La herida

LA HERIDA

 

El amor huyó como un pájaro fugaz, en su lugar la decepción ocupó un gran vacío. Nuestra vida constituía un hueco enorme hecho de palabras ofensivas; de silencios llenos de gritos amordazados; de exabruptos a los que yo callaba a fuerza de rencores macerados en amargura repetida, de estallidos de cólera imprevista.

Hubo un tiempo de jóvenes enamorados en el que nos bebimos el uno al otro como dulce hechizo. ¡Efímera felicidad!

Pronto llegó la violencia. Me tomaba sin preguntar. Sin permiso fue mi dueño. Me convirtió en una piltrafa vestida con el disfraz de su celo. Retraerme en casa como en una cárcel, fue mi destino. Días, semanas, años de resistencia porque los hijos no vieran, no sufrieran.

Quise poner tierra de por medio, pero me buscó como animal enfurecido. Y con mayor brutalidad me humilló, me pegó, me vejó.

De nuevo, horas de lenta agonía. La familia callada por no inmiscuirse en cosas de pareja.

Tomaba mi abnegación como desafío. Gritábamos, nos peleábamos. Terminaba colérico y me pegaba con saña. Un día me armé de valor y lo denuncié. Le pusieron como condena alejarse de mí, sin embargo, podía ver a los niños. Una tarde aprovechó, pegó fuego a la casa y la quemó con ellos dentro. Me teñí de negro luto. Me impuse llevarlo por la inocencia de mis hijos, por la indiferencia de la familia y amigos, y por él que olvidó, de tanto quererme a su marera, amarme de verdad.

Hoy, a pesar de los malos recuerdos que pueblan mi mente y de los golpes que antes marcaron mi cuerpo, quiero renacer a la vida.

 

Ana Lozano Cantó

Añadir comentario