DIARIO DE UNA EXPLORADORA por Marisa Alemany

DIARIO DE UNA EXPLORADORA por Marisa Alemany

I.

Mi nombre es Dalia Miles y han transcurrido veinticuatro horas desde que el doctor Cruzsanto del Centro de Neurociencia Biotecnológica alteró mi psique para siempre.

He cumplido treinta y dos años biológicos, aunque tras decenas de viajes relativistas, a ojos de un humano con una vida común soy mucho más vieja. No es así como me siento; todavía tengo mucho que ofrecer a la Sheldon&co. Por ese motivo, don Juan Antonio, miembro del comité de dirección y mi mentor desde que ingresé en la compañía, me ha ofrecido la oportunidad de acoplar un implante PatchOverBadEmotions a mi sistema límbico. Se trata de un implante que me permitirá controlar mis emociones, a la par que estará integrado con el sistema de control de la cápsula de exploración del nuevo planeta promesa del Quinto Sector ¥.145.B, denominado Iris3445u.

Según el doctor Cruzsanto, las respuestas de mi sistema emocional se malograron cuando mis padres, defensores acérrimos de que el cuerpo humano es un espacio donde la divinidad del universo se expresa por amor, decidieron prescindir de las avanzadas técnicas del momento para mejorar mis capacidades innatas. Yo llegué al mundo tal cual, de serie, con mis genomarcadores intactos. Flaco favor.

No dudo de sus buenas intenciones, pero por entonces la mayoría de niños ya disfrutaban de las ventajas de lucir figuras esbeltas, cuerpos de melaza y ojos de azules abisales. Mejoras evolutivas para facilitar la bioquímica del emparejamiento, al modo en que se cruzan los perros de raza. Mi amiga Janis Doll, por ejemplo, compartía con su novio unas clavículas perfectas en forma de ese itálica, cejas arqueadas trigueñas y un eximio porcentaje de grasa.

Si mis padres hubieran sobrevivido a aquel maldito virus de la difteria, yo habría crecido feliz en El Despertar Agreste, donde vivíamos con más familias de ideología afín. Un edén emplazado en un pequeño valle esculpido por un río tan generoso como impredecible; a veces colmado de truchas y esturiones para nuestro regocijo, a veces cargado de una ira tan tempestuosa que inexorablemente inundaba, año tras año, nuestras cabañas construidas con madera de abeto y mucho amor.

La muerte de mis padres grabó en mí una impronta de abandono tan intensa, que mi sistema límbico se estropeó para siempre. Antes del implante mis amígdalas recibían la información de otros seres humanos confusa y errónea. Técnicamente, mi amígdala cerebral, esas dos almendritas inofensivas conectadas a la glándula pituitaria, respondía con excesiva agresividad ante situaciones que con un cerebro emocional maduro habría resuelto de forma más asertiva.

Ojalá mis padres hubieran utilizado los métodos tradicionales de selección y acondicionamiento genético cuando era un pequeño embrión. Habría sido tan resiliente como mi trabajo de bioexploradora exige, y no hubiera roto la perfecta nariz griega del novio de Janis cuando saboteó mi ascenso dentro de la Sheldon&co. Pero eso ya es pasado.

El mecanismo es una prótesis engarzada a mi amígdala cerebral ―el centro de operaciones de mi cerebro emocional―, compuesta por millones de entrenados nanobios que ejercen como compuertas, controlando las entradas y salidas de mis señales sinápticas. Mediante su constante intervención, las respuestas negativas de mis emociones no afectan a mi sistema nervioso, incluso cuando mi mente evoca la trágica pérdida de mis padres o el abandono de Tolmüs.

Tolmüs. Menciono su nombre y no hay palpitaciones, ni se abate sobre mí esa ingrata sensación de vacío. Soy resiliente, adaptable, flexible. Ahora controlo esos recuerdos. Mi Patchi los mete en un bidón de agua glacial, los escarcha y rompe en añicos antes de que duelan.

Por fin podré testar el nuevo sistema de integración patentado por la Sheldon&co dentro de la cápsula BigHorizon. Con un nombre tan pionero como conmemorativo nada puede ir mal. Es un honor para mí integrar mi defectuoso cerebro con ella.

Además, gracias a mi implante, brindo funcionalidades que otros bioexploradores, por más mejoras genéticas que acumulen, no pueden ofrecer. Uhm… un pensamiento de onda negativa generado desde mi córtex cerebral que es interceptado por la interfaz de entrada de mi nuevo implante, bendito sea. Lo ha detenido. En el monitor de la BigHorizon lo puedo ver perfectamente, y la consecuente respuesta de ira no se ha producido.

Un día después de la implantación de mi Patchi ya he comprobado todas las conexiones y funcionan perfectamente. Consigo interactuar con los sistemas de control de la cápsula como si fuera un androide. Estamos integrados como si fuéramos un solo ser. Un ser perfecto. Además, podré utilizar toda la tecnología posible para comunicarme con los irisianos. Mi jefe conocerá de primera mano las particularidades de los seres que estamos estudiando y mi estado de ánimo conforme avanzo en mis investigaciones. Me congratula reconocer que don Juan Antonio valora muy positivamente mi indiscutible buena disposición.

Cuando sea lanzada al espacio e inicie el proceso de criogenización, mi expectación y ansia quedarán aletargadas hasta que la nave ronde la órbita del planeta Iris 3455u. Para entonces, Janis y su sedentaria prole estarán criando malvas.

II.

La nave de la Sheldon&Co ha lanzado la capsula BigHorizon, y mientras realiza la maniobra orbital de acercamiento dispongo de varias horas antes de que la cápsula alcance el planeta Iris 3455u. Según el programa, aterrizaré en una altiplanicie del extenso valle que acompaña al único río, del único continente del planeta. Mientras estudio los pocos datos que la sonda exploradora consiguió de los irisianos, una CTI ―Conexión Telemática Interestelar― interrumpe mi concentración.

―Doña Dalia Miles, ¡Enhorabuena!, ha permanecido dormida durante doscientos años terráqueos. Gracias a la acción de la criogenización ha experimentado un envejecimiento de sólo tres meses y dos días. Asombroso, doña Dalia, como siempre. La capacidad de su metabolismo para aceptar la criogenización es sorprendente.

―Don Juan Antonio, es un honor que me informe en persona de los próximos pasos de la misión. Observo que para usted tampoco ha pasado el tiempo. De hecho, no le había reconocido ―respondo sorprendida.

―Así es, doña Dalia Miles. Estoy convencido que la humandroización es la solución perfecta para abarcar todas las tareas que la Sheldon&Co me confía. Ya sabe usted que coordino decenas de proyectos a lo ancho y largo del universo conocido, con eones de espacio-tiempo entre unos y otros. No necesito dormir, ni envejezco. Le presento al humilde coordinador de bioexploración del Sexto Sector ¥.145.B del Universo Conocido, ¡yo mismo! ―dijo, seguido de una estruendosa carcajada―. Mi nuevo cuerpo va con el puesto.

Me sorprende que mi jefe haya optado por una solución tan drástica. Su voz suena a robot, e incluso sus ademanes parecen mecanizados. Supongo que se ha sustituido el cuerpo entero, incluso sus partes pudientes, pero opto por ser prudente y no hago ningún comentario.

—Su misión en Iris 3455u es la última que gestiono directamente. Me considero lo más parecido a un padre para usted. Tenía curiosidad, digo curiosidad, pero quiero decir «pre-o-cu-pa-ción», por conocer sus avances de primera mano.

Pese a su nuevo yo, me sigue molestando el innecesario tono familiar que utiliza para hablarme. Sobre todo porque conoce mi historia y mis más profundas emociones, lo que hace que esta exposición me irrite sobremanera. No obstante, mi Patchi sale victorioso y mi respuesta suena confiada y profesional.

—Estoy deseando comenzar el proceso de bioexploración cuanto antes.

—Me alegro, me alegro. Según los informes de la sonda exploradora, los irisianos se encuentran en un estado evolutivo muy preliminar, básico reptiliano, si me permite la comparación. Usted nos confirmará este punto. En ese caso, ya sabe que según el protocolo de la Sheldon&Co correspondería aplicar un procedimiento de Terraformación Express. Si es así, la misión terminará pronto, minimizaremos los costes y será todo un éxito.

―Por supuesto. Me encantará cumplir la misión y cubrir sus expectativas don Juan Antonio.

―Fabuloso, ¡ése es el espíritu! La sonda exploradora ha detectado que disponen de grandes cantidades de agua salina. La composición mineral de sus mares es muy especial. Especialmente adecuada para los problemas renales. El mercado potencial es muy amplio. En la actualidad contamos con más de medio billón de humanos repartidos por toda la galaxia, muchos de ellos enfermos por la baja calidad del agua en los planetas y satélites terraformados.

―Un quince por ciento más de población que cuando salí de Caronte. ―Conocía las previsiones de crecimiento, pero aun así la cifra me impacta. Casi puedo tocar el insondable abismo de distancia y tiempo que me separa de Caronte… y de Tolmüs, aunque para mí es como si hubiera sido ayer.

―Así es, y, por supuesto, ¡no todos pueden permitirse una humandroización como la mía!, o un maravilloso implante como el suyo. Como le he dicho, los problemas renales son extremadamente comunes, y esta agua podría ser una solución milagro. No sé si me explico.

―Me congratula saber que mi trabajo, si tiene éxito, servirá para ayudar a todas esas personas.

―¿«Si tiene éxito»? Prohibido utilizar el condicional. Doña Dalia Miles, tendrá é-xi-to. Se lo aseguro.

―Por supuesto, don Juan Antonio.

―Excelente, excelente. En unas semanas volveré a contactar con usted para revisar los resultados de su trabajo. Desgraciadamente, las conexiones CTI siguen siendo extremadamente caras. Como sabe, doblar el espacio para establecer una comunicación entre Caronte y la ubicación de nuestros bioexploradores requiere de una cantidad ingente de energía, y si no es necesario, prefiero ahorrársela a nuestra compañía. Confío en usted ―reitera.

No sabría explicar el qué exactamente, pero he apreciado algunos cambios en su expresión, más allá de la voz metálica y los ademanes robotizados. La humandroización, el ambicioso proyecto del doctor Cruzsanto cuando me marché, es ahora una realidad. La esencia de un ser humano, su ser más puro, su personalidad y sus recuerdos, trasladada a un cuerpo artificial, resistente, incluso bello.

No me importa, estoy preparada para la misión y estoy deseando conocer a los irisianos.

III.

Tolmüs. Torso cincelado, mentón de hierro y ojos del color de un bosque. Piernas torneadas, femeninas al tacto pero poderosas al paso. Sólo su recuerdo solía provocarme una contracción de intestinos. Ahora, mi Patchi parapeta hábilmente esta inoportuna respuesta parasimpática de mi sistema nervioso. Reconozco que mis gustos son pueriles y en cierta forma superficiales. Aunque no dispongo de un físico tan sugerente, me fascina la gallardía. Mi madre —en paz descanse―, diría que nací en el antiguo mes de mayo, al auspicio de la constelación del toro, cuyo regente es el planeta Venus, el planeta del amor a la belleza; de ahí mi debilidad. Bonita excusa. Sencillamente, mi bioquímica reacciona positivamente ante este perfil y, si el chico además sabe bailar y me hace reír, se me disparan las endorfinas como caballos desbocados.

La razón por la que él se enamoró de mí la desconozco. Quizá la rareza de mi cuerpo prismático ―como él lo describía―, ajeno a las soberbias curvas de amantes anteriores.

En realidad, y visto lo visto, jamás cumplí con sus mínimos de emparejamiento. Hijo de una genética preelaborada y post adaptada, resulta obvio que yo no cubría sus expectativas. Es normal que deseara estar con alguien de su misma condición.

Como consultor-asesor de la Sheldon&Co, él se dedicaba a visiocrear la arquitectura lógica de un planeta cuando un bioexplorador como yo finalizaba su trabajo. Nos conocimos durante el proceso de terraformación del planeta Vien88i, mi misión más importante hasta la fecha; un lugar con seres muy homogéneos entre sí, de piel tan áspera y escamosa como la de un armadillo.

Su piel de cocodrilo y su talante helvético les valió el sobrenombre de cocogermanos. Me sorprendieron muy gratamente sus arraigadas costumbres en torno al esfuerzo y el trabajo, alentadas probablemente por el clima inhóspito y helado en el que habían aprendido a sobrevivir. Sus reservas de oro, perfectamente alineadas en vetas accesibles a través de los cráteres del planeta, fueron del máximo interés para Sheldon&Co desde el principio de la misión. Fue entonces cuando mi actual jefe, don Juan Antonio Tolomando, me tomó bajo su tutelaje directo. Yo hice un buen trabajo, aunque reconozco que los cocogermanos me facilitaron mucho la tarea, pues pronto entendieron que la colonización a larga distancia que ejercía la Tierra les proporcionaría conocimientos tecnológicos a cambio de sus generosas entregas intergalácticas de oro. Como he dicho antes, ellos, de naturaleza austera, preferían nuestros materiales sintetizados, como el grafeno o el acero, más elaborados y resistentes.

Cuando finalicé mi tarea como bioexploradora, comenzó el proceso de visiocreación de Tomüs. Fue entonces cuando lo conocí, y comenzamos a interactuar. Resultaría una falsedad afirmar que nos llevó un tiempo conocernos. En realidad, desde el primer esbozo de su diseño yo quedé maravillada. Sólo era un boceto, pero yo supe apreciar en cada línea de su trazo un estilo recto y uniforme que inmediatamente encantó a los cocogermanos. Finalmente, el proceso de terraformación duró un total de dos años, lo mismo que nuestra relación. Después, Tomüs decidió colaborar con otras compañías para ampliar sus horizontes, ya que no deseaba ceñirse a los trabajos de Sheldon&Co, especializados en la explotación de colonias. Él aspiraba a mucho más, y mientras yo pagaba las facturas de nuestro apartamento en Caronte, inició una andadura en busca de su supraestilo visiocreador.

Esa decisión influyó sobremanera en nuestra relación. Resultaba obvio que mantener viajes relativistas descompasados nos alejaría para siempre; no sólo en el espacio, sino también en el tiempo.

Si bien Tomüs intentó menguar mi sensación de abandono mediante sutiles mentiras piadosas ―todos los terráqueos tenemos nociones básicas acerca de la dinámica de la psicoemocionalidad―, su pérdida desató en mí un proceso autodestructivo que culminó con demasiadas noches colgada de darma hasta las orejas y en un buen puñado de reacciones pendencieras, como aquella paliza que le propiné al novio de Janis. Evidentemente, una vida personal tan desordenada pronto me ocasionó problemas laborales.

De hecho, el proyecto para el planeta Orion-Ligis estuvo a punto de fracasar ―según explicitó don Juan Antonio en el informe final― por culpa de mi desenfoque personal. La ambición de los orionligianos era mucho mayor que la de cualquier especie aborigen de ningún planeta que hubiera bioexplorado. Deseaban todas las ventajas que Sheldon&Co podía ofrecerles en términos de medios, comunicaciones y tecnología, pero no estaban dispuestos a pagar el tributo colonizador. Los orionligianos eran expertos en el diagnóstico de enfermedades gracias a su sistema de reconocimiento epigenético. Estos seres disponían en sus retinas de lectores de los principales genomarcadores, capaces de detectar patologías de lo más diversas. Si eras un ser evolucionado a partir de proteínas convencionales codificadas por ADN, ellos conseguían diagnosticarte con sólo echarte un vistazo. Pese a la enorme ventaja evolutiva que nos hubiera supuesto, se negaron a proporcionarnos gametos de su especie con los que experimentar y así lograr reproducir su magia evolutiva en nuestros embriones preelaborados y preadaptados.

Aquel viaje había sido el definitivo. Orion-Ligis estaba a miles de decenas de años luz del lugar donde Tomüs buscaba su supraestilo visiocreador, en las lejanas Nubes de Magallanes.

Tras dos semanas de separación, habían transcurrido siglos en realidad. Por un conocido común supe que él ya había rehecho su vida y se había vuelto a enamorar de una mujer fascinante, tan preelaborada y tan post adaptada como él. Desgraciadamente, aquella información empeoró mi malestar y enturbió mi juicio.

Mientras mi corazón se descomponía, mi jefe me propuso la idea de secuestrar a uno de los orionligianos para obtener su jugo de ventaja evolutiva. Fue entonces cuando la compañía supo de mi desordenado estado emocional. En lugar de acatar su orden, sencilla, inteligente y necesaria, me negué taxativamente en pro de alguna especie de pensamiento ambiguo acerca de su corrección y legalidad que ahora no consigo reproducir.

Ante la desesperación de don Juan Antonio, que tanto había confiado en mí, no fui capaz de ejecutar aquella orden y me enviaron de vuelta a casa, en Caronte. Afortunadamente, la compañía sí se benefició del encuentro con los orionligianos ―el bioexplorador que me sustituyó hizo bien su trabajo―, y todo quedó entre mi jefe y yo.

Comprendió que mi desatino era fruto de un cúmulo de circunstancias que me habían convertido en una adicta a los recaptadores de serotonina, los inductores del sueño y otras drogas en general, y que debido a mi psique malograda en la infancia había perdido el control.

Mi mundo se había descompuesto, pero mi historial perfecto hasta el momento, mi entrega y, sobre todo, mi dedicación exclusiva a Sheldon&Co convencieron a don Juan Antonio de que valía la pena concederme una segunda oportunidad. Fue entonces cuando me presentó a don Cruzsanto y se ofreció a financiar parte del tratamiento con el Patchi.

Puedo confirmar que todos los indicadores del Cuadro de Mandos Integral de la capsula BigHorizon se han mantenido estables mientras recordaba mi historia con Tomüs. No he sentido ira, ni vacío, ni pérdida. El implante consigue anestesiar mis emociones.

IV.

Por fin he amerizado en la extensa desembocadura del río. Es sin duda el accidente fluvial de mayor extensión que he visto jamás. Su anchura abarca miles de kilómetros. No en vano, su abrupta cuenca proviene de la eclosión de dos plataformas continentales. Además del Orinoco ―utilizaré esta referencia mientras no averigüe qué sonido o localismo utilizan los aborígenes para referirse a él―, completa el paisaje una magnífica cordillera de picos escarpados. A su pie, un inmenso valle cubierto de selvas tropicales de hojarasca azulada se extiende hacia el sur. El resto del planeta Iris3455u, es un mar de agua cargada de minerales. Probablemente, la riqueza que tanto le interesa a don Tolomando proviene de esas majestuosas elevaciones que parecen proteger el nacimiento del río como un ave rapaz cobija a sus crías bajo sus alas.

La primera jornada la he pasado entre la frondosa vegetación que ribetea el delta del río, valorando todos las posibilidades de camuflaje para que la BigHorizon pase desapercibida. El planeta Iris3455u orbita un sistema binario, pero la luz que llega consigue que su variada botánica disponga de una suerte de proceso de fotosíntesis, similar al de nuestro planeta Tierra. Incluso, según nuestros cálculos, existe un ciclo estacional de cuatro etapas; aunque su ciclo circadiano es el doble del nuestro. No me importa porque estoy acostumbrada a mantener artificialmente mi ciclo del sueño.

Afortunadamente, la temperatura en la desembocadura del río es de unos agradables veinte grados, por lo que puedo salir con la versión primaveral de mi traje de exploradora. Siempre me alegro mucho cuando encuentro similitudes que facilitarán el proceso de terraformación.

Los puntitos centelleantes del mapa de calor que me ha conseguido la BigHorizon antes de amerizar me indican que los seres vivos del planeta se encuentran concentrados en los valles que bordean el exuberante cauce del Orinoco. A escasos diez kilómetros valle adentro he encontrado un amplio claro. En silencio y con la cámara en mano he podido observarlos sin riesgo a ser descubierta, oculta tras unos matojos. Justo en el punto que me indicaba el bendito mapa, una manada de pequeñas criaturas aspira con avidez entre la corta hierba; probablemente algún tipo de hongo. Utilizan una cánula que hace las veces de boca, ubicada en el centro de sus cuerpos-almendra. Son aterciopelados, grisáceos y brillan a la luz del sol. Ingieren el alimento y saltan a otro punto del claro mediante el efecto ventosa que les proporciona un órgano cartilaginoso, pegado a ras de su cuerpo. Saltan y saltan sin parar. Su agilidad y gracia me parece sorprendente, porque dentro del caos de extraños movimientos en zigzag, descubro cierto orden. No he visto chocar a ninguna criatura con otra en ningún momento. Probablemente los cuatro puntos como canicas que rodean su cánula sean órganos de percepción visual.

La figura de estas criaturas es similar a la de los irisianos que busco. Sin duda, comparten gran parte de su genética. Los irisianos, según las imágenes proporcionadas por la onda exploradora, disponen de un cuerpo-almendra similar, una cánula y los cuatro puntos en su centro, pero tienen ventosas cartilaginosas en los dos extremos de su  cuerpo bastante más grande, fuerte y estriado.

Inicio la grabación del momento para registrar el descubrimiento de la nueva especie; los bautizo como irigráciles, a la espera del nombre técnico que determine la Sheldon&Co o de algún localismo más auténtico.

He permanecido al menos tres horas observando cómo los irisgráciles recorren una y otra vez el espacio del claro, mientras realizan escuetas paradas para alimentarse. Me sorprende el desgaste energético de tal baile, pero no debo esperar mucho tiempo hasta comprender por qué estas pequeñas criaturas utilizan tal estrategia de alimentación.

De repente, las criaturas clasificadas por la onda exploratoria como irisianos saltan desde la oscuridad de la jungla hasta el círculo exterior del claro. Ni yo misma, ni la BigHorizon habíamos detectado que estaban al acecho. Son un total de ocho, erguidos sobre una de sus ventosas, perfectamente equidistantes entre sí. Ante su formación de ataque, los irisgráciles incrementan la velocidad de su zigzagueo en una suerte de histerismo colectivo.

Observo que el porte belicoso de los irisianos les imprime un aspecto humanoide. La disposición de los ochos agresores se transforma súbitamente en una torre acrobática en forma de campana, atrapando a un irisgrácil que ha tardado demasiado en saltar. Se han pegado entre sí, extendiendo sus dos ventosas como raíces, y lo han atrapado sin escapatoria.

A continuación, encaran sus cánulas y las introducen en el cuerpo del desafortunado irisgrácil. Succionan su interior hasta dejarlo caer como una uva reseca, momento en el que los irisianos desmontan la torre de un salto. Por fin, se retiran de forma fastuosa con tres acrobacias, hasta que desaparecen entre la espesura circundante.

Mis alarmas se disparan. Quizás mis interlocutores son demasiado primitivos y debería ser cauta con ellos. Tras visionar el ataque en varias ocasiones, y pese a la hermosura de sus saltos sincronizados, creo que se ha tratado de una acción de marcado territorial propia de criaturas en estados primitivos de evolución. Reconozco que un suave hormigueo de curiosidad me provoca un cosquilleo en el estómago.

V.

La excitación del encuentro con los irisianos y los pequeños irisgráciles me ha provocado problemas para conciliar el sueño. Sin embargo, mi implante no lo ha detectado como una emoción negativa y ha permitido que estos sentimientos fluyan sin barrera alguna. Se trata de una agitación diferente a la ansiedad que he sufrido durante los últimos meses.

Nada más despertarme he decidido salir a buscar un poblado de irisianos desde dentro de la BigHorizon, utilizando su función de nave deslizadora. Me ha llevado casi toda la mañana, pero por fin, a trescientos kilómetros en dirección a las montañas, he encontrado un asentamiento de irisianos en uno de los principales brazos del delta del río. Es tan ancho que no se aprecia la otra orilla.

Observo desde una distancia prudente que las construcciones son bastas, redondeadas y deliciosamente naturales. Su ornamentación con pámpanos, pétalos y hojarasca las dota de un aspecto acogedor y hospitalario. Demuestra cierta habilidad en el manejo de materias primas y en el uso de herramientas.

Al este de la aldea, un sendero de basalto y piedras calizas comunica el cauce secundario del río y la única entrada a la aldea. Las cabañas, distribuidas al tuntún, están cobijadas a la sombra de las frondosas copas de varios árboles, de follaje péndulo y elegante, unidos entre sí por lianas y enredaderas. Parece una pequeña e impenetrable selva de sauces llorones, cuyas ramas colgantes se abrazan entre sí formando una cerca natural, perfecta para ocultarme en mi labor de observación.

La corteza pardo oscura de sus troncos está finamente labrada con inscripciones y cenefas desde las raíces hasta las copas. Una suerte de cicatrices tatuadas con esmero con alguna simbología que soy incapaz de descifrar, aunque puedo apreciar que se trata de bosquejos rústicos de seres con la típica fisonomía que comparten los irisgráciles y los irisianos. El cuerpo de almendra, los cuatro puntos equidistantes en la parte superior y una cánula en el centro. Parecen árboles rituales, puesto que presentan ofrendas y ramas engarzadas conformando bonitas figuras geométricas en la base de sus imponentes troncos. Deduzco que son árboles-tótem. Lo cual me convence más acerca de la naturaleza evolucionada de estos seres.

En el centro del poblado varios irisianos parecen conversar emitiendo una suerte de pitidos, a una frecuencia tan alta que sólo la consigo apreciar gracias al sistema de percepción de la BigHorizon conectado a mi traje. Algunos de sus pequeños juegan como delfines entre las suaves olas que conforma la corriente del brazo del río.

De súbito, el pico de frecuencia de sus señales aumenta y sé que algo especial está aconteciendo. No he de esperar mucho tiempo hasta ver cómo ochos irisianos irrumpen en escena desde el interior de la jungla portando una cordada de lianas con irisgráciles vivos que inútilmente se revuelven intentando escapar.

El conjunto de irisianos del poblado se reúne en su centro y perfectamente coordinados se organizan en grupos de ocho e inician una danza sincronizada de brincos, piruetas y giros. Tras cada acrobacia parecen saludar, señalando al cielo con su cánula. Una preciosa exhibición que termina cuando cada conjunto se apiña en torno a un irisgrácil y sus bocas se dirigen hacia el cuerpecito aterciopelado y brillante. Tras la inevitable succión, uno a uno, los indefensos irisgráciles se desploman como cáscaras vacías sobre el musgo, que amortigua el golpe y el sonido hueco de su caída.

Una vez finalizado el festín, uno de los irisianos lanza una serie de pitidos de mayor frecuencia y potencia contra otro irisiano de tamaño menor. Es entonces cuando inician una reyerta, donde cada contrincante busca conectar la ventosa de su extremidad inferior con la ventosa superior del otro. Una pelea desigual desde el principio, pues el más grande ―al que he apodado Tippitop― tiene un cascarón visiblemente más resistente y unas ventosas más grandes y poderosas.

Me entristece observar que su comportamiento, pese a sus casas ornadas y su conocimiento del medio, se equipara al de animales básicos. Quizá don Juan Antonio esté en lo cierto.

Tras veinte minutos de acrobacias, el más pequeño cae exhausto y su contrincante lo somete bajo su pegajosa ventosa. Es evidente que Tippitop mantiene su hegemonía. Los chiflidos y zumbidos suben de tono. Vitorean al vencedor. Acto seguido, tres irisianos se aproximan al cuerpo-almendra del perdedor y para mi asombro inician un proceso de canibalismo, chupándolo con desaprensión y desapego. Una vez escurrido y enjugado, el nivel de los pitidos desciende y Tippitop carga el yerto cuerpo en su ventosa superior, hasta depositarlo en el interior de un chamizo a escasos cinco metros de mí, justo al pie del entramado de árboles que conforman el muro que cobija el poblado.

Sin duda, el acontecimiento requiere de una valoración minuciosa. Los pitidos han bajado su frecuencia, como si estuvieran afligidos después de tanta excitación. Desde la ribera del Orinoco hasta el chamizo, transportan agua en cubetas, de ventosa a ventosa, directamente extraída de la corriente. Me pregunto si su objetivo es hidratarlo hasta que recobre la vida. ¿Se trata de un ritual de duelo o de un intento de resurrección?

Tras media hora de riego continuo, Tippitop retira las cañas que conforman el chamizo. El cuerpo inerte está medio sumergido en un charco de agua fangosa. Dos irisianos cavan un agujero de un metro de profundidad y lo entierran sin más ceremonias ni miramientos bajo la tierra húmeda. Por fin, cada uno vuelve a lo suyo y el sepelio ha terminado.

Los puntos de polvo que conforman la atmósfera añil parecen suspendidos en la nada y el tiempo se ralentiza hasta casi detenerse.

Los más pequeños se han quedado inmóviles sobre su versátil ventosa, parados a la orilla del río. Un grupo de tres irisianos han alargado sus apéndices superiores e inferiores hasta quedarse adheridos, cuerpo a cuerpo. Solo Tippitop, a la fría sombra de las complejas ramificaciones y enredaderas de los sauces con inscripciones, permanece como custodio de su víctima sepultada. Las cuatro canicas que tiene por ojos brillan con mayor intensidad, y un sonido a modo de canto comienza a emanar de su cánula color oliva. El resto parece dormitar.

El sistema binario de Iris se mantiene imponente en su cénit; sus rayos de luz bañan el río que discurre sereno. Yo también me siento cansada, por lo que me dispongo a descansar unas horas. No obstante, decido dejar activados los sistemas de percepción de la BigHorizon para grabar todo lo que acontece.

He soñado con Tomüs. Estábamos preparando una cena para amigos comunes en nuestro apartamento de Caronte. Una jovencita y su cintura de avispa revolotean a nuestro alrededor. Conversa sobre banalidades que yo no escucho. Él parece no prestarle atención. Insiste en que probemos un té esencial de la Patagonia, macrobiótico, antioxidante y revitalizante. Tiene un cuerpo pequeño pero de hermosas proporciones y cabello leonado hasta los pies. La chica mantiene entre sus manos de colibrí una antigua y carísima Polaroid y me sigue hasta la cocina, el baño y mi dormitorio mientras inmortaliza cada instante. Ella insiste e insiste sobre lo interesante que es mi cuerpo prismático. Se sonríe al ver las instantáneas que imprime y por fin se calla.

Durante la cena muestra los hologramas estáticos a mis amigos y éstos se ríen sin disimulo. Tras cada burla, siento cómo mi cuerpo cristaliza y se endurece, impidiéndome gesticular. No puedo contestar a sus sarcasmos y bromas. Sólo soy una estatua de cuarzo transparente, espectadora de sus gestos y carcajadas.

No sé qué significa y, sinceramente, a estas alturas poco me importa. Aunque los sueños acontezcan en el mundo onírico de nuestro subconsciente, provocan las mismas reacciones en nuestro cerebro que si ocurrieran en la realidad. Si no fuera por mi bendito Patchi, este extraño sueño me hubiera provocado sudores fríos y un despertar con palpitaciones.

VI.

Diez días en este planeta y ya me siento como en casa. No es necesario consultar el cuadro de mandos de la BigHorizon para constatar lo óptimo de mis niveles de dopamina, serotonina y oxitocina.

Estoy deseando ver qué ha pasado tras el extraño sepelio, pero hasta ahora no había encontrado el momento. Hoy el poblado ha quedado desierto mientras yo dormía. ¿Dónde está Tippitop y el resto de irisianos? No se ve un alma.

Me ajusto el traje de bioexploración y programo una alarma con el sistema de escucha de la cápsula activado, por si vuelven. Cámara en mano, me dirijo al sendero de acceso a la aldea. No puedo evitar que el silbido del viento entre la espesura de la hiedra que rodea el poblado me sobrecoja, aunque no consigue intimidarme. Sin pensarlo dos veces, me dirijo a la tumba del malparado irisiano y me asomo sigilosa. Veo un brote verde que emerge del suelo, todavía húmedo. Es un tallo minúsculo con dos hojitas lanceoladas muy similares a las hojas de los árboles-tótem de las inscripciones. Necesito comprobar si es una simple casualidad. Con la mano derecha sostengo la cámara, mientras escarbo en la tierra con la izquierda, pero no consigo alcanzar ninguna superficie rugosa. En ese instante, el sistema de percepción de la capsula detecta unos silbidos que reproduce en mis cascos como un pitido atronador. Parece ser que los irisianos están de vuelta.

Compacto la tierra alrededor del tallo como puedo, pero con las prisas tropiezo y la cámara que cuelga de mi mano rompe una de sus ramitas. Maldigo en voz alta y salgo corriendo del chamizo en dirección a la cápsula. Sin duda, no es el momento adecuado para el primer encuentro.

VII.

Hoy es el día de la revisión del informe con don Juan Antonio después de siete semanas de bioexploración. Llueve mucho. Incluso protegida dentro de la cápsula puedo sentir la virulencia del viento rugiendo en el exterior. Los árboles parecen hablar. Los irisianos se cobijan en sus cabañas; apenas interceptamos señales inteligibles, si bien durante el tiempo que llevamos de bioexploración la BigHorizon ha conseguido aislar algunos patrones de pitidos que hemos relacionado con algunas acciones y emociones en un mapa conceptual. El sistema de percepción de la cápsula los escucha, los decodifica y puede expresarlos por el altavoz, así como codificarlos de nuevo. De esta forma puedo comunicarme con ellos bidireccionalmente.

―¡Descanso!

―Ira.

―Alegría.

―Comida Irisgrácil.

―Saludo y Agradecimiento.

―¡Llueve!

―Irisiano muerto.

―Árbol-tótem.

Lógicamente, queda mucho trabajo por hacer; sobre todo, horas de investigación y comunicación, aunque avanzamos con cierta celeridad. Para mi enorme satisfacción, ayer algunos irisianos se acercaron con curiosidad a la cápsula. Incluso Tippitop se atrevió a rozar su superficie con una de sus ventosas. Verlo tan cerca me emocionó mucho. Confieso que sentí como si adivinara mi presencia en su interior. Sus cuatro ojitos lanzaban pequeños destellos de inteligencia mientras aproximaba su cánula a la superficie metálica de la esfera. Entonces accioné el comando «Hola», imperceptible para mis oídos. Pero él o ella —todavía no he determinado sus géneros— reaccionó con un doble salto mortal y un largo pitido, parecido al concepto «alegría» pero no igual. Quizá signifique «sorpresa».

Tengo previsto salir de la cápsula en la próxima sesión. Estoy impaciente por iniciar el primer contacto físico con ellos.

La BigHorizon me avisa de que una conexión CTI está a punto de iniciarse. Ahora me doy cuenta de que no me he aseado en días, por lo que me aliso un poco el cabello y me retoco los labios. La imagen de don Juan Antonio Tolomando aparece en pantalla. Lo veo más trajeado de lo habitual y su sonrisa parece más postiza que nunca.

―Doña Dalia Miles, me congratula volver a hablar con usted. ¡Está usted impresionante!

—Se lo agradezco. En realidad llevo siete semanas de investigación sin mirarme a un espejo.

Nunca entenderé por qué siempre hace alguna referencia a mi físico antes de iniciar la conversación. Me pone muy nerviosa.

—He comprobado el historial de su Patchi y ahora estoy seguro de que era la mejor solución para usted. Su positivo estado de ánimo es en-vi-dia-ble.

Reconozco que tardaré mucho tiempo en quitarme el sambenito de inestable. Él sonríe, tan impertérrito como biónico. Me pregunto qué le queda de humano. Ese pensamiento cruza mi córtex a la velocidad del relámpago y un calor me rebulle en el estómago. Me pregunto por qué mi implante no ha detenido esta respuesta emocional. Ni siquiera el cuadro de mandos de la BigHorizon la señala como anómala.

―Don Juan Antonio, es cierto que me encuentro perfectamente. De hecho, no recuerdo nunca haber sido tan feliz. Esta misión, este planeta, tiene tantos misterios por resolver… Los irisianos son fascinantes y su mundo… ¿Ha tenido la oportunidad de leer los datos preliminares?

―Doña Dalia, ¡por supuesto! Son excelentes. ¡Fantásticos! Esta misión abre multitud de posibilidades para usted, para mí y para la Sheldon&Co.

―Así es ―le respondo. Mi convencimiento en las posibilidades de los irisianos es absoluta.

―Los datos son concluyentes. La compatibilidad de su atmósfera con la de la Tierra es in-me-jo-ra-ble, y aunque la vegetación es demasiado uniforme para mi gusto, dispone de agua, montañas y por tanto ofrece re-cur-sos. Todo un hallazgo para la Sheldon&Co, doña Dalia, y es usted la bioexploradora. Estará orgullosa. Su nombre aparecerá en las placas inaugurales del planeta cuando iniciemos su terraformación.

Su gesto de victoria aviva el fuego de mi estómago.

―Comparto con usted que el planeta posee infinitas posibilidades de explotación, pero creo que es necesario dedicar más tiempo al proceso de investigación de los irisianos. Tal y como le traslado en mi informe, hay todavía mucho que estudiar y aprender de este planeta.

―Veamos, doña Dalia. Usted apunta en su informe que se comportan como animales de manada y pun-to; y además, parece no comprender. Su trabajo como bioexploradora ha terminado. Los irisianos son seres sin inteligencia ni emotividad relevante, con los que no es posible negociar.

El muy bastardo sigue sonriendo.

―Por supuesto, si lo desea puede liderar como Jefe de Proyecto el proceso de terraformación express. Una carrera fulgurante, doña Dalia. Será ejemplo para todos los jóvenes que entren en la Sheldon&Co. Muchos de ellos, a buen seguro, inspirados por sus logros.

―Don Juan Antonio, necesito proseguir con la investigación. Tengo previsto contactar en persona con el líder del poblado en breve. Estamos muy cerca de iniciar la negociación. Además, es una especie asombrosa. Su ciclo de vida incluye una metamorfosis increíble…

»Sé que no le importa, pero le entretengo con los detalles del crecimiento del brote verde que casi malogré. Después de varios días, es ahora un espigado arbusto de medio metro, de forma similar a los árboles-tótem que rodean el poblado.

―Esa información es irrelevante. Piense que cuando usted vuelva a Caronte será recibida con todos los honores.

Sin duda alguna, comprendo que Don Juan Antonio es un androide sin alma, entregado a una empresa cuyo negocio es la expoliación, y que jamás me escuchará. Y decido ignorarle, por lo que establezco una conexión directa de la BigHorizon ―doblando el espacio-tiempo a mi voluntad― con el canal de comunicación global de la Sheldon&Co. Una frecuencia a la que están conectados todos los bioexploradores de la empresa.

―Insisto en que necesitamos más tiempo ―repito mientras paso la BigHorizon al modo manual.

―Pequeña y dulce Dalia… Solitaria y descentrada Dalia… Se imagina como sería su vida sin…

La amenaza velada se destapa con tal descaro que no me sorprende, pero sé que estoy a doscientos años luz de su poder, y mi Patchi se encuentra ahora sólo bajo mi control, en abierto y en directo para todo Caronte y el universo conocido.

—¡Esto es inadmisible, inaceptable, IN-TO-LE-RA-BLE!

Dentro de la BigHorizon no hay testigos, ni nadie que me controle. Abro el compartimento donde mi traje de bioexploradora clase primavera me espera. Me embuto en él con ansia. Acudo a la consola del cuadro de mandos de la nave, donde integro el lenguaje irisiano en el sistema de percepción móvil de mi traje y permito al canal global en abierto que pueda registrar todo lo que acontece. Hoy contactaré por primera vez con los irisianos.

Cuando salgo de la cápsula, la tormenta se ha convertido en una inocente llovizna. Los dos soles gemelos descienden hacia el horizonte austral, pero la radiante luz que emiten disminuye de súbito, eclipsados por un enorme y lúgubre nubarrón, preparado para descargar de nuevo de un momento a otro. El traje aumenta ligeramente la temperatura para aislarme de la gelidez exterior.

Para mi regocijo, a escasos metros de la BigHorizon una comitiva formada por Tippitop y otros siete irisianos me espera. Un agudo estremecimiento recorre cada fibra de mi cuerpo sin que mi Patchi haga nada por evitarlo.

―«Hola», «Irisiano».

El sistema de traducción móvil de mi traje convierte mis palabras en los pitidos de alta frecuencia que hemos descifrado. Ellos parecen entender y contestan con un largo pitido que nuestro recién estrenado vocabulario interpreta sin problemas

Han dicho «Alegría».

Esto funciona, lo sé. Mi excitación aumenta.

Sus cuerpos-almendra, poderosos y altivos, ejecutan una elegante pirueta sincronizada. Es el inicio de una hermosa danza ritual. Supongo que se trata de un baile de bienvenida. Alzan sus poderosas ventosas superiores como si fueran las astas de un ciervo, avivando mi expectación mientras brincan juguetones.

Tippitop se separa del grupo y el resto de irisianos se detiene en bloque. La lluvia arrecia de nuevo. Un extraño presentimiento me asalta. Como si el tiempo se detuviera, puedo apreciar las indivisibles gotas de agua suspendidas en el aire. Entonces el líder irisiano ejecuta un nuevo y definitivo salto. Su poderosa ventosa inferior se pliega al tomar impulso en mi dirección. Mis ojos aprecian el peligro pero no puedo moverme. Paralizada, cada instante parece una eternidad. Tippitop se ha aferrado a mi cabeza con fuerza, intento separarlo inútilmente de mí con mis brazos. Cuando caigo al suelo, con un golpe seco, siento que estoy totalmente inmovilizada por algún tipo de narcótico. Aun así puedo apreciar con nitidez la traducción de sus voces.

―«Árbol-Tótem». «Árbol-Tótem».

Antes de perder el conocimiento todos se lanzan contra mí e incrustan sus cánulas en mi piel, una y otra vez, atravesando sin dificultad la tela de mi traje. Cada punzada me causa un dolor insoportable, pero mi Patchi no lo detiene. Siento que desfallezco.

Epílogo

La grabación del extraño encuentro recorrió cada rincón del universo. Fueron centenares las interpretaciones que los más sesudos bioexploradores y etnólogos interestelares ofrecieron acerca del ataque a Dalia Miles por parte de aquellas criaturas. Algunos aseguraron que los irisianos habían atacado a la bioexploradora como una reacción de defensa territorial, otros matizaron que el ataque era fruto de su naturaleza belicosa, sin ningún objetivo concreto; incluso algunos consideraron que Dalia Miles podía oler de forma tan repulsiva que no la habían soportado. Todo eran conjeturas, ya que al morir la bioexploradora, la imagen emitida por el canal global de la Sheldon&Co había fundido en negro; la imagen de una compañía cuyo poder y credibilidad murió con su última bioexploradora.

La imprudencia de Dalia Miles no fue parapetada por su implante. El Doctor Cruzsanto justificó ante los medios que el Patchi, como amortiguador artificial de sus emociones negativas, no había censurado aquella imprudencia, ¡todo lo contrario! El implante había conseguido consolidar en ella, la confianza y perseverancia perdida en el limbo de una infancia desdichada. Aunque la osadía a veces, se cobraba su atrevimiento.

¿Pero qué le había ocurrido realmente a Dalia Miles?

El enigma se despejó cuando doscientos años-luz más tarde, un joven bioexplorador, hijo del reconocido visiocreador Tölmus de Gal, empleó su fortuna para alcanzar el planeta.

Justo en la última localización de coordinadas emitida por Dalia Miles,  encontró el cuerpo de la mujer, petrificado y engarzado entre otros árbol-tótem irisianos, constituyendo parte de una cerca natural que bordeaba un poblado de irisianos.

Sus pies, enraizados, se amarraban con firmeza a la tierra; sus piernas, erguidas y poderosas, se alzaban hasta su tronco, y los brazos se estiraban hacia el cielo de Iris iluminado por sus dos orbes dorados. Su piel estaba cubierta de musgo y flores autóctonas de cimbreantes sombras que se confundían entre el ramaje del resto de árboles-tótem del lugar.

El joven, en un impulso, intentó arrancarla de los brazos de aquellos árboles, pero cada vez que lo intentaba otro zarzillo crecía rápidamente para mantenerla unida al hermoso conjunto de aquella enredadera sin fin.

Pronto comprendió que nada podía hacer salvo proseguir con la labor iniciada por la bioexploradora; mediante el desarrollo una minuciosa investigación para comprender los secretos de esta nueva especie. Solo entonces, podría compartir con el resto de la humanidad si el final de Dalia Miles había sido un castigo despiadado, o un honorable acto de reconocimiento.

Aunque como bien sabía aquel joven, pudiera ser que estos conceptos ni siquiera existieran en el Quinto Sector ¥.145.B del universo conocido.

 

Fin

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