de la canícula.

          «No hay donde meterse», le escucho cuchichear desde la única habitación de la casa orientada al este, la estancia con las mejores vistas al valle.

          Yo niego la evidencia con mi silencio y sigo fregando los cacharros.           Mientras escucho cómo se desploma sobre la cama, fijo mi atención en el celaje de la cocina que da a la plaza. Pasan niños en fila, ataviados con bañadores de colores y toallas enrolladas al cuello. Se dirigen a la piscina municipal domados por una suerte de monitora que, a mis ojos, parece tan niña como ellos. Hace mucho que no distingo si una joven tiene doce, quince o veinticinco años. Todas me parecen muy bellas.

          Las observo embelesada, aunque el cristal refleja una mueca de desagrado delante de ningún testigo. Es por culpa de ese tufillo grasiento de la lasaña que persiste por la casa. Ese olor pringoso siempre me ha resultado desagradable. Pero es su comida favorita y comprar los ingredientes y cocinarlo durante toda la mañana, ha sido mi obsequio de hoy, aunque no sea un plato de temporada. Carmen, la tendera, me ha servido la carne picada y las verduras, «pimiento verde no, a mi marido no le gusta». Ella se ha reído, conoce las manías de José Luis tanto como yo misma. No en vano, fueron compañeros de colegio. Yo, sin embargo, sólo hace veinte años que veraneo en este pueblo.

          Desde el inicio del verano, en un vano intento de salvar este naufragio, cada día rescato un tesoro. Sintonizo canciones de Serrat en la radio, coloco sobre la cómoda del salón, con medido descuido, fotos de nuestro viaje a la India. ¡Qué tristeza en el alma! ¡Qué frío! Ni una sola vez ha alzado la mirada del plato para clavar sus ojos de hielo en los míos y mañana es el último día de agosto.

          Hoy al amanecer, las nubes poblaban el cielo y el sol parecía amedrentado detrás de ellas. La ligera bajada de temperaturas me ha animado a arrimarme a su lado de la cama. Pero, como siempre, él me ha apartado de un manotazo inconsciente: «¡qué calor me das!» La serpiente gélida y viscosa instalada en mi columna vertebral se ha deslizado victoriosa hasta mi pescuezo. Ese desprecio me ha permitido destilar unas lágrimas, y la tibieza de su labranza por mis mejillas, me ha dado cierto de consuelo. Él ha seguido durmiendo, impasible.

          A media tarde ya teníamos todo empaquetado. José Luis es tan ordenado que es él quien dirige diligente esta tarea cuando nos vamos y cuando volvemos. Le gusta decidir qué nos llevamos y qué se queda.  Con sólo un dedo y un gesto me da las indicaciones. Y yo ejecuto cada orden con la sabiduría que ofrece la rutina. Se nota que disfruta vaciando la alacena de los productos perecederos, desconectando la nevera y quitando los plomos de la casa, pero yo siento el estómago encogido. Sé que este es nuestro último verano juntos.

          Sólo una llamada inesperada interrumpe la mudanza estival. La vibración de su móvil repiquetea sobre el mueble del entrador. Yo no puedo evitar mirar de reojo el número que parpadea. Es el mismo de siempre que ahora disimula ignorar, como si no estuviera sonando, como si el móvil fuera invisible, como cuando yo soy invisible.     

        «Tanto cielo por volar y yo enamorada de una jaula.»

Relato de Marisa Alemany publicado en la antología “Las cuatro estaciones” de Valencia escribe.

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