Arrugas en el tiempo

Arrugas en el tiempo

Arrugas en el tiempo

Manuela Fuentes abre su taquilla y deja caer el bolso dentro con un suspiro. La espera un día duro, uno más, con la sala repleta de pacientes. Recuerda entonces que esa mañana comienza la nueva residente, la que pidió incorporarse unos días más tarde. Al menos tendrá ayuda. ¿Cómo se llamaba la joven? María… ¿Martínez? ¿Rodríguez? Se trataba de un apellido común.  Lo tiene en la punta de la lengua. Menea la cabeza, insatisfecha con su mala memoria. Descuelga la bata de la percha y se la pone. Se mira en el espejo pegado a la parte de atrás de la puerta de la taquilla. Contempla las ojeras y arrugas cada vez más pronunciadas. Su mirada se desplaza al imán escudo del Bayern y a la foto de su hijo en un campo de fútbol alemán, con pantalones cortos, guantes de portero y un balón en la mano. Al ver la imagen desvaída, sonríe por primera vez. Es de hace un año. Tendría que cambiarla, pero le gusta la cara de felicidad que pone Migue en ella a pesar de la lluvia, de la ropa mojada, de las zapatillas embarradas… o gracias a ellas. La foto le permite rememorar viejos tiempos, llevándolo de colegio en colegio, yendo los sábados a los partidos. ¡Cuántas veces tuvo que curarle las rodillas tras lanzarse a parar un balón sobre una pista de cemento!

 

María sale de la ducha y se envuelve con la toalla del hospital. El rizo de algodón huele a eso, a desinfectante hospitalario, pero es lo que hay si quiere entrenar un rato antes de ir al trabajo y aprovechar hasta el último minuto. Se seca deprisa. Oye el chasquido de una taquilla al cerrarse, y ve a la doctora Fuentes, la famosa pediatra de neonatos, de la que dicen que ha salvado más niños que la penicilina. Hoy tiene que presentarse en su servicio para iniciar la rotación. Una golondrina revolotea en su estómago. Recuerda bien a Manuela, la madre de Migue. La encuentra bastante más mayor que la última vez que la vio. Se viste deprisa con el pijama blanco del hospital y sale tras ella. La alcanza justo antes de que llegue a la puerta del vestuario. «¿Manuela?», la toca en el hombro.

 

La chica morena de ojos verdes le resulta familiar. Manuela la observa: una invitación silenciosa a explicar por qué la ha detenido y la ha llamado por su nombre.

—Hola, soy María Sánchez, ¿me recuerdas?

—Así que era Sánchez. Sí, lo sé. Empezabas hoy la rotación conmigo. Si quieres, puedes acompañarme y vamos hablando de los objetivos docentes…

—No… Bueno, sí, vale. No te acuerdas de mí, ¿verdad?

—¿Debería? —El tiempo en su memoria se acumula, sufre arrugas y presenta manchas oscuras, como su piel.

—¿Cómo está Migue? —pregunta la joven.

En su mente se enciende una luz. Revive una escena que tenía almacenada en alguna neurona olvidadiza.

 

La niña tiene diez… once años. Es la única chica del equipo de fútbol del colegio. Y… ¡qué jugadora! Migue le da un pase largo desde portería, María sortea a un jugador contrario, luego a otro, y a otro, hasta que se planta sola delante del portero, que sale a la desesperada y la derriba. Se incorpora con decisión férrea en la mirada. Planta el balón y dispara fuerte una bola con efecto, que se cuela por toda la escuadra.

 

—¡María! Del colegio. Claro que me acuerdo de ti. Migue está bien, en la universidad de Múnich, con una beca. Y a ti, ¿cómo te va? Así que estudiaste medicina… ¿Sigues jugando al fútbol?

—Sí, así es. En parte pude estudiar lo que quise gracias al deporte de élite. —María levanta la bolsa de deporte medio abierta. Allí asoman dos punteras rojas desgastadas.

—Ah, ya veo. ¿Por qué no me lo cuentas por el camino?

 

Mientras charlan, María no comprende que Manuela haya olvidado… Es cierto que la mujer está mayor, pero es la doctora Fuentes. Recuerda que llegaba a todo: cuidaba de sus hijos, trabajaba, era una doctora famosa. De niña, quería ser como ella. Siempre le decía a Migue que por qué no estudiaba lo mismo que su madre, pero él quería estudiar matemáticas.

 

Manuela, en los escasos minutos libres que encuentran a lo largo de la mañana, le cuenta a María todo lo que ha hecho Migue durante los últimos diez años, incluyendo su última «gran idea»: jugar a fútbol en los pocos ratos libres que le deja su tesis. Le promete enseñarle la foto de la taquilla cuando vuelvan. También le da el email del chico, porque a María le gustaría retomar su amistad de niños.

—Ha sido por el fútbol por lo que me he incorporado más tarde a la rotación. Pedí un permiso especial. Tenía que jugar el mundial con la selección y… estuvimos más tiempo del previsto.

Manuela levanta los ojos del informe que estaba leyendo.

—Eso es buena señal, ¿no? ¿Cómo quedasteis?

—Ganamos.

—¿Y lo dices así, tan tranquila? Si fuerais los chicos, te pararía todo el hospital para darte la enhorabuena. Ven aquí. —Manuela la hace levantarse para darle un abrazo.

 

Es esa la mujer que recuerda de su infancia, la madre de su amigo que la ayudó a encontrar su camino. Pero ella al parecer no es consciente de ello.

—Tengo todo el rato la impresión de que quieres decirme algo —dice Manuela—. Si es por el retraso en incorporarte, no te preocupes. Recuperarás el tiempo perdido.

—No es eso —dice María—. No te acuerdas, ¿verdad?

—¿De qué debería acordarme?

—Gracias a ti continué con el fútbol. Mi madre pensaba que, siendo chica, era una pérdida de tiempo… Un día, mientras merendaba con Migue en tu casa, me dijiste: «Futbolista y médico, ¿por qué no? Si no lo intentas, nunca lo sabrás».

—Te copiaste mi frase preferida —dice Manuela. Sus arrugas se pronuncian. María ve en ellas la misma sonrisa cálida de siempre.

Imagen: Photo by Markus Spiske freeforcommercialuse.net from Pexels

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