ESCUCHAR EL SILENCIO por Míriam Iriarte

ESCUCHAR EL SILENCIO por Míriam Iriarte

En el desván de su padre había un gato disecado con ojos de cristal.

Cuando Gonzalo era niño lo escuchaba maullar al otro lado de su habitación, durante la noche, mientras se secaba las lágrimas con una mano. La infancia en aquella masía había sido un infierno para él, sus terrores nocturnos siempre presagiaban un amanecer húmedo bajo las sábanas. A los diez años ya se había ganado el apodo del Mearra, a los catorce le recetaron ansiolíticos y un año después somníferos. Todo terminó cuando se trasladó a Madrid. El fantasma de aquel animal desapareció en la sierra donde vivió. Su padre se llamaba Florián y era taxidermista, cuando falleció donó todos los animales disecados al museo del ayuntamiento. Su único hijo heredó la masía. Gonzalo Pastor, número de colegiado 6423, abogado en un bufete de la plaza Tetuán y conocido en su pueblo como el Mearra.

Ahora sus dedos tiemblan al sostener aquel maldito gato.

—¡Sí, yo te maté!

Lo arroja al fondo de la caja y cierra la tapa. No puede evitar recordar a su madre sin que aquel gato le atormente. Siempre estaba con ella, en la siesta, en el huerto, en la cocina. Cuando Gonzalo tenía diez años lo metió en una lavadora y murió. Florián lo disecó poco después de coser aquella cartera verde. Su madre se enfadó muchísimo. Un día al anochecer, con el gato y una botella de anís, saltó desde el tejado y se reventó la cabeza.

—Mamá —gime Gonzalo—. Lo siento, fue culpa mía.

En un arranque de furia se muerde los nudillos y da puñetazos a la caja. Abre un bote que saca apresurado del bolsillo. Cinco o seis pastillas saltan fuera. Solo necesita una, solo una para controlar los nervios.

Siente movimiento dentro de la caja.

Gonzalo salta y choca contra un ciervo. Lo reconoce. Era el ciervo que Julio abatió en la cacería del 83. «Julito» le llamaron, sus astas de ocho puntas eran impresionantes y con ellas ganó una medalla. Cada cuerna pesaba siete kilos, todos los vecinos pasaron en procesión para admirar el trofeo y beber tinto de verano. Ahora aquellas astas brotan de su cabeza como huesos descarnados. Las telarañas cuelgan desde sus ocho puntas y envuelven la testuz en una mortaja polvorienta.

Fue el único ciervo que Florián disecó de cuerpo entero.

Decía que lo merecía. Decía que tenía una gran cornamenta. «Julito» fue la última palabra que su madre pronunció antes de morir, y los vecinos más chismosos sabían que no se refería precisamente al ciervo. Gonzalo escuchó a su padre llamarla puta y zorra, la golpeó y ella subió al tejado para saltar después con el gato y su botella de anís.

Una rata asoma el hocico junto a las cajas.

Gonzalo lanza un grito.

—Soy un Mearra, un Mearra estúpido… ¡Mira tu monstruo!

El roedor desaparece s que dormitans vacas son lultos cementerioa al viento. Se detiene en seco, con la cabeza ladeada. Escucha el murmullo lejano deentre los embalajes.

Sus uñas arañan el suelo.

Es ese sonido.

Como dientes rotos.

Como el ronquido de una garganta abierta.

Cuando era niño escuchaba aquellos manotazos con sus uñas arañando los tablones. Sacudía los brazos mientras Florián lo desollaba en el molino. «Está muerto» le decía «no te asustes». Su padre cubrió de plástico el suelo y la pared, preparó con la rueda de afilar sus cuchillos y Gonzalo le ayudó a limpiar la sangre.

El bueno de Julio.

Su cuerpo colgaba como un cerdo en el matadero.

Gonzalo se acurruca entre los plásticos de embalar. Solo tenía diez años. Recuerda que Florián descuartizó el cadáver, recuerda que ocultó los huesos dentro del ciervo disecado. Cantaba «Juliojulito, tengo un secretito» mientras lo desollaba. Cosió su piel. Hizo una cartera que tiñó de verde. Por la noche Florián se sentaba en el salón y la frotaba con sebo de caballo. Después miraba a su esposa. Sus ojos brillaban entonces, turbios y oscuros como una poza en invierno. «Ya te tocará, ya» le susurraba «Un día de estos…»

Gonzalo aprieta las mandíbulas.

Todos dicen que tiene la sonrisa de Julio.

Toma una pastilla de Lorazepam. Respira hondo, despacio, como siempre hacía en las terapias grupales. Allí  los pacientes se sentaban en círculo, cerraban los ojos y luego contaban sus experiencias entre apretones de manos y abrazos. Una gilipollez. Traga dos pastillas más. Los rostros de sus compañeros se deforman y caminan a cuatro patas y les crecen colmillos. Es hora de cenar. Los cerdos engullen la carne de Julio. Siempre le regalaba libros. Le decía que se marchara de allí. Que estudiara en la universidad. Que fuera letrado.

—¡No, noooo… ¡

Gonzalo lanza el bote contra la pared.

Debe terminar con aquello.

Ha venido para empaquetar los trofeos de caza. Los mandará al museo y pondrá en venta la casona. Jamás regresará al pueblo, jamás volverán a llamarle Mearra. Saca tres listados de una carpeta y lee con voz pastosa.

—Siete trofeos de corzo, cinco de muflón, tres de gamo y doce de ciervo. Todos ellos enmarcados en madera de roble y con tallas heráldicas.

Gonzalo hace una pausa.

La letra de su padre es tan retorcida como su espíritu.

—Dos trofeos de jabalí, cinco pieles de lobo, siete zorros, tres faisanes sobre una peana y dos parejas de perdices.

Cambia de listado y continua.

—Cinco gallos, tres ocas, una paloma, cuatro conejos y nueve hurones.

Con la última línea se atraganta.

—Una ardilla y el gato de mi difunta esposa.

La mayoría de los animales ya están en cajas con bolas de naftalina. Faltan los más grandes por envolver en plástico de burbujas. Odia el plástico, odia su sonido al estallar como palomitas en el microondas.

Pero debe hacerlo.

Gonzalo arrastra un rollo de plástico tan alto como él. Pesa demasiado, sus rodillas tiemblan. Lo apoya contra la pared y rebusca en los bolsillos hasta encontrar la navaja. Pero algo sucede, algo que no debería, algo que le causa terror en su estado más puro. Se apaga la luz. Se queda paralizado en la oscuridad.

La navaja cae de sus manos.

Escucha un tintineo a sus espaldas y siente movimiento.

Contiene la respiración, camina a ciegas, tropieza con una caja, con unos cuernos, con una piel acartonada. Fuera el viento aúlla como lobos del infierno.

Encuentra el interruptor y lo pulsa a manotazos.

Clic-clac-clic.

Los fusibles han saltado.

Baja por las escaleras con una mano en la pared y otra en la barandilla. Los escalones crujen a su paso, tropieza, un candelabro rueda con el estruendo de una cacerolada. Gonzalo busca nervioso el bote de Lorazepam. Arriba, en el desván, siente los estallidos del plástico de burbujas.

Llega al comedor envuelto en penumbra.

La chimenea es un agujero negro, las cortinas telarañas deshilachadas. Todo está cubierto por sábanas blancas. Mira hacia el sofá. Una sombra se despereza entre los cojines. No puede ser, está muerto, está disecado. El brillo de sus ojos camina hacia él. Maúlla. Gonzalo retrocede con la boca desencajada en un grito silencioso. Tantea por la pared hasta alcanzar una alacena. Abre cajones y vitrinas, caen al suelo platos y cubiertos.

—Es un gato. Todos son iguales. Se ha metido en la casa. Eso es. Tengo que racionalizar. Eso es. Tranquilo Mearra.

Los dedos le tiemblan cuando encuentra la linterna; apunta hacia el sofá, la chimenea, el suelo, la pared. Lanza un grito. Sobre la mesa ve la silueta inmóvil de un gato negro. Gonzalo se acerca despacio.

Tiene ojos de cristal.

—Putas pastillas. Tranquilo Mearra. No es nada. Termina tu trabajo y vete.

Cloc-clac, cloc-clac.

Desde el desván llega el eco de unas pisadas que brincan escaleras abajo. Gonzalo corre hacia la entrada. La luz amarillenta de su linterna parpadea cuando llega al recibidor. Registra el armario, arranca cajones. Una lluvia de cartuchos rueda por el suelo. Se guarda un puñado. Carga la escopeta de su padre.

—Tranquilo —se dice—. El generador está en el taller. Tienes la llave y una linterna. Es fácil. Lo has hecho mil veces.

Gonzalo siente movimiento en la oscuridad. Siente el crujido de las baldosas al ser pisadas. Más fuerte cada vez, más cerca, más rápido.

Cloc-clac, cloc-clac.

Se cuelga la escopeta al hombro y abre la puerta.

Abandona deprisa la masía. No quiere mirar atrás. No quiere pero mira. La ventana del desván está rota y asoma una cornamenta. Debió caerse contra el cristal, en lo precipitado de su huida, saltando escaleras abajo. Es un cobarde. Todo el pueblo lo sabe. Llora por las noches y se orina en la cama.

Gonzalo corre por el prado que lo separa del taller. Allí encontrará los fusibles y pronto terminará con su encargo. Regresará a Madrid, a su loft en Bravo Murillo, al humo gris, al asfalto y al ruido. Sobre todo al ruido.

El silencio le pone nervioso.

Es una noche sin luna ni estrellas.

Avanza envuelto en su viejo anorak mientras piensa en Madrid, en la Golera, donde juega al mus cuando sale de trabajar. Allí las bravas saben mejor. Acelera el paso, linterna en mano y escopeta al hombro. Sube por una cuesta que no recuerda tan empinada ni accidentada. Se detiene. La masía queda a su derecha, silenciosa y oculta entre los árboles. Pero debería estar a su izquierda. Quizás aquello sea el almacén del Quesero, el nieto de Aurelia, o la granja de vacas. No está seguro.

Escucha algo. Algo que susurra en su oído con aliento de muerto.

Una mole oscura camina tras él.

Sus pisadas retumban como una piedra de moler grano. Como huesos rotos, triturados, aplastados por una maza. Como sangre salpicada y dientes destrozados.

Crunch-crunch-crunch.

Gonzalo cae de rodillas.

—¡Yo no quería!

La correa de su escopeta se suelta, el cañón resbala sobre su muslo y se le escurre de la mano. La sostiene de nuevo, temblando, con dedos húmedos.

—¡No, no quería!

En el otoño del 83 el vientre de Julio reventó.

Se esparció por el taller de Florián en una aspersión roja.

Gonzalo sacude la cabeza para arrancar aquella imagen de sus retinas. No lo consigue. Aprieta con demasiada fuerza la escopeta y el disparo estalla en sus oídos. Aquel día Gonzalo también apretó el gatillo.

Algunas vacas huyen lejos.

Los mugidos se pierden en la noche.

Julio también mugió mientras se retorcía en un charco de sangre, después los cerdos se lo comieron. Gonzalo mira confuso hacia los dedos de su pie. El Lorazepam aturde su mente. Una mancha oscura crece sobre la tierra. Dolor.

—¡Ayudadme! —algunos perros asustados ladran desde las lindes—. ¡Me he disparado en el pie! Esto es una broma. Una puta broma…

Crunch-crunch.

La mole oscura se detiene.

Alza la testuz y Gonzalo reconoce la silueta de un ciervo.

—¡Julito… Julio! ¡Yo no fui! —su voz tiembla—. Me obligó Florián, puso la escopeta en mis manos, ¡pero yo no quería!

Gonzalo se incorpora y cojea hacia el bosque. Choca contra árboles y malezas, contra troncos negros que emergen retorcidos. La luz de su linterna brinca arriba y abajo. El ciervo trota tras él, por la derecha, por la izquierda, delante a veces. Gonzalo gira y da vueltas. Toma una senda, más despejada, menos tortuosa. Huele a moho y humedad, a hojas muertas que crujen bajo sus pies. Deja manchas de sangre. Se detiene. Escucha el eco de aquellas pisadas, siempre detrás, todo este tiempo incluso en Madrid. Cuando pasea por sus calles. Cuando come. Cuando respira. Cuando trabaja. Siempre. Siempre detrás.

Se detiene, se abraza a un árbol.

Cloc-clac.

Gonzalo emprende una nueva carrera. Arrastra un pie. La linterna se apaga. Siente la mirada de aquella bestia, en la oscuridad, entre los árboles. Camina hacia él. Gonzalo retiene la respiración. Ve una sombra. Ve movimiento. Escucha las cuernas que se frotan contra los árboles. Escucha su propia respiración agitada. Sacude la linterna. Sus manos tiemblan. Siente un gemido. Siente murmullos. Golpea la linterna contra el árbol y cae al suelo. Las pilas saltan a la noche. Gonzalo se lleva una mano al pecho. No puede respirar, no puede gritar, no puede correr. Las lágrimas gotean por su barbilla.

— Dispara —dice su padre— ¡Dispara ya!

Gonzalo coge la escopeta y obedece.

A lo lejos la corteza de un roble salta en pedazos. Ve un gato con ojos de cristal. Ve a su madre que salta, desde un árbol, para estrellarse contra las rocas. Siente un crujido a su derecha y un susurro por detrás. Las ramas se cierran sobre él. Ve el cráneo reventado como una sandía, que todavía es capaz de pronunciar sus últimas palabras. Juliojulito, tengo un secretito.

Gonzalo se deja caer y apoya la culata en la hojarasca.

Tiene dos cartuchos en sus bolsillos.

—¡Maldito Mearra!

Escucha la voz de su padre, muy fuerte, dentro de su cabeza, detrás de los ojos. El aliento le apestaba a cebolla y a pacharán.

—¡No lo haré!—llora Gonzalo—. Te lo suplico… Por favor… no…

La cabeza de Julito asoma entre los árboles. De sus cuernas cuelgan líquenes y trozos de plástico que se ondean al viento. Baja la testuz. Carga hacia Gonzalo. El cuerpo de la bestia emana vaho. Se acerca deprisa, a saltos, lanzando berridos. La escopeta de Gonzalo tiembla entre sus manos.

Dispara.

Una nube de hojas se dispersa con el viento.

Gonzalo huye, la escopeta cuelga de su hombro como un ancla.

Se detiene en seco con la cabeza ladeada. Escucha el borboteo lejano del agua, escucha golpes mecánicos. Cloc-cloc-cloc. Incesantes. Perturbadores. Reconoce al molino de su padre, donde curtía y teñía las pieles. Gonzalo lanza una carcajada histérica y se derrumba contra un árbol. Palpa en sus bolsillos.

Le queda un cartucho.

Florián despellejó a Julio mientras chillaba como un animal. Colgó al hombre por los tobillos con un gancho de carnicero, abrió su vientre, sacó el mondongo.

Queda un cartucho.

Secó su piel en estacas. La tiñó de verde y la cosió junto al río. Cloc-cloc-cloc. Gonzalo no puede olvidar, no puede borrar aquellas imágenes. Todavía se orina en la cama, todavía se despierta llorando.

Un cartucho.

Julio golpeaba las manos contra el suelo. Tenía ojos de cristal. Ojos de muerto. Ojos de ciervo. Y sacudía los brazos con aquel sonido infernal. Cloc-cloc-cloc. Sobre un charco de sangre y heces. Cloc-cloc. Mientras aullaba.

Uno.

Mientras Florián arrancaba su piel con un cuchillo de caza. Cloc-cloc-cloc. Mientras obligaba a su madre a mirar cómo le despedazaba, cómo daba sus vísceras a los cerdos, todavía vivo. Mientras cantaba «Juliojulito, tengo un secretito».

Un…

Gira la escopeta.

Muerde con fuerza el cañón.

Solo hay una manera de escuchar el silencio.

 

 

 

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